Qué aprendimos - LA GACETA Tucumán

Qué aprendimos

Por Juan María Segura, experto en Educación.

03 May 2021

Nos pasamos la vida reclamando al sistema educativo por la calidad de los aprendizajes de nuestros hijos, pero raras veces nos detenemos a reflexionar sobre nuestros propios aprendizajes. ¿Somos una sociedad que aprende? ¿Formamos un colectivo que reflexiona sobre lo que hace, y obra en consecuencia? Lo que nos pasa, ¿está vinculado con nuestros hábitos de aprendizaje? Lo invito a que me acompañe a hacer un breve repaso de lo que aprendimos desde que la pandemia del Covid19 irrumpió en nuestras vidas.

Primero, aprendimos que nos fascina el cortísimo plazo. Tenemos devoción por lo que vaya a pasar en las siguientes horas. Despertamos por la mañana con la sensación de que nos perdimos de algo. Nos hemos vuelto adictos al minuto a minuto de nuestras vidas, y hemos terminado formateando la agenda de cada gobierno de turno y la programación de todos los medios de comunicación para acomodarlos a esa adicción. Nuestra vida se ha convertido en una gran pelea de UFC, en donde todos estamos esperando la patada voladora que derribe al rival de turno, sea a través de una nueva cadena nacional y del siguiente DNU. El largo plazo y todas las actividades y desarrollos vinculados con ese horizonte de pensamiento y acción, relegados a un lejanísimo e intrascendente segundo plano.

Segundo, aprendimos que los problemas no nos atraen tanto como las disputas. Hemos decidido pelearnos entre nosotros, y no contra los problemas. Es un curioso espectáculo ver a políticos, empresarios, religiosos, líderes sociales, sindicalistas, docentes o a las ‘mamis organizadas’ discutiendo sobre educación, mientras los hijos de cada uno de esos grupos no reciben en sus propios hogares ni buenos modelos, ni buenos modales. Nuestras vidas se han ido llenando de peleas: la farándula se pelea, los dirigentes deportivos se pelean, los políticos ni hablar. El ‘panelismo’ termina siendo una radiografía de lo que consumimos, alentamos y anhelamos ver. Nos hemos convertido en una sociedad panelista, mientras los problemas se apilan en la puerta de nuestros hogares como montañas interminables de basura.

Tercero, aprendimos a ser leales a personas, y no a valores, principios o resultados. No importa tanto si el ministro de salud durante una pandemia es un mamarracho, hay que bancarlo. No importa tanto si el líder sindical genera un gran rechazo por parte de la comunidad que dice representar, hay que bancarlo. No importa tanto si el docente no logra que los chicos aprendan casi nada, hay que bancarlo. No importa tanto si el periodista abandona abiertamente su intención de ser equilibrado a la hora de informar, hay que bancarlo. No importa tanto si al tío se lo vio lanzando bolsos con dinero, hay que bancarlo y decir que en realidad no es lo parece. Abandonamos el interés por la sustancia, por la argumentación bien elaborada, por el juicio recto, por la honestidad intelectual. Agrupándonos en bandos y bandas, nos convertimos en una sociedad sin valores pero plagada de barricadas y matones. El lenguaje nos delata.

Cuarto, aprendimos a desconectar resultados y diseño. Si algo rinde mal, jamás nos cuestionamos si es por problemas de mal diseño, y viceversa. El vacunagate es la consecuencia más visible de esta desatención que ponemos en el diseño, y lo mismo la montaña de protocolos mal diseñados para el sistema escolar, de casi imposible cumplimiento. Hemos aprendido a articular mal las leyes sin sonrojarnos, a veces generando solapes o inconsistencias entre principios precedentes, y luego tiramos el fardo a la justicia para que aclare. Muchos de los rendimientos deficitarios de acuerdos institucionales de los que se vale nuestra sociedad y que ‘ordenan’ nuestra vida, se podrían hacer corregido en origen, pero a pocos importó. Las comisiones de las legislaturas que trabajan en todos los proyectos de leyes jamás reciben la atención celosa y la mirada crítica de nuestra sociedad. ¿No será que nuestra escuela tiene un problema de diseño, tal vez?

Quinto, y por último, aprendimos que la suerte no está echada, que nuestra acción, individual y colectiva, juega un rol, para bien o para mal. Aprendimos a salir a la calle, a reclamar democracia, seguridad o planes sociales. Aprendimos a agruparnos en movimientos civiles no partidarios, por la 125, por justicia independiente o por la educación. Sabemos que podemos ser tanto el granero del mundo, como una sociedad con 40% de pobreza. Sabemos que podemos tener un sistema educativo del que salgan premios nobel, como un sistema del que egresen analfabetos. Sabemos que nuestra conducta altera la circulación del virus de la pandemia, y que eso genera consecuencias ineludibles. Sabemos que la sociedad es una construcción viva, permanente, y que nuestra participación la modela. Solo nos resta saber si estamos dispuestos a acordar organizarnos para darle a nuestra sociedad la fisionomía que nos permita crecer y realizarnos.

Bregamos por aprendizajes en nuestros hijos y alumnos, y nos tiramos de los pelos cuando estos no ocurren, o lo hacen en la dirección equivocada o en la proporción incorrecta. Sin embargo, jamás nos detenemos a pensar en los aprendizajes que alcanzamos los adultos, esos aprendizajes que, aun cuando no estén incluidos dentro de una currícula oficial, generan consecuencias.

A la pregunta de si somos una sociedad que adultos que aprenden, la respuesta es un si contundente. Aprendemos todo el tiempo, y mucho de aquello que aprendemos lo hacemos para sobrevivir. Sin embargo, debemos comprender que no todo lo que aprendemos nos hace bien, nos hace mejores, nos une o integra. Por el contrario, algunas de las cosas que aprendemos nos van metiendo en trayectorias penosas y complejas de las que es difícil salir.

No es suficiente con aprender, en la escuela o en la vida. Debemos asegurarnos de aprender aquellas cosas que nos hacen mejor, que nos hacen mejores, que nos permiten desplegar un mejor proyecto personal y de país. Así como la escuela debe recostarse sobre principios curriculares y pilares pedagógicos claros, los aprendizajes de los adultos deben erigirse sobre valores y principios éticos, aspiraciones enaltecedoras para la sociedad y virtudes colectivas. Así, debemos recuperar el interés por el largo plazo, el entusiasmo por pelearnos con los problemas, la fidelidad hacia los principios y la capacidad de hacer del diseño nuestro novedosos punto de encuentro. Si el sistema educativo debe ser rediseñado, sería deseable que nos encontremos en estos nuevos términos.

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