Mujeres heroicas: Águeda Tejerina impulsó a las tucumanas a luchar por su patria - LA GACETA Tucumán

Mujeres heroicas: Águeda Tejerina impulsó a las tucumanas a luchar por su patria

Doña Águeda lanzó una valiente proclama en la que pedía la ayuda a las mujeres tucumanas ante las invasiones inglesas en Buenos Aires.

24 Oct 2021
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TIEMPOS DE LUCHA. Cuando Doña Águeda escribió su proclama, la segunda invasión inglesa era casi un hecho. ILUSTRACIÓN DE CÉSAR CARRIZO

José María Posse
Abogado. Escritor. Historiador

Águeda Tejerina nació en Tucumán hacia el año 1768, hija de Fermín Tejerina y Barreda, alcalde de Cabildo, y de doña María Teresa Domínguez. Perteneció a una familia de la clase española de fortuna, que venía ocupando por generaciones importantes puestos en la vida social y política comarcana. Era nieta del general Diego Chaver Domínguez, quién había sido dos veces Teniente de Gobernador de San Miguel de Tucumán.

Fue criada con las rígidas costumbres peninsulares, según las cuales una niña de familia no debía expresar públicamente sus opiniones; rara vez se les enseñaba a leer y, de hacerlo, se controlaba rigurosamente esa lectura. Mucho menos podían escribir para exteriorizar un pensamiento, al grado de que pocas mujeres sabían apenas leer, pero no escribir, salvo su firma.

Mujer de carácter

Pero doña Águeda  tuvo un carácter particular. Casada desde 1783 con don Manuel Posse, el comerciante español más rico de la ciudad, desde un comienzo demostró su innato don organizativo y de mando. Tenía conocimientos de contabilidad y ayudó a su marido llevando las cuentas de sus negocios y almacenes. Mientras, se erigía en una referente social y paría puntualmente todos los años un hijo, hasta llegar a los 14, muchos de los cuales fallecerían en la niñez. La mortandad infantil era un flagelo por entonces, lo que enlutaba a las familias, especialmente a las madres. Pero había que seguir, llevando el dolor de esas pérdidas a cuestas.

Primera en los actos de caridad, presidía todo evento social de importancia en aquella primitiva población. Era severa, pero justa en el trato con sus subordinados. Hemos visto un asiento en el que doña Águeda hace publicar un bando informando que se ha perdido un negro esclavo de su casa, comunica que por su avanzada edad está senil; ofrece una importante suma de dinero a quién lo restituya al hogar, pero condiciona el pago a que sea tratado con humanidad y respeto.

La vida en la colonia española de San Miguel de Tucumán era abúlica, pocas cosas cambiaba el humor social. Pero todo aquello iba a mutar cuando llegara la noticia de la invasión inglesa, en 1806. Entonces los ánimos se exacerbaron, ya que se sabía que, de tener éxito la aventura, el mundo tal como lo conocían sería disuelto por esos bárbaros de aspecto, religión e ideas extrañas.

Si bien festejaron con júbilo la Reconquista de Buenos Aires, el temor -bien fundado  se hizo patente al conocerse el pedido de auxilio de esa ciudad ante el inminente ataque de otra fuerza militar. Fue cuando doña Águeda Tejerina, ante la apatía general, decidió arremangarse, y tomar las cosas por su cuenta. Resuelta a colaborar en lo necesario, escribió su famosa proclama a la mujer tucumana, que suele tomarse como ejemplo de pasión patriótica.

Con inteligencia logró tocar la fibra íntima de sus conciudadanas, y expresar claramente:  “nuestro sexo jamás puede reputarse de menor condición en esta parte”.

La lectura del documento pone de manifiesto sentimientos que se nivelan en relación con los hombres; exhorta a las mujeres a expresar su patriotismo de la manera que esté a su alcance. Sutilmente, a pesar de saber leer y escribir perfectamente, hace que su mensaje lo firme uno de sus hijos, para así “salvar las formas” impuestas socialmente.

