Sea en la cúspide del éxito o en la cima de nuestra desesperación, hay tres elementos que los humanos no podemos controlar íntegramente: el germen de la vida (creación), la innegable muerte y las experiencias que protagonizamos hasta que las tres se abrazan al final.
Frente a tamaño destino por contrato, la memoria se convierte en un inmenso almacén por el cual transitamos incontables veces. ¿Por qué algunos recuerdos no traen fecha de vencimiento? ¿Qué cosas logran salvarse del olvido y cuáles se descomponen?
Para quienes buscan llaves maestras ahora viene la mala noticia: esta función es tan asombrosa que no existen reglas objetivas al respecto.
Arranquemos por las certezas. Todas las personas poseemos una memoria a corto y a largo plazo, a la que se suma la memoria ejecutiva o de trabajo.
“Para ilustrarlo mejor pensemos en un embudo. La parte más grande de la boca es todo lo que percibimos del ambiente a través de los sentidos. En segundos, esos registros ingresan a nuestra memoria de corto plazo y, de ahí, el filtro se complejiza hasta que apenas un porcentaje queda retenido en la memoria a largo plazo”, explica la psicóloga Rosana Córdova.
Con dichas cartas sobre la mesa, nuestro cerebro interpreta el papel de titiritero; uniendo o fraccionando años y años de vivencias. La metáfora embellece el asunto, porque el principal pegamento para los recuerdos son los sentimientos.
“Las experiencias pasadas que mejor persisten en la memoria son aquellas vinculadas a un afecto (tanto positivo como negativo). Es decir, voy a recordar mejor aquello que me agrada o desagrada demasiado. La razón principal se debe a que el circuito de la memoria permanece vinculado al sistema límbico (la parte más primitiva del cerebro y la encargada de dirigir las emociones)”, comenta.
La potencia de los estímulos va a variar acorde a cada individuo e involucra una decena de factores internos y externos. Al punto que para algunos podrá pesarnos el doble la voz de un ser querido ausente, los viajes en familia, el sabor de una comida preparada en la infancia o el rastro que deja un desconocido con su perfume.
Triste(mente)
Alegría, tristeza, placer o dolor.... cualquiera es un espejo del transcurrir cotidiano. Entonces, ¿por qué en ocasiones pareciera que lo negativo pesa el doble en nuestra valija cerebral?
“Este aspecto es igual de subjetivo que el anterior. Lo primero que habría que evaluar es que la persona no padezca depresión. Cuando subsistimos bajo este estado tendemos a ver los matices negativos con mayor intensidad”, acota Córdova.
Además, la profesional resalta que hay bastante gente que rebusca en su memoria solo lo malo y se alimenta del pasado.
“Para revertir esta perspectiva, una opción es reflexionar sobre cuándo, cómo y bajo qué contexto se formó la memoria. El recuerdo que hoy evocamos representa un producto final. No obstante, la receta con que se fabricó posee la misma importancia”, detalla.
Cerebro y género
Aunque los chistes sobre cómo los hombres portan la “virtud” de olvidar cualquier pedido en segundos y las mujeres vivimos con un registro de faltas en el bolsillo quedaron vetustos para la época, la duda acerca del funcionamiento cerebral según nuestro género ha sido foco de análisis en varias ocasiones.
“Por ejemplo, existen estudios que desde la perspectiva anatómica aseguran que la conexión entre los dos hemisferios es mayor en los cerebros femeninos o que las mujeres tienen una mejor puntuación en la memoria episódica. Sobre el resto, en el ámbito científico abunda la discrepancia y no existen grandes diferencias funcionales”, aclara.
Además, jamás debemos obviar la contextualización histórica de las investigaciones y los cambios sociales y culturales que experimentamos. Para el caso, vale traer a colación la apertura femenina en el mercado laboral.
Locura diaria
- No, ¿vos de nuevo?...
Por algo el estrés fue etiquetado por la Organización Mundial de la Salud como la enfermedad del siglo XXI. Sus efectos sobre el organismo alcanzan los márgenes de la memoria.
“Al superar los niveles normales de estrés, la percepción que poseemos del entorno sufre modificaciones. En especial, notamos lo que nos rodea (ruidos, compañeros, objetos, etcétera) bajo una lectura amenazante y adoptamos una hipervigilancia. El resultado es que la información que ingresa atiborra el cerebro y nuestra mente procesa cada estímulo como relevante”, enfatiza la especialista.
A todo esto se suma la ansiedad, el foco de atención se desdibuja y estas condiciones afectan el adecuado funcionamiento del sistema.
El némesis restante en la batalla por el bienestar aparece bajo el formato del multitasking. Al principio abundaban los titulares sobre sus beneficios. No obstante, Córdova recuerda que nuestra capacidad atencional es finitiva. Al decaer, el “efecto rebote” es que arrancamos a tener dificultades para finalizar el cúmulo de responsabilidades y metas que planeamos.
“Pese a dividirnos las tareas, siempre el cerebro tenderá a prestarle más prioridad a algo. Nunca tendremos la capacidad de abarcar con la misma relevancia varios asuntos”, señala.
Papelera de reciclaje
Con la permanente bofetada de información que recibimos a diario, nuestro disco rígido debe limpiarse en algún momento. Este exorcismo ocurre por la noche y es por eso que la memoria mantiene un vínculo estrecho con el descanso nocturno.
“Durante el sueño nuestro cerebro lleva adelante, a nivel celular, un importante proceso de limpieza. Cuando este resulta afectado y no logramos descomprimir 'la basura' pueden surgir los problemas. Al respecto, hay diversos estudios que muestran una relación entre la mala calidad del sueño o el insomnio y la demencia o el Alzheimer”, detalla Córdova. En paralelo, esta situación también corre para los estudiantes noctámbulos (dueños de la luna y el sálvese quien pueda).
“A lo largo del día ingresan al cerebro un montón de estímulos sensoriales. Mientras dormimos, los neurotransmisores están puestos a nuestro servicio para que parte de esa información se consolide. De estudiar de noche, vamos a lograr salvar el examen que se acerca. Sin embargo, es poco probable que esos datos queden dentro del circuito de la memoria de largo plazo porque el aprendizaje consolidado solo funciona de noche y bajo ciertas condiciones”, detalla.








