Mi hijo sigue pasándose a mi cama: ¿debo preocuparme?

Mi hijo sigue pasándose a mi cama: ¿debo preocuparme?

Contra lo que se aconsejaba unas décadas atrás, la práctica del colecho es cada vez más frecuente, pero suele pensarse para bebés chiquitos. Especialistas responden a muchas dudas frecuentes.

REFUGIO. “En una familia emocionalmente sana, la cama ‘grande’ es lugar de seguridad”, explica una experta. REFUGIO. “En una familia emocionalmente sana, la cama ‘grande’ es lugar de seguridad”, explica una experta.

De pronto, en medio del sueño más profundo, sentís que alguien repta sobre tu espalda hacia el centro de la cama... o escuchás en un susurro “correte un poquito”. Entonces lo sabés: de nuevo tu “peque” se vino a tu cama. Si se lo contás con tu abuela, es muy probable que ella te diga que estás haciendo algo mal en la crianza de tu hijo, y que “no es sano ni normal” lo que ocurre.

De hecho, resalta la psicóloga Analía Lacquaniti, especialista en clínica con niños, la práctica del colecho (pues de eso se trata) se da en forma irregular y a veces hasta desata polémicas, entre ellas, la pregunta de “¿hasta cuándo?”.

“Parte de los cuerpos profesionales de psicólogos te va a decir que a los niños hay que sacarlos de la cama tempranamente -describe Camila Menéndez Toro, psicóloga especialista en temas de crianza-. Quienes acompañamos la crianza de un modo que consideramos más respetuoso de las necesidades de padres y niños entendemos que es un proceso evolutivo; que los chicos tienen la necesidad concreta de cercanía del cuerpo de la madre o de quien ejerce las funciones de cuidado”. “Desde esta mirada, consideramos que, si la situación no es algo disruptivo para la familia, no tiene por qué ser considerado anormal”, agrega.

“En términos generales, si no hay otras señales de que pueda haber algún trastorno, que los chicos busquen refugio en la cama de sus padres no debería preocuparnos, al menos hasta los 5 o los 6 años,” aconseja la pediatra Melina Andrade Sanna.

Lacquaniti, por su parte, extiende ese “plazo” hasta los 8, o los 9... Pero -resalta- el tema tiene algunas aristas que hay que atender: “es complejo, porque -por un lado- el colecho tiene muchas ventajas, como facilitar la lactancia ‘a demanda’, o permitir tiempos de encuentro cuando durante el día hay muchas ocupaciones... y realmente acompaña un proceso de autonomía”, enumera.

“Sin embargo, otras veces el colecho sostiene angustias de los niños sin dar lugar a la pregunta de qué sucede -advierte-, o sirve de excusa para que la pareja no se encuentre... y esta ya es otra historia”.

Sí hay que estar atentos si las “visitas” se suman a otras circunstancias coincide Emma E. Sánchez, pedagoga, terapista familiar y columnista de www.familias.com, y ejemplifica:

• si tu hijo está reportando pesadillas a diario, o más de dos veces por semana.

• si presenta enuresis (orinar de manera involuntaria durante el sueño) en su cama, o inclusive cuando duerme en la tuya.

• si dice que algo malo le pasa en la noche, o si habla de miedo a algo que no ve pero que escucha en su cuarto.

• cuando ha pasado más de dos años sin ir a tu cama y vuelve, y observás otro tipo de regresiones, como querer volver a hacer cosas que hacía de más pequeño.

Construir hábitos

“A dormir ‘solos’ se aprende; el sueño se construye como todo hábito: hay que instalar horarios, lugares, ciertos rituales... -informa Lacquaniti-. Y es necesario que el contexto familiar ayude disminuyendo los estímulos, para ayudar a la llegada al sueño”, agrega.

“Las condiciones del sueño forman parte del desarrollo; hay que aprenderlo, como se aprende a caminar, a hablar... Pasa que como el bebé duerme desde que nace, a los adultos les cuesta más darse cuenta de que es un aprendizaje”, completa Andrade Sanna y cuenta que lo gregario nos viene como especie.