Una proclama histórica

El discurso de doña Águeda, está fechado en San Miguel de Tucumán, el 10 de marzo de 1807; en el  texto  pude leerse lo siguiente:

“Doña Águeda Tejerina de Posse, vecina de esta ciudad de San Miguel de Tucumán, hace la siguiente proclama a sus amadas compatriotas:

‘Tucumanas: Llegó el tiempo en que es preciso manifestar los sentimientos de patriotismo, vasallaje y honor que también nos animan. Aunque la honestidad del sexo nos excluye de la comparecencia personal al socorro de Buenos Aires, no por eso niega otros recursos para demostrar que nuestros deseos se  nivelan con los que han dado a luz los nobles ciudadanos del pueblo. La causa de tantos movimientos que advertís en la autoridades es común y los perjuicios del azote que nos amaga han de ser trascendentales a todos sin distinción de personas y estados”.

“Un solo golpe resta para que el enemigo Inglés posesionado en la Capital de Buenos Aires continúe sus hostilidades al interior del Reino para que después de sus porfiados ataques se haga dueño de nuestro Patrio suelo, de nuestros dominios y propiedades y que enarbolando sus banderas, suelte el freno al despotismo y rigor, promulgando leyes de severidad y espanto. En un solo salto consiste en que veamos con dolor perturbada la religión santa con que nos educaron nuestros padres, pues la sangrienta y atrevida mano de ese enemigo le pone también de blanco de sus injustos tiros. Ya tenemos de asiento en la plaza de Montevideo a ese enemigo guerrero: la proporción que le asiste para hostilizar de continuo a la Capital de Buenos Aires es bien conocida y por eso se trata de esforzar la defensa.”

“Con este concepto, nuestro amado jefe inmediato tiene prevenido al comandante de armas, el apresto de doscientos hombres”.

“En este estado ocurre la circunstancia de que las arcas Reales se hallan sin existencias y nuestro Ilustre Ayuntamiento, con su noble vecindario haciendo suya la causa, se ofrece gustos a costear los doscientos hombres hasta la Capital de Buenos Aires, uniformarlos y darles dos meses de sueldo adelantado.”

“Todos al efecto han contribuido varias sumas a proporción de sus facultades y sin más que levantar la bandera de Su Majestad, en menos de cuatro días ya tenemos ochenta y tantos voluntarios, los más esforzados y elegidos a satisfacción del comandante de armas.”

“Hemos visto que aún los niños de diez años concurrieron en tropel a ofrecerse voluntarios: y que los más infelices han hecho demostraciones de verdaderos compatriotas oblando alguna suma  entre la indigencia que les oprime.”

“Tucumanas, nuestro sexo jamás puede reputarse de menor condición en esta parte, y así es preciso que expliquéis nuestros sentimientos suscribiéndoos a continuación por las sumas que queráis oblar, que yo me suscribo por la de cincuenta pesos.”

“A ruego de mi Sra. Madre doña Águeda Tejerina”.      

Dar el ejemplo                          

Águeda no se quedó en lo escrito: recorrió la ciudad levantando la colecta y alentando a la población a ser protagonista de los acontecimientos que se avecinaban.

El efecto de su mensaje fue inmediato y abrumador; las mujeres tucumanas dieron ejemplo cívico y todas ellas colaboraron de la forma más activa.

Así Tucumán logró armar una fuerza significativa que ayudó a la defensa de Buenos Aires;  los tucumanos fueron los primeros en acudir en auxilio de la ciudad portuaria.

Relato de la época

El escritor Eliseo G. Soria Quiroga nos cuenta los sucesos posteriores a la publicación de la proclama.

“Espíritu acicateado por la situación inquietante que conmueve al país e impulsado siempre en aquellas almas sencillas a los sufrimientos colectivos, doña Águeda no se dio por satisfecha con la proclama, salió a la calle y, haciendo sonar el fru fru de sus enaguas, fue de casa en casa levantando una colecta para costear los gastos que habían de hacer frente la población de Tucumán cooperando a la Reconquista de Buenos Aires, ya que, como decía en su escrito, las arcas del erario provincial estaban exhaustas.

La vibrante exhortación de la patricia, conmovió hondamente las masas sociales, contribuyendo cada uno, en la medida de sus posibilidades.

