Un "GPS del cerebro" ayudó a operar tumores en dos chicos

Un equipo neuroquirúrgico encaró las cirugías de los tumores, alojados en zonas de muy difícil acceso. Los pacientes se recuperan bien y no tienen secuelas. Las primeras señales y los miedos de las familias.

EL EQUIPO MÉDICO. Cirujanos y asistentes que llevaron a cabo la difícil cirugía para extraer los tumores cerebrales de los niños. EL EQUIPO MÉDICO. Cirujanos y asistentes que llevaron a cabo la difícil cirugía para extraer los tumores cerebrales de los niños.

Carlos Dip vive en Concepción y Daniel Medina, a pocos metros del Mercofrut. Los dos tienen 13 años y jamás se habían cruzado en su vida. Hasta hace pocos días, cuando coincidieron en la terapia intensiva de un sanatorio privado. Curiosamente sus historias se entrelazan en un relato similar: ambos tuvieron que ser operados de un tumor cerebral alojado en una zona casi inaccesible, a la cual los médicos pudieron llegar gracias a una especie de “GPS del cerebro”: el neuronavegador.

Pasaron por la incertidumbre, el miedo y la angustia. Hoy, ellos y sus respectivas familias respiran aliviados. Y están convencidos de que ante un tumor cerebral a veces la mejor opción es liberarse de los prejuicios y “abrir la cabeza”.

El temido diagnóstico

Daniel y Carlos llevaban una vida totalmente normal: escuela, deportes y amigos. Hasta que, de un día para otro, aparecieron las señales de que algo no estaba bien.

“Fue el 28 de febrero del año pasado. Daniel había vuelto de vacaciones el día anterior. Esa mañana, yo estaba desayunando cuando escuché los gritos de mi sobrina. Fui a la habitación y encontré a mi hijo convulsionando. Estaba duro, se mordía la lengua y sangraba. No podíamos pararlo. Lo alzamos y salimos a la calle desesperados, buscando ayuda de algún automovilista que nos lleve hasta el CAPS o el hospital”, cuenta Lina, la mamá.

EN RECUPERACIÓN. Daniel Medina, con su mamá Lina, después de la operación. EN RECUPERACIÓN. Daniel Medina, con su mamá Lina, después de la operación.

El menor quedó internado en el hospital de Niños. Un neurólogo le indicó que se hiciera varios estudios; entre ellos, una resonancia magnética. Y allí se vio por primera vez la mancha negra. Entonces, llegó la charla que ningún padre quisiera escuchar: “el médico nos dijo que era un tumor, alojado en una zona muy peligrosa del cerebro. No podíamos parar de llorar, no sabíamos qué hacer. Había dos opciones: operar o un tratamiento con pastillas. Nos quedamos con esta última alternativa”, detalla la mamá.

Pero el tumor no se achicó. Y Daniel sufrió nuevas convulsiones. La situación se agravó, así que optaron por hacer consultas con otros médicos. Así llegaron al neurocirujano Álvaro Campero, que indicó la operación. La misma opinión tuvo cuando vio las resonancias de Carlos. Pero el caso de este era un tanto más preocupante porque el tumor estaba creciendo e incluso tenía un sangrado, dijo Campero, que lideró el equipo que trató a los chicos.

Sin palabras

El papá de Carlos, del mismo nombre, relata que en su familia se dieron cuenta de que algo no andaba bien una vez que el niño se quedó sin palabras. Fue en 2019. “La mamá lo había buscado del instituto, como todos los días. Él se subió en la parte de atrás del auto y ella le preguntó cómo había estado su día. Mi hijo no podía hablar. Nos preocupamos y empezamos a visitar neurólogos. En las primeras resonancias se vio el tumor, que estaba alojado en un lugar muy complicado. Nos decían que era prácticamente inoperable y que, en caso de intervenirlo, seguramente iba a quedar con secuelas”, contó.

MÁS TRANQUILOS. Carlos Dip junto a sus padres, en su hogar, en Concepción. MÁS TRANQUILOS. Carlos Dip junto a sus padres, en su hogar, en Concepción.

Empezaron un tratamiento con fármacos. Pero las crisis se repetían. Carlos perdía la fuerza en las manos y en una buena parte de su cuerpo, convulsionaba y presentaba trastornos en el habla. “Se decidió encarar la cirugía, que era de alta complejidad, para devolverle calidad de vida al paciente. Es cierto que la operación tenía sus riesgos, porque ingresar a esa zona donde estaba el tumor podía generar secuelas en el habla o en la movilidad. Por eso, teníamos varios planes bien definidos: lo primero era hacer la cirugía con neuronavegador (“el GPS del cerebro”). Otra opción era despertarlo en medio de la operación, de forma que él nos guiara respondiendo preguntas. Todo el equipo estaba perfectamente entrenado y listo para ejecutar los distintos planes. Se trata de una cirugía en la que muchas veces hay que recalcular las decisiones. En este caso, funcionó el plan A”, resaltó el neurocirujano Juan Villalonga, encargado de articular el equipo.

También formaron parte de este grupo multidisciplinario del Sanatorio 9 de Julio los neurocirujanos Juan José Agüero y Marta Coroleu, el anestesiólogo Matías Robles, las instrumentadoras Mariana Raquel Díaz y Agustina Silva y la terapista Lucía Ramasco. A cargo del monitoreo electrofisiológico estuvo Oscar Igusquiza y las neuroimágenes las hizo Paula Alonso.

En ambos casos, remarcó el doctor Campero, se logró una resección macroscópica completa de los tumores y los chicos se están recuperando muy bien, sin secuelas. “Podrán volver a su vida habitual”., señaló.

En zonas casi inaccesibles del cerebro, el uso del neuronavegador es esencial porque permite integrar, con gran precisión, las imágenes diagnósticas previamente con las que el neurocirujano está observando en vivo.

Final feliz

“Nos impactó la fortaleza de nuestro hijo. Hablamos con él de todas las posibilidades; incluso de la muerte. Él tenía mucha fe y estaba muy preparado”, cuenta Dip, emocionado y orgulloso, porque en estos dos años de tratamientos y diagnósticos para nada alentadores Carlos nunca descuidó los estudios: de hecho fue escolta de la bandera y siempre se mantuvo entre los mejores promedios.

Lina Medina también está contenta: “me parece un sueño verlo sonreír y que esté recuperado después de todos los sustos que pasamos”.

Hoy Daniel es un chico feliz, que empieza a contar los días para retomar su pasatiempo favorito: el fútbol.

Incidencia: el tumor cerebral es el segundo cáncer infantil más frecuente

En Argentina, los tumores del sistema nervioso central (SNC) son los segundos en frecuencia en la infancia, detrás de las leucemias. De acuerdo con el Registro Oncopediátrico Hospitalario Argentino (ROHA), entre 2000 y 2016 se reportaron 22.450 casos de cáncer en menores de 15 años, lo que implica que se producen anualmente entre 1.300 y 1.400 casos.

Las manifestaciones clínicas varían según la edad del niño o niña y la localización del tumor en el cerebro. Los síntomas o signos más frecuentes son la cefalea, náuseas y vómitos, y ataxia (27%), que implica la falta de control muscular o coordinación de los movimientos voluntarios. En todos los casos, una intervención a tiempo marca la diferencia. El tratamiento de los tumores del SNC requiere un abordaje multidisciplinario. Aunque todavía existe la creencia de que los tumores cerebrales son inoperables, hoy la cirugía cumple un rol fundamental tanto en el tratamiento como en el diagnóstico de la enfermedad.

Tamaño texto
Comentarios