La paz de la música: un tal Padre Francisco - LA GACETA Tucumán

La paz de la música: un tal Padre Francisco

Vestido solo por una deteriorada sotana y casi sin agua ni alimento, recorrió los caminos con su fe y su tranquilidad. La recuperación del hijo de un cacique. Un ataque devastador que finalmente no ocurrió. Por José María Posse - abogado, historiador y escritor.

09 May 2021

Como si fuera un espejismo, la figura enjuta se recortaba en el brumoso horizonte. El hombre vestía pobremente una sotana remendada que alguna vez supo ser marrón y que para entonces tenía ya el color de la tierra y de la sal. Su andar era animoso, acompasado por el silbido alegre de melodías aprendidas en su lejana tierra, allende los mares.

Aquel salitral que atravesaba parecía infinito, el sol inclemente cuarteaba el suelo que pisaba; era una llanura yerma de intensas lejanías.

La bota de agua casi exhausta anunciaba un final cercano; con un clima de esas características, la sed lo mataría rápidamente. Pero nada parecía perturbar la determinada marcha del padre Francisco, morena su tez de sol americano.

Con el astro soberano en lo más alto, fue a sentarse bajo la magra sombra de un arbusto, tan famélico como el protegido en ella. De su raída mochila sacó unos mendrugos de pan, los que prolijamente cortó en dos rodajas. La una fue a parar a su estómago, por entonces ya empequeñecido, acompañado de una lonja de un jamón petrificado. La otra la dejó frente de sí, sobre una piedra desnuda.

De una bolsa que llevaba a su espalda sacó un pequeño rabel de dos cuerdas que tocaba con un arco; minutos más tarde, una música de ensueño envolvió el lugar. De esas fibras rústicas emanaban sonidos celestiales, murmullos de ángeles, aletear de hadas, pasos de duendes. Una paloma que se hermoseaba de gris se posó frente a él y comenzó a picotear el pan dejado por aquel extraño. Pronto sus hermanas, surgidas vaya a saber de dónde, se arremolinaron a su alrededor. Terminado el frugal banquete continuaron extrañamente en el lugar, como hipnotizadas por la música que provenía de aquel instrumento, hasta entonces desconocido en aquellos páramos.

Otras aves se posaron; una lagartija salió de su escondite de piedra, curiosa, atenta al menor movimiento; un quirquincho bola desplegó su cuerpo entre unos espinillos cercanos. Un pequeño zorro asomó el hocico entre unas matas, pero no se atrevió a atacar a las palomas, ni estas a las calandrias, ni aquellas a los insectos… En aquel instante reinaba una extraña armonía, que parecía derramarse al universo. Mientras, el músico ejecutaba sus melodías y oraba por lo bajo a su Dios, absorto con sus ojos cerrados; el gesto de su rostro denotaba una sublime expresión de paz.

Pasado aquel tiempo sin tiempo, el hombre salió de su trance, acomodó sus pocas pertenencias y continuó su viaje hacia ese destino incierto que lo esperaba del otro lado de la luna.

Tras las pisadas de aquel personaje singular, tres cazadores de la etnia comechingón se mantenían a distancia. Habían sido testigos ya de varios portentos que les sería difícil informar a su curaca. Es que aquel extraño era un chamán extraordinario. Con su música dominaba a las fieras, como aquel puma cebado de carne humana al que habían salido a cazar y que, advirtieron, seguía al europeo sigilosamente mientras este ejecutaba sus notas, seguramente para devorarlo ante un menor descuido. Una noche, mientras dormía, observaron cómo el felino se acercó a la fogata y luego de olfatear al yacente, se recostó cerca de él, como cuidando su sueño; al amanecer se esfumó entre la espesura de un bosquecillo.

Asimismo habían encontrado a su paso innumerables serpientes, de las más venenosas, con la cabeza destrozada. Jamás habían observado tantas, pero lo más curioso era que el hombre no las mataba; sin embargo a su paso, los seres rastreros parecían despedazarse contra su aura santa. Sin duda una fuerza extraordinaria lo protegía.

Encontraba agua en lugares imposibles, apenas saciaba su sed y llenaba su cantimplora, se apresuraba a dejar lugar a otros, como si adivinara que sus perseguidores venían padeciendo también necesidades.

