Anatomía de la escritura borgeana

Rastreando las huellas del proceso creativo. Por Martín Mazzucco Cánepa.

15 Enero 2022

Daniel Balderston ha dedicado sus días a la envidiable tarea de estudiar ciertos aspectos de la obra de Jorge Luis Borges; particularmente, las características de los borradores o esbozos que Borges desarrollaba antes –y, en algunos casos, también después- de la edición de sus trabajos.

¿Qué método seguía Borges para elegir las palabras justas en cada uno de sus textos? ¿Cuán profunda es la relación entre sus lecturas y su obra? ¿Hasta dónde llegaba ese deseo de continuar escribiendo variaciones aun de textos ya editados?

Gracias al acceso a manuscritos y a borradores intervenidos por la mano misma de Borges, Balderston comparte documentación que sacia los deseos del fetichista ansioso por comparar la caligrafía del genio en las diversas etapas de su vida, así como el interés del curioso que descubre la historia detrás de la elección de un término o del título de un ensayo.

El Método Borges no es un ejercicio carente de metodología. Hay un marco teórico académico (“la crítica genética”) que Balderston conoce a la perfección. El mérito del autor -al menos uno de ellos- es no apartarse de aquél tras la búsqueda de un estilo menos arduo en algunos pasajes: donde se requiere precisión y terminología de aula universitaria, ella aparece, recordando que hay ideas que se destruyen si intentan simplificarse.

La magia detrás de la magia

Podría pensarse que el análisis de Balderston resulta similar a los intentos de algunos por explicar el truco del mago, lo que lleva ineluctablemente a la pérdida de la ilusión. Es un error fácilmente refutable. Aquí la magia no desaparece; más bien se trata de una empresa comparable a la de los teólogos, que se adentran en la explicación del misterio sabiendo de antemano que el misterio no desaparecerá.

Borges continuaba la rescritura de sus textos aún luego de editados. Particularmente llamativos son los facsímiles en los que la letra del autor interviene en su propia obra publicada, como aquél pintor que se adentraba furtivamente en los museos que exponían sus pinturas para retocarlas en medio de la noche. En el caso de Borges, tal vez no se trate de ansias de alcanzar la perfección, sino de mantener vigentes todas las posibilidades de una frase, de un poema o de un razonamiento.

El Método Borges enriquece la lectura de los textos borgeanos y presenta a sus lectores documentos que no siempre son ofrecidos al público con generosidad. Siquiera por eso, vale le pena acercarse a este trabajo.

No puedo finalizar este comentario sin agradecer a la generosidad de mi amigo Juan Justo Daniel De la Torre, quien me obsequió el libro imaginando que podría ser de mi interés. Claro está que no se equivocó.

© LA GACETA

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