¿Que cosa grande no hizo Tucumán y lo hará siempre cuando hay una causa noble que defender? ¿Que heroicidades no son capaces sus mujeres de cometer?

Cuando doña Águeda recorría las calles en demanda de dinero para la patria, se llegó hasta la humilde vivienda de Ángela Zeballos, la cual, no teniendo dinero que dar, tomando a su hijo, en un arranque sublime, dice: “Yo no tengo plata, pero, ¡Velay…! aquí le doy a mi chango, pá soldado de la Patria a de servir”.  Es de destacar que era su único hijo; a tanto llegaba por entonces el sentimiento y entrega a la causa. No he visto mayor muestra de abnegación que la de doña Ángela, quien merece ser recordada por la posteridad.

El éxito de la suscripción llevada a cabo entre las señoras superó las mayores esperanzas. Armas, dinero, uniformes... todo fue cargado a la colecta patriótica.

Cada una dio lo que podía, sin distinción de fortuna. Josefa García ofreció un pelloncito. Borja Campero y Bonifacia Díaz ofrecen coser uniformes de los soldados”.                  

Entre las mujeres aportantes se encuentran Águeda, Teresa y Josefa Tejerina, Águeda y Josefa Aráoz, María Elena y María Mercedes Alurralde, Josefa, Mercedes y Dolores Molina; Gabriela y Josefa Monje, Luisa y Juana de la Lastra; Catalina y Mercedes Villafañe; Hermenegilda, Elena y Juana Huergo; Ricarda y Josefa Pérez de Terry; María Teresa Velarde; María de los Ángeles Muñecas; María Antonia Guerra; Plácida Mariño; Mercedes Aráoz de Lamadrid; Pastora Huidobro; señoras Reto, Bazán; Álvarez, Pereira, Díaz; Figueroa, entre otras.

Las más pudientes donaron 50 pesos, las que menos tenían colaboraron con un peso y pusieron su mano de obra, telas, botones, o lo que pudieron dar; todas movilizadas tras un ideal común.

Por supuesto que los hombres también aportaron dinero y armamentos a la causa, demostrando que nuestra provincia siempre fue primera en darlo todo a la Patria.

Importante aporte

En razón de la vibrante exhortación de doña Águeda, Tucumán logró equipar y enviar a la capital un importante contingente de tropa: unos 600 hombres, que formaron 7 compañías de soldados, cuyo equipo y armamento habían sido posibles gracias a la suscripción popular.

El Cabildo tucumano tomó nota del esfuerzo de las vecinas de San Miguel, a quienes agradeció públicamente.

Por su parte, el Cabildo de Buenos Aires agradeció el gesto de las mujeres tucumanas, quienes a partir de entonces se convirtieron en la línea irreductible a raíz de los sucesos que en los años subsiguientes cambiarían para siempre la continente americano.

La patriota convencida

Doña Águeda atravesó con férrea determinación los años duros de las guerras por la independencia y luego las luchas civiles. Llegó a oponerse a su esposo, quien apoyaba al ejército realista.

Siendo ella una patriota convencida, entregó todas sus joyas, producto de su dote, al ejército patrio como colaboración para la lucha.

Intercedió ante el propio general Manuel Belgrano para salvar la vida de su marido, acusado de enviar vituallas a las tropas españolas previo a la Batalla de Tucumán.

Durante las contiendas civiles tuvo que soportar las tres invasiones de Quiroga, donde murieron en combate uno de sus hijos y un hermano sacerdote, además de ver saqueada su casa y sus haciendas. Aún así pudo sobreponerse para convertirse en una matriarca a la que todo se le consultaba.

Doña Águeda Tejerina murió ya anciana (con más de 90 años, según lo que consigna su partida de defunción), en 1856, a punto de ver el nacimiento de la Argentina constitucionalmente establecida, rodeada del afecto y consideración pública.

Una escuela rural y una calle en Yerba Buena recientemente inaugurada, la recuerdan.

Su agradable fisonomía puede apreciarse en un magnífico óleo que pintó de ella el artista francés Amadeo Grass en 1834. Se conserva en el Museo Histórico de la Casa Histórica de la Independencia Argentina.

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