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La confianza no es un valor que se reproduzca con frecuencia entre los políticos. Por el contrario, el sostén de las actuales sociedades entre dirigentes oficialistas y opositores es la desconfianza. Es la dinámica bajo la que se mueven los principales actores del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio. Por eso las palabras, antes de ser tomadas en serio, deben superar el tamiz de las sospechas mutuas.

Esta semana la interna en el oficialismo dejó en evidencia cómo los discursos van por un lado y las suspicacias, por otro. La reunión de gobernadores del Norte Grande en Tucumán expuso esas contradicciones. En el mismo día en que deliberaron sobre asimetrías, despotricaron contra inequidades y reclamaron federalismo a la Casa Rosada, los mandatarios de la región más pobre del país se toparon con paros en el transporte público en algunos de sus distritos (Corrientes, por ejemplo). También con el rezongo de empresarios del sector porque, en lugar de aumentar los recursos, la Nación envió menos de lo convenido. ¿No hay otras herramientas para avanzar con los reclamos en Buenos Aires y hacerlos sentir que sean más eficientes que una declamación reiterada? Claro que sí, el asunto es que para concretarlas hay que dar pasos que incomoden en serio y asumir los riesgos.

No sólo la gestión expone esas incongruencias. La comida del jueves en la casa de Juan Manzur en Yerba Buena sirvió para que los oradores reafirmaran la necesidad de unidad política. Entre los asistentes sobresalió el mensaje del ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro. El referente de La Cámpora dijo que personalmente se encargará de hablar con cada justicialista y que el 2023 necesita de todos “adentro”. Horas después, durante el plenario de gobernadores, más de uno preguntó con ironía cuántos dirigentes con aspiraciones nacionales se encontraban en el salón. ¿Es, además, consecuente lo que plantea De Pedro con la actitud del cristinismo? Las evidencias están a la vista. Nadie en el oficialismo avizora que la fractura entre el albertismo y el kirchnerismo pueda ser pasajera. De hecho, ensayan fórmulas para una eventual interna abierta el próximo año.

El tufillo a traición es persistente entre los oficialistas, y Tucumán no es territorio libre de humo. La tregua entre Manzur y Osvaldo Jaldo es concreta, pero entre ambos prima el recelo más que la franqueza. Por más que destacan hacia afuera el buen momento de la relación, en el espacio del gobernador interino le temen al “abrazo del oso” del jefe de Gabinete y en el sector del médico al desplante del tranqueño. Hacia abajo, entonces, el enchastre se multiplica.

La semana tuvo algunos episodios interesantes. Por ejemplo, el locro que organizó el sector de Roque Álvarez y de Alejandro Martínez en Tafí Viejo. En el manzurismo comarcano interpretaron que el convite exclusivo para jaldistas fue una señal clara de que la batalla continúa. Ni siquiera los discursos durante el evento sirvieron para calmar los ánimos. Ese miércoles, Álvarez pidió dejar de hablar de albertistas y cristinistas, y de manzuristas y jaldistas para así sostener el poder en 2023. El vicegobernador a cargo del Poder Ejecutivo también aprovechó para agradecer la gestión de Manzur en la Nación, que permite la apertura de puertas y la llegada de fondos para obras públicas. No obstante, que ningún dirigente del espacio ligado al gobernador en licencia haya sido invitado bastó para desatar una crisis de nervios generalizada. Y para hacer aún más pesada la digestión del locro, hubo toda una oleada de rumores por pintadas “Yedlin-Manzur” en algunas paredes de San Miguel de Tucumán. Después de horas de desgaste, de acusaciones y de reproches mutuos, se percataron de que eran resabios del proselitismo feroz que tuvo la interna del año pasado. Es que cuando hay tantas susceptibilidades abiertas, cada uno ve y lee lo que quiere, según sus intereses.

Los dirigentes manzuristas no sólo reniegan porque Jaldo se quedó con el Gobierno, sino porque además avanza sobre ellos. Incluso refunfuñan porque los espacios que tienen, los van perdiendo por errores propios. Un caso es el Ministerio de Desarrollo Social que liberó Gabriel Yedlin: en su lugar quedó Lorena Málaga y como segunda Gladys Medina. A la nueva ministra los justicialistas ligados a Manzur no le reconocen ningún armado territorial ni ascendencia sobre la dirigencia, y advierten que fue un error dejarla a cargo. Por eso temen que la ex diputada, que representa la avanzada del jaldismo dentro de una estructura clave en la víspera de un año electoral, no encuentre mayores resistencias.

De la misma manera, hay mucho ruido en la Legislatura porque sienten que la conducción de Sergio Mansilla, representante manzurista, no modificó sustancialmente la situación de ninguno en estos meses. Al punto que en la última reunión de Labor Parlamentaria, el ex senador nacional se disculpó –en especial con los oficialistas, dijo- porque muchas veces no puede “atender” a todos. De nuevo, las especulaciones van y vienen. La normalización de la comisión de Seguridad es otro ejemplo. Durante casi cuatro meses, desde la licencia concedida a Gerónimo Vargas Aignasse, ese comité no se reunió. Lo hizo el martes. Antes, pulularon acusaciones sobre que el jaldismo frenaba la designación de Roberto Chustek, el reemplazante del actual funcionario del Enohsa, al frente de ese comité.

Otro tanto ocurrirá el jueves, en sesión. Porque la partida de Vargas Aignasse dejó un lugar vacante en el Consejo Asesor de la Magistratura (CAM) y el ex diputado nacional aspiraba a sostener ese espacio, al igual que lo hizo con la comisión de Seguridad. Sin embargo, no tendrá la suerte que tuvo con la cobertura en aquella comisión. Ocurre que en la noche del jueves en su casa, Manzur, Jaldo, Mansilla y Regino Amado acordaron que fuera Marta Nájar la sucesora y que como suplente sea propuesto el legislador Carlos Assán. El sillón en el órgano que selecciona magistrados es apetecible no sólo por su rol institucional y sus vínculos con la Justicia, sino también porque implica poder contar con un asesor más. Nájar, actual suplente en el CAM junto a Zacarías Khoder, responde directamente al jefe de Gabinete.

En ese lodazal de sospechas y de rencores compartidos debe abrirse paso el oficialismo en esta etapa de reconstrucción de la confianza. Y como toda reconciliación, lleva tiempo y trabajo. El asunto es que no todos están dispuestos a hacerlo.

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