RESPETADO. En cada lugar por donde pasaba el fraile había un resurgimiento del fervor religioso.

El encuentro

Por fin una tarde le salieron a su encuentro. Feroces le mostraron sus lanzas y le hicieron comprender que debían acompañarlos. De alguna manera los entendió y sin ofrecer resistencia emprendió un camino, que en principio parecía alejarlo, cuando en realidad lo acercaba a su destino.

Esa noche compartió con ellos el resto de su pan y los deleitó con su música, con la cual les brindaba su concordia. El vigía se durmió profundamente y en su ensoñación, nuevos mundos de luz se dibujaron en su mente que navegaba horizontes distantes. Muy temprano lo despertó una música alegre, ejecutada por aquel joven cuya cara morena enmarcaba una dulce como inolvidable sonrisa.

Esa mañana partieron; el fraile iba contento, cada tanto entonaba una canción de su tierra, su hermosa voz despertaba sentimientos apacibles en sus oyentes. Pronto eran ellos los prisioneros de aquel a quien escoltaban y no ya conducían, puesto que el joven parecía conocer perfectamente aquellas sendas que lo llevaban a un pueblo indígena aún ignoto para los españoles.

Llegaron al atardecer y fueron recibidos por todos los pobladores del lugar. Seres del color de la tierra, de ojos brillantes y físicos envidiables; sus músculos fibrosos estaban tensos, como esperando un acontecimiento pavoroso. Las mujeres llevaban el torso desnudo, el cabello anudado y la mayoría tenía una criatura alzada. Cerca de ellas tenían unas bolsas tejidas llenas de comida y abrigo.

Inmediatamente lo condujeron a la choza del cacique, la que se distinguía de las otras por su gran tamaño; varias mujeres de edad indefinida se apretujaban en la entrada, las cuales fueron apartadas casi a empellones por los cazadores. El vaho en el interior quitaba el aire de los pulmones; infinidad de yuyos habían sido encendidos desde un prolongado tiempo atrás, impregnando la atmósfera de olores fuertes y desagradables.

El llanto de una joven mujer lo sobrecogió, de hinojos junto a un camastro hecho de paja y cubierto con pieles, abrazaba a un niño de unos siete años, cuyo cuerpecillo yacía inerte. Un chamán le salió adelante y como pudo le hizo saber que el pequeño era el hijo del jefe y que su medicina ya no era eficaz… En sus ojos se adivinaba que él también correría la suerte del moribundo.

Con infinita dulzura, Francisco tomó en sus brazos el afiebrado cuerpecillo, sintió que el corazón latía débil como el de un colibrí y que pronto moriría. Entonces, una fuerza inusitada cobró vida en él y comenzó a dar órdenes a diestra y siniestra, y sorprendentemente sus interlocutores lo entendieron. Unos fueron a calentar agua, los otros a traer mantas secas y el chamán corrió levantando polvo a buscar ciertas hierbas que el fraile había visto en un bosquecillo cercano. Toda la noche estuvo al lado del niño, dándole de a sorbitos una infusión que había aprendido en sus años de estudiante con los jesuitas. Mientras lo hacía, oraba abstraído de todo hecho mundano mientras acunaba al muchacho, al punto que no se percató de la llegada del cacique quien se plantó en sus reales con su cara desencajada, sin atreverse a interrumpir lo que acontecía. La letanía melancólica de los cánticos de las mujeres parecía acompasar la triste escena.

Con las primeras luces, el niño despertó y a gritos pidió por su mamá y por comida… Su cuerpo ya no ardía y aún débil como estaba, sus colores habían regresado. Con cuidados sobreviviría.

CASULLA. La prenda está en el Convento de San Francisco.

El chamán salió gritando la buena nueva y todos se abalanzaban sobre el padre Francisco a quien agradecían con abrazos y cánticos. Pero la algarabía pronto cedió a la preocupación generalizada que ensombrecía los corazones de aquellos seres curtidos por las adversidades, pero no por ello indolentes a las preocupaciones. De un momento a otro esperaban la invasión de otra tribu más numerosa en hombres de batalla. La enfermedad del niño los había demorado en huir, y así las cosas, pronto deberían enfrentar un destino de muerte o de esclavitud…

Cercados

A la oración llegó un mensajero, anunciando a voces que se acercaban cientos de guerreros comandados por un jefe sanguinario, quien iba reclutando hombres entre los vencidos de los diferentes pueblos indígenas que tomaba por la fuerza. Huir no era posible para las mujeres ya que por las fogatas que se vieron por la noche, supieron que estaban cercados. Mientras los hombres se aprestaban a la lucha inevitable, entre el sollozo nervioso de las madres y esposas ante el incierto destino que les esperaba, Francisco tomó dos gruesos troncos y con su cinturón los ató fuertemente entre sí y formó una cruz de considerable tamaño.

