31 Julio 2022

Tengo muchos recuerdos de mi época escolar. Uno de los episodios que más me impactaron, que fuerte y gratamente guardo en un rincón de mi memoria, es el de la visita de Eva Perón.

Se había anunciado con bastante antelación la venida a Tucumán de Evita. Ya se sabe lo que ella significaba en aquellos tiempos: el esplendor de la gloria, del poder, de la magnificencia, la mujer que era la idolatría del pueblo, aquella cuya imagen intransferible estaba por doquier, nada más y nada menos que el ídolo viviente del país. Evita debía inaugurar escuelas y cumplir otros protocolos. Se había programado que visitara el parque 9 de Julio, donde, en el rosedal, los niños escolares, con sus blancos guardapolvos, formarían una gigantesca palabra “Evita” para homenajearla. Mi escuela fue elegida para tan alto honor. El rosedal es una pérgola inmensa en forma circular, cuyo diámetro serán unos 150 metros, según creo. El círculo es un jardín con un leve declive hacia el centro. De tal forma que, si los niños formaban la gran palabra en uno de los segmentos, quien se ubicara enfrente, en la pérgola, claramente la leería. Sería una gigantesca palabra blanca. La idea era singular.

Y, entonces, manos a la obra. Día a día, aun durante el frío, las maestras nos llevaban al parque a ensayar la formación de la palabra. Aquello era agobiante, pero muy entretenido. A mí me tocó formar parte de la letra “E”. Precisamente, del palo mayor de la misma. Creo que era el tercero o cuarto, comenzando desde arriba. Debíamos ponernos de rodillas, con la cabeza muy abajo, entre las piernas del compañero de adelante. De esa forma, desaparecían, en la formación, nuestras cabezas y miembros, y se destacaba el blanco de los delantales. A la distancia, donde se suponía que la señora observara la formación, seguramente, por su tamaño y composición, sería algo muy grato en su homenaje.

Tras muchísimas prácticas, formábamos la gran palabra con toda velocidad. Ya cada uno conocía su ubicación, de manera que, a los silbatos de mando, corríamos y cumplíamos muy bien nuestra misión. Las maestras estaban regocijantes y felices, y seguramente sentían que tendrían un lucimiento especial el día en que Evita nos vea.

Llegó el gran día. Amaneció lloviendo, y muy frío. Igual fuimos temprano al parque. Estuvimos largas horas en inútil espera, ya que la señora estaba cumpliendo actos y reuniones en distintas partes, las más de las cuales escapaban por completo a la agenda protocolar que ingenuamente acá esperaban que cumplimente. Enorme fue la decepción cuando llegó la noticia de que por la lluvia, se obviaba el acto del rosedal.

Seguramente, la mente sarmientina de aquellas afanosas maestras no toleró la derrota de tanto esfuerzo, de tanta preparación, para que quede en la nada. Tras algunos cabildeos, decidieron llevarnos al jardín de ingreso de una escuela que Eva Perón debía inaugurar (El Hogar de Niños Eva Perón, en el costado del parque).

Allí, casi entre la argamasa reciente, en un jardín armado a las apuradas, y con muy escaso espacio, nos dispusieron para formar la dichosa palabra, de manera que cuando Evita ingrese le sirva de preludio a su visita al flamante establecimiento.

Cualquiera se habría dado cuenta de lo ridículo de la situación: la señora ingresaría caminando por un pasillo al aire libre, con jardín a ambos costados del sendero. En uno de ellos (a la derecha de ella) se formaría la palabra. Claro es que jamás la distinguiría desde su altura humana. Solamente vería un montón de niños que, como mahometanos, se inclinarían a su paso. Pero la obstinación docente pudo más y nos mandaron formar.

Como yo estaba en el palo principal de la E, estaba casi pegado al caminito por el que debía pasar Evita. Ella pasaría muy cerca de mí. Esto me entusiasmaba y me latía el corazón de la ansiedad.

La espera era interminable. En todos nosotros se había generado tan grande curiosidad, tanta ansia de ver a Eva Perón, que, sin saberlo, actuamos casi al unísono, en lo que ocurrió.

Llegó el automóvil, la comitiva, las corridas, los nervios y las órdenes de formar urgente la palabra. Cumplimos. Pero Domingo, un compañero que estaba delante de mí, se dio vuelta, porque la curiosidad infantil pudo más y al ver tan de cerca a la señora, gritó con todas sus fuerzas “¡Evita!” y, como un resorte, nos levantamos y corrimos a su lado abandonando la formación. La rodeamos, la tocamos, primeriando nosotros, los que debíamos formar la letra “E”. Evita se sorprendió, pero sonriente, abrió su cartera y comenzó a repartirnos unas insignias (de ésas que se colocaban en los ojales de las solapas de los sacos), que tenían la figura de Perón a un lado y el escudo argentino en el otro. Antes que nos alejen de ella, unos cuantos, yo entre ellos, tomamos nuestras insignias con deleite, y Evita nos dio unos besos a tres o cuatro. A mí (lo tengo muy grabado) me tenía abrazado estrechamente.

El episodio fue risueño para los comentarios periodísticos, pero nos valieron muchas reprimendas de nuestras docentes.

Lo cierto es que toqué a Evita, me abrazó, me dio una insignia que conservé muchos años hasta perderla en alguna mudanza, y guardé esa imagen con encanto por todo este tiempo.

© LA GACETA

Pedro León Cornet – Miembro de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán.

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