País jardín de infantes. El nuestro. Así lo definió María Elena Walsh hace más de 40 años, en un artículo que de tan célebre se hizo canon sociológico. País jardín de infantes aquel, un río de cabezas aplastadas por el mismo pie donde a los inocentes -por inapelable designio del as de espadas, Su Señoría- no les cabía otra condición que la de culpables. En 1979, plena dictadura, ella denunciaba la censura y la represión, sí, pero también hablaba de los argentinos mirándose al espejo.

“Nuestra historia -con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles- nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal, que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores”.

Vivimos estigmatizados por la historia, afirmaba. Cada nación resuelve sus estigmas como le sale; algunas mejor, otras peor. Porque son estigmas que no se curan, se resuelven (o no). María Elena Walsh habla de encono para sintetizar ese sentimiento imperecedero al que hoy llamamos grieta, pero que arrastra una larga y cambiante nomenclatura desde que la noche del 25 de mayo de 1810 la mitad de la Primera Junta se fue para un lado y la otra mitad para el otro. Un encono que explota, según ella, y se alimenta desde el rencor.

País anclado en un eterno jardín de infantes, con algún rapto de fulgor, una que otra primavera democrática y esperanzadora. Pero lastrado de tal manera por la historia estigmatizante y venenosa que el calor de la salita de cuatro convoca con la forma de un refugio prometedor. País jardín de infantes, o de adultos inmaduros condenados a jamás pasar de grado.

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Son cosas del país diagnóstico, plato estrella del menú nacional. Hace tiempo que el país diagnóstico le ganó la partida al país solución. Y no por penales; por goleada. El país diagnóstico no se hace cargo de los problemas; sino de enumerarlos, recitarlos y analizarlos. Es un país sobreexplicado al que le faltan hechos para tantas interpretaciones. Al país diagnóstico todos los colectivos lo dejan bien siempre y cuando estén de moda. Entonces el país diagnóstico está plenamente de acuerdo en que sí, los impuestos son asfixiantes, desequilibrados y confiscatorios. Pero no detalla cómo se financiarían la salud, la educación, la seguridad y todos los etcéteras del caso si la recaudación se redujera a la mitad. Y también -otro hit del país diagnóstico- abona el discurso de la antipolítica, que no es otra cosa que denostar a los políticos de la vereda del frente, porque siempre habrá algunos (los propios) por cuyas venas corre agua bendita. ¿Qué dice el país diagnóstico de todo esto? “Son problemas estructurales que hay que resolver”. Respuesta típica e imbatible del país diagnóstico.

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María Elena decía que nuestra convivencia es un perpetuo intercambio de agravios. Y si es perpetua, es para siempre. Ese es el país quebrado. En el país quebrado no hay margen para la utopía, esa excusa perfecta que sirve para caminar hacia adelante, con la mirada fija en el horizonte (Eduardo Galeano dijo mil veces que ese pensamiento no le pertenece, pero no hay caso, se lo siguen adjudicando). Porque el país quebrado no avanza.

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Mate de Luna y Asunción, media mañana de ayer. Una fila de manifestantes corta la avenida. Quienes transitan en dirección al cerro se ven obligados a doblar para retomar por San Martín. Desde los vehículos parten insultos de toda clase, el más leve “¡vayan a laburar, manga de vagos!” Los piqueteros hacen como que no escuchan, miran para otro lado. Es el país quebrado en vivo y en directo, pobres contra pobres, sumergidos en una espiral de tensos enconos y agravios. ¿Dónde está el país solución, capaz de aportar una planificación de mediano y largo plazo que incluya a millones de argentinos amarrados a la asistencia social? Este tema forma parte de otra categoría: el país tabú.

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En el país tabú hay una delgadísima línea que separa los derechos adquiridos e inalienables que supo conquistar la ciudadanía de la necesidad de discutir presente y futuro. Entonces, para que no haya malos entendidos y nadie se ofenda, mejor no hablar de ciertas cosas. El país tabú prefiere que de las organizaciones sociales, los planes y todo lo que la masa de excluidos representa, se ocupen los más radicalizados exponentes del país diagnóstico. Y mientras tanto que de la cuestión de fondo -esos millones de argentinos que no tienen trabajo y viven de la asistencia del Estado- se ocupe el Gobierno que venga. Y que Dios lo ayude (si todavía tiene ganas de ayudar a un país refugiado en el jardín de infantes). Millones de argentinos que se multiplican a caballo de los índices de pobreza e indigencia y que resultan intolerables -esencialmente para el país diagnóstico- apenas se visibilizan marchando y cortando calles. En algún momento -y esta es una suposición que mezcla inocencia con buena voluntad- alguien (en plural) tendrá que enfocarse y pensar que no podemos seguir así para siempre. Mejor dicho, quienes no pueden seguir así para siempre son los beneficiarios de la asistencia social. Porque esa es una de las aristas del país inviable.

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El país jardín de infantes de María Elena Walsh era la Argentina ensombrecida por la dictadura. En ese país jardín de infantes, escribía, “sólo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso”.

¿Pero no podemos sentirnos, salvando las lógicas distancias y muy a nuestra manera, tan furiosos e impotentes como lucía María Elena Walsh ante la impertérrita indiferencia del censor de turno? ¿Acaso no lloramos y pataleamos mientras nadie nos hace caso? Entonces, antes que llorar y patalear, muchos -cada vez más- eligen el camino de la emigración.

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Vivimos estigmatizados por esa historia de cabezas clavadas en picas y guerras civiles irresueltas, lamentaba María Elena Walsh. Una suerte de jardín de infantes del horror: ruinas sobre ruinas, tanto pasadas como futuras. Es el país laberinto, en el que siempre es preferible no mirar qué hay detrás del espejo (no hay poder, ni abogados, ni testigos). El país laberinto es el de millones de asteriones temerosos de traspasar los límites porque, ¿quién sabe qué habrá más allá? En la medida en que los estigmas sigan ahí, ardorosos y crujientes, al país laberinto lo aguarda más de su propia medicina.

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En el país quebrado cada cual transita por su propia ruta, encapsulado, seguramente descansando en la falsa ilusión de alguna clase de inmunidad. Al país quebrado todo le resulta incómodo, insoportable. El país quebrado por los eternos enconos y por el perpetuo intercambio de agravios y rencores mira la historia y sólo encuentra sangre, sudor y un mar de lágrimas. Estigmas, los llamó María Elena Walsh. E imaginó -y deseó- que este vasto jardín de infantes con forma de país encontrara, en sus múltiples rostros, un camino para la transformación.

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