Lentamente el fraile se dirigió a un descampado cercano por donde se veía que entrarían los invasores. En el centro mismo de un claro plantó la cruz, la calzó con unas grandes piedras y después de sentarse en una de ellas, comenzó a tocar su violín, mientras entonaba una canción que, curiosamente, los aborígenes comprendían; aquello volvía al escenario en inconcebible. Todos quedaron ensimismados, como embrujados por los sonidos que parecían subir a los cielos en hélices infinitas.

Las avanzadas enemigas se hicieron presentes en el campo mostrando sus lanzas y ferocidad. En seco pararon su avance ante el conjuro del que eran ya testigos. Prestos llamaron a su jefe, quien se presentó imponente en el centro del campo. A todo esto Francisco, sin inmutarse ni levantar la vista, continuaba ejecutando sus melodías y cantándole al amor de Dios.

La tribulación fue aún mayor cuando los atroces guerreros comenzaron a derramar lágrimas y a sonreír, puesto que el mensaje de las canciones los conducía a sus infancias perdidas y a sus ilusiones juveniles. Las armas apuntaron al suelo; esa noche la sangre no se vertería.

Fue entonces cuando Francisco se puso de pie y comenzó a hablar en una lengua común, que todos, sin excepción, entendieron y escucharon a pesar de la distancia entre ellos. Ante tal fenómeno se depusieron las armas y ambos grupos se acercaron, recelosos. Nada volvería a ser como antes para ellos.

AGUA SURGENTE. Con su cayado obró un milagro.

Largos meses estuvo Francisco entre las tribus, hablándoles de la buena nueva, bautizando y predicando. Una mañana, como llamado por una voz interior, juntó sus escasas pertenencias y anunció su partida, la que fue sentida hondamente por toda la comunidad.

El Cacique le dio regalos en vestiduras y alimento, que agradeció, pero que fue sutilmente regalando mientras se retiraba de la aldea, hasta quedar el padre Francisco con lo mínimo indispensable para las jornadas siguientes.

Fue acompañado largamente en su camino por un grupo de las tribus, hasta que ya cansados, no pudieron seguir el paso de Francisco, quien sin parar su marcha les obsequió una última melodía mientras se perdía en un horizonte brumoso. Pronto de él sólo quedó el recuerdo.

Fuente Documental:

García Oro, José (1988). “San Francisco Solano. un hombre para las Américas”, Editorial Biblioteca Autores Cristianos.

Díaz, Álvaro (1991). “San Francisco Solano”, Editado por Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba.

Fray Conrado Miglioranza, (2010), “San Francisco Solano”, Misiones Franciscanas Conventuales.

Amalia Gramajo de Martínez Moreno; (1993), “Los Franciscanos en Santiago del Estero”, Ediciones V Centenario, XV.

El milagro del Santo

En Trancas está el pozo del Pescado

San Francisco Solano misionó por más de 14 años por Uruguay, el Chaco Paraguayo, el Río de la Plata y Córdoba del Tucumán. Convirtió a innumerables indígenas y también a colonos españoles. Su paso por cada población era un renacer del fervor religioso. Cuenta la leyenda de la localidad de Trancas que una tarde, mientras predicaba a los indígenas, escuchó su sufrimiento como consecuencia de una gran sequía. 

El santo oró a los cielos de rodillas, apoyado de su largo bastón de caminante. Al rato comenzó a brotar agua de la base de su cayado, abriéndose un surgente que fue a llenar un vado donde se formó una laguna. En ella comenzaron a saltar pescados que fueron alimento para esa tribu. Hasta el día de hoy, miles de peregrinos se acercan cada año al Pozo del Pescado a beber de esas aguas que, aseguran, tiene poderes curativos. Una de sus casullas se encuentra preservada en el Museo del Convento de San Francisco en Tucumán.

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