Por Inés Páez de la Torre

La fidelidad en los seres humanos es un tema complejo. Una línea habitualmente transmitida por los psicólogos evolutivos sostiene que, gracias a la constante producción de esperma, los hombres son “mujeriegos empedernidos”; mientras que las mujeres, provistas de una limitada cantidad de óvulos, somos naturalmente más selectivas en cuanto a los amantes, poniendo así el placer sexual en un segundo plano. Tales afirmaciones resultan rebatibles a la luz de las concepciones actuales. Además, interesantes hipótesis planteadas por la antropología entran en contradicción con estas teorías.

En general, los antropólogos acuerdan en que la mujer prehistórica mantenía relaciones con más de un hombre. Pero ellos, a su vez, intuían que su esperma competía con el de los demás. Este hecho, sumado a la oxitocina producida por el orgasmo, favorecía la aparición de celos. Lo cual sugiere que las mujeres sacaban ventaja de su posición, pero que también tenían un amante en especial al que consideraban “suyo”, muy posiblemente por su habilidad sexual.

Celosas

De ciertos hábitos femeninos que todavía perduran y que tienden a marcar instintivamente el propio “territorio” -como ser arañar la espalda del amante al momento del clímax- los investigadores deducen que las mujeres también experimentaban celos. Por otra parte, existen evidencias culturales de la vida en pareja, lo cual respalda la teoría de que durante la prehistoria se le daba importancia a la construcción de las relaciones, a pesar del deseo “promiscuo” de ambos sexos. Digamos que no se veía la infidelidad como un ideal, aunque con frecuencia había que recurrir a ella para asegurar la supervivencia de la tribu o de la especie.

Según la antropóloga y bióloga estadounidense Helen Fisher, podemos encontrar muchas ventajas genéticas para ambos sexos en lo que respecta a la producción de niños con diferentes compañeros sexuales. Las mujeres podían asegurarse recursos para ellas y para sus hijos, y a pesar de que no sabían nada sobre el concepto de ADN, de esta forma producían mejores y mayor variedad de genes para el bienestar biológico de sus herederos.

Fisher afirma en Anatomy of Love: “Por lo tanto, las que se escondían entre los arbustos con amantes secretos vivieron más tiempo y transmitieron inconcientemente a través de los siglos aquello que existe en el espíritu femenino que hace que a la mujer actual le guste el contacto con los hombres”.

Sin embargo, sostiene el escritor Jonathan Margolis, no menciona la causa más evidente de este comportamiento: “la placentera sensación de tener orgasmos con amantes variados y más habilidosos”. Fisher sí cree posible que las prostitutas de tiempos remotos aceptaran “dinero” y presentes a cambio de sexo no sólo por razones económicas sino también para disfrutar de la variedad sexual.

Infieles

En la misma línea de Fisher, Sarah Blaffer Hrdy, antropóloga y primatóloga de la Universidad de California, desarrolló una original hipótesis sobre el adulterio femenino en la prehistoria. Hrdy sostiene que los simios hembra mantenían relaciones no reproductivas sin saberlo; iban tras el perfecto objetivo darwiniano: lograr que los posibles padres les brindaran generosidad y colaboraran con el éxito y el bienestar de sus hijos. Un proceso que -según la profesora- también debe haber tenido lugar en los seres humanos: cuando aparecieron los primeros rasgos de la civilización (hace cuatro millones de años, con el cambio de la vida en los árboles a la posición bípeda en las llanuras africanas), los lazos de pareja evolucionaron y las jóvenes cambiaron la abierta “promiscuidad” por la copulación secreta. Pero seguramente hubo una retribución genética y placentera en este proceso.

De esta teoría algunos deducen que la infidelidad constituía un tabú tan fuerte en las sociedades primitivas porque no todos los hombres provocaban buenos orgasmos.

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