Alarmas en la patria “planera”

Alarmas en la patria “planera”

Hace algunos días, en un barrio de Yerba Buena, se produjo un hecho que podría ser catalogado como cotidiano, intrascendente, quizás. Pero que grafica con una precisión quirúrgica el estado de descomposición en el que estamos envueltos. Apremiado por un cliente que quería comenzar una ampliación antes de que la inflación implacable le devorara los ahorros, un arquitecto empezó a desplegar argumentos para explicar la demora. Uno de ellos fue particularmente atroz: le dijo que estaba con problemas para conseguir albañiles; muchos de los que solían trabajar con él habían dejado de hacerlo, ya que con los planes sociales que recibían les alcanzaba para vivir. “Hay uno que junta casi $90.000 entre lo que le dan a él, a la mujer y a los hijos. Se me presenta siempre a fin de mes, cuando se le termina la plata y necesita una changa. Pero después es imposible hacerlo venir a la obra”, explicaba ante la mirada azorada de su interlocutor.

Los planes sociales están hoy en el centro de la discusión política. Por razones muy comprensibles: lo que debería funcionar como una herramienta temporal para lograr que las personas más vulnerables accedan a una vida digna, se ha convertido en una palanca política que refleja con exactitud la brutal decadencia que nos arrastra cada día un poco más hacia el abismo. Y la tolerancia social parece haber llegado a un límite. Algunos dirigentes, rápidos de reflejos, se apresuran a anunciar distintas medidas cuyos resultados son aún impredecibles. Uno es el proyecto para convertir los planes en trabajo formal (idea que había nacido durante el gobierno de Cambiemos, pero que ahora reflotó el ministro de Economía Sergio Massa; "¡Ah, pero Macri...!", dirán algunos). La otra son las auditorías que van a realizar las universidades sobre los programas de ayudas que se otorgan en cada provincia, empezando por Tucumán.

Más allá de lo que pueda ocurrir con estas propuestas, lo concreto es que en medio de una de las crisis más graves que se haya producido en Argentina -aunque muchos dirigentes parezcan no advertirlo- son varios los analistas que sostienen que lo único que frena un estallido social como el del 2001 es la gigantesca red de asistencia social que ha venido desplegado el Gobierno en los últimos años. Y Massa lo sabe.

El lado más oscuro de la política

Sumar, Acompañar, Hacemos futuro, CUNA, Tarjeta Alimentaria… No importa el nombre. Al fin y al cabo, son distintos modos de referirse a lo mismo. Sin dudas, hay muchísimas familias que dependen de este tipo de programas para poder llevar un plato de comida a sus mesas; solo un necio podría negarlo. También es cierto que existe una masa enorme de desocupados y de personas que trabajan en la informalidad y que recurren a estas ayudas para subsistir. Pero también es real que se volvieron herramientas de poder territorial perversas que alimentan el lado más oscuro de la política: aquel que se vale de la pobreza, del hambre, de la ignorancia y de otras tragedias para ganar elecciones. La discrecionalidad en la distribución de los planes, la poca transparencia y la intermediación de punteros, dirigentes y otros personajes grises terminan propiciando los andamios sobre los que se sostienen sistemas tan perversos como los acoples. Si no fuese así, ¿por qué el Gobierno recurriría a las universidades para que realicen auditorías?

Además, resulta trágico presenciar las peleas entre la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, sus acólitos y los dirigentes piqueteros por el manejo de los planes. Es la expresión de una clase política que solo piensa en acumular poder al costo que sea y que parece cada día más desconectada de la realidad. Mientras tanto, la inflación licúa los salarios, obliga a vivir al día y barre con la clase media.

Ocultar lo inocultable

Sin dudas este es un problema demasiado complejo para creer que se puede resolver desde el oportunismo y la mezquindad. Si realmente hay voluntad por empezar a buscar una salida el enfoque deberá ser estructural. Vamos por partes: hoy existen más trabas que incentivos para generar puestos de trabajo de calidad en el sector privado. Por eso, son cada vez más las voces que desde el ámbito empresario, desde la política y desde la academia recomiendan revisar algunas cuestiones que si bien en algún momento fueron consideradas como conquistas o logros de los trabajadores (leyes, normas, convenios vetustos y un largo etcétera) hoy constituyen obstáculos para la generación de empleo genuino. En este sentido, también hay que poner el foco en la voracidad tributaria del Estado; es casi imposible crecer bajo semejante presión. Y eso termina afectando de manera directa la generación de puestos de trabajo.

También hay que educar mucho; los chicos deben estar en las escuelas y es fundamental movilizar los mecanismos para reparar el daño atroz que generó la mala gestión de la pandemia en Argentina. Esto implica salir a buscar hasta el último niño que dejó la escuela entre 2020 y 2021, y llevarlo de vuelta al pupitre. Nunca hay que olvidarse que leer salva.

Por otro lado, es fundamental entender que un triunfo en las urnas no puede justificar cualquier barbarie: otorgar un subsidio o un plan para intentar cooptar el voto de una persona que no tiene dinero para alimentar a sus hijos es apropiarse y manipular su dignidad y es abominable (aunque ocurra en cada cita electoral y aunque, a fuerza de costumbre, ya no escandalice).

Sin dudas, el desafío más grande es remontar una crisis económica de dimensiones espeluznantes que arroja a la pobreza a miles de familias mes a mes y las vuelve dependientes del asistencialismo estatal. Pero aún no hay indicios que hagan presumir que esto se vaya a corregir en el mediano plazo. Hasta el momento solo hay marketing y humo para intentar ocultar lo inocultable.

La Argentina del futuro

El trasfondo de esta discusión es mucho más profundo que planes sí o planes no. Tiene que ver con el modo en que imaginamos la Argentina del futuro. En abril de 2002, el entonces presidente Eduardo Duhalde lanzó el plan de jefes y jefas de hogar desocupados que tenía como objetivo ayudar a un millón de familias. El recuerdo de los saqueos, las cacerolas y los muertos aún estaba muy fresco. Pero lo que debería haber sido una herramienta temporal se terminó generalizando, multiplicando y perpetuando en el tiempo.

Más allá del cliché y de la banalización (imposible no pensar en la “influencer planera” y todo lo que se desató a su alrededor), la pérdida de la cultura del trabajo encierra muchas otras pérdidas. Ideas como esfuerzo, ambición, estudio, orden, progreso y sacrificio van cediendo su lugar al conformismo, al oportunismo, a la mediocridad, a la falta de expectativas y al rencor. Esta degradación es quizás el peor daño que le generó buena parte de la clase política (eclipsada por el kirchnerismo) a la sociedad argentina en las últimas dos décadas.

A tal punto que es posible que hoy encontremos adolescentes de 17 o 18 años que hayan convivido con un plan, con una ayuda o con un subsidio desde la cuna. Y eso sí es una verdadera tragedia.

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