“Todos los mamíferos (incluidos los delfines y las ballenas, que como no comparten una superficie duermen flotando piel con piel) buscan alguien con quien dormir. Y son en general muy pocos los humanos que eligen dormir solos... Si no es otra persona, suele ser una mascota la que acompaña el sueño”, agrega, y destaca que en realidad, no es que los niños deben aprender a dormir solos.

“Necesitan su tiempo para aprender, precisamente, que estando en su propia cama no están solos. Deben retener una información que en la vigilia aprenden antes a procesar: que no soledad; que sus padres (o sus adultos de referencia) están cerca”. “Cuando se despiertan de golpe, en la semivigilia, necesitan ir; reasegurarse ese dato con los sentidos”, agrega.

“Es que ‘la cama grande’ a veces actúa como lugar seguro para los niños pequeños frente a los miedos nocturnos, las ansiedades... -destaca Sánchez-. Este lugar, en una familia emocionalmente sana, representa un sitio de paz, calor y seguridad... En la cama se recupera un enfermo, y se lo rodea de amor y de cuidados; en la cama se cuentan cuentos todos abrazados, se ríe, se descansa y hasta se puede ver la TV”. “Entonces, ¿adónde iría un niño espantado o con miedo tras una pesadilla, si no es a la cama de sus padres? Cerca de papá y mamá los terrores nocturnos desaparecen, las pesadillas se van y los monstruos de los sueños nunca llegan”, agrega.

Lo “esperable”

Aclarado que cada niño es único e integra una familia también única, algunas pautas posibles.

“En general, entre el primero y el segundo año de vida se busca que los chicos vayan ganando en independencia -describe Lacquaniti-, y eso incluye el sueño. Entonces, lo que se recomienda es que los padres vayan a la habitación del niño y acompañen el inicio del sueño.

“Es un proceso gradual, y por supuesto, depende siempre de cada caso; pero podemos imaginar una secuencia: al principio me acuesto con ellos, y les cuento un cuento, o cantamos una canción; más adelante, los llevo a su cuarto y doy vueltas por ahí cerca, pero no me acuesto con ellos; y en otro paso, los despido, les doy un beso, salgo de la habitación y les hablo desde lejos...”, propone.

“No es sencillo; generalmente implica que se levanten a mitad de la noche una variable cantidad de veces. Cada niño tiene sus propios recursos personales, que le permiten sostenerse mejor individualmente o no. Esos recursos tienen que ver con rasgos de personalidad -añade-, pero también con un ambiente hogareño que incide en si cuesta más o menos lograr la autonomía, de acuerdo con su maduración, de una manera tranquila, pero sostenida en limites firmes”.

Y a veces -resalta- cuesta sostener esos límites. “La noche es un horario de mayor vulnerabilidad: más cansancio de todos, mayor irritabilidad, menos tolerancia... y a la vez más dificultad para poner esos límites firmes. Los padres terminan cediendo... y entonces las cosas ya son diferentes”, advierte.

La intimidad de todos

La distinción de los espacios públicos y privados, y de las acciones que en ellos se desarrollan, también debe ser aprendida.

“El cuarto de los padres es claramente un lugar de refugio, pero también el espacio de la pareja conyugal, que es un subsistema dentro del sistema familiar. Y la cuestión de la intimidad de la pareja también es muy importante. No sólo en lo que implica una relación íntima sexual; también en instancias de diálogo, de privacidad...”, agrega Lacquaniti.

“El proceso de lograr la autonomía a la hora de dormir también va de la mano de la posibilidad de comprender la importancia de la privacidad y la intimidad -señala-. Así, los niños van aprendiendo a respetar la intimidad de cada uno en el baño, la de la hora de dormir, cada uno en su cama… La construcción de hábitos va regulando el mejor funcionamiento familiar... y de la vida misma”.

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