Afloraron los problemas de Tafí, pero nada cambió en todo un año

VISIÓN DE LA URBANIZACIÓN DEL CERRO EL PELADO. La edificación agresiva en la montaña llevó a la generación de una veda legal en 2020. VISIÓN DE LA URBANIZACIÓN DEL CERRO EL PELADO. La edificación agresiva en la montaña llevó a la generación de una veda legal en 2020.
08 Febrero 2021

Olga Paterlini de Koch - Asesora de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y Bienes Históricos/Miembro de Número de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán.

Los tucumanos y quienes nos visitan desde más allá de nuestros límites tenemos relativa conciencia de esa extraordinaria porción de la tierra localizada a unos 2.200 metros de altura y a sólo 160 km de la capital tucumana: el Valle de Tafí. Se repite en forma reiterada que es el nodo más importante para la atracción turística de la provincia, lo que pareciera confirmarse año a año cuando aumenta el número de visitantes. No está claro qué se hace para indagar a conciencia la razón de sus valores de atracción, así como para generar conciencia respecto de sus cualidades.

Después de haber transitado el magnífico camino de cornisa de la ruta 307, de atravesar el bosque subtropical, la selva de mirtáceas, los bosques de alisos a más de 2.000 msnm, el río La Angostura o de Tafí, de golpe, al abrirse las montañas… aparece en toda su grandiosidad el Valle de Tafí, como lo recuerda un registro del ing. Roberto Robles Mendilaharzu en los años 40. Al desplazarse en esta planicie casi cerrada, la contundente experiencia continúa. No importa la estación del año, la percepción sensitiva es siempre inagotable, tanto en altura como en extensión; incluye las visuales, las bonanzas del clima, el silencio, la calma. A la distancia las Sierras del Aconquija, las Cumbres Calchaquíes y las de Mala-Mala se muestran simplificadas en sus formas; los colores se difuminan en azules y grises, y el relieve toma vida con la incidencia del sol, del viento y el alpapuyo que diariamente se desliza otorgando un sutil movimiento al anillo orográfico que enmarca el valle. Para los conocedores, el Alto de Muñoz, el Pabellón o el Ñuñorco grande configuran, con una altura promedio de 4.000 msnm, hitos que otorgan identidad a este paisaje.

El Valle de Tafí conforma una unidad compleja del territorio tucumano: algunos autores lo caracterizan con un gran atractivo paisajístico derivado de la variedad, sofisticación y excepcionalidad escénica de las formas de relieve dispersas en toda su extensión. La interacción entre el hombre y la naturaleza comenzó en el 300 a.C. aproximadamente y ha continuado intensamente hasta el presente. En su evolución se han plasmado huellas como resultado de la amalgama de tensiones de carácter físico y humano que tuvieron lugar en distintos momentos de la ocupación: de la etapa prehispánica, los asentamientos de los Tafíes y los Santamarianos; de la ocupación hispánica, el conjunto jesuítico y la fabricación de los quesos en las tierras adquiridas a un vecino feudatario; con la expulsión de la orden, las organización de las estancias y el desarrollo de la vida rural; hacia 1943, el camino y la villa veraniega de “La Quebradita” y, así, simplificadamente, podríamos seguir.

Hace un año, LA GACETA publicó una serie de artículos y entrevistas a actores calificados que expresaron su posición respecto de la situación del Valle: con ello afloraron las profundas amenazas que afectan a este espacio de contundente belleza paisajística, a la población estable (unos 5.000 hab. según datos del Censo del 2010), y a sus visitantes estacionales u ocasionales. Hace un año, cuando la mirada se entrecruzaba con lo que estaba más próximo, afloraban los problemas. Sólo para citar un caso: la avenida de sauces del ingreso, que en otras épocas representaba el encuentro con el universo tafinisto luego de transitar por el ajustado camino de cornisa, es hoy una deteriorada expresión que evidencia las huellas de la depredación, la negligencia y la desconsideración. Nada ha cambiado en todo un año.

Esta observación podría multiplicarse por un infinito número de veces, tantas como el infinito número de lugares y espacios conformados en el territorio: al hacerlo, quedarían expuestos la precariedad y el uso distorsivo que aquejan, en muchos casos, al magnífico universo. Es probable que la expresión de mayor dramatismo esté focalizada en la apropiación del cerro El Pelao.

La fluctuante dinámica de ocupación hasta hace un año siempre estuvo estrechamente relacionada con el movimiento estacional y las festividades que se celebran para el desarrollo turístico. El verano provocaba crisis de funcionamiento, pero nada parecido a la experiencia de este 2021. Hace un año, las celebraciones hacían uso de espacios equipados para ello: con la cuarentena de la covid-19, están insertas en el tejido urbano de la villa, haciendo uso casi clandestinamente de innumerables propiedades en desmedro de la calidad ambiental de los vecinos. En este 2021, el avasallamiento ha sido permanente; los potreros en medio de las casas para satisfacción de algunos y la afectación de los demás; la estridencia musical constante para satisfacción de algunos y la afectación de los demás; la basura sin embolsar para su retiro, y a la mano de perros y caballos por negligencia de algunos y la afectación de los demás... todo ello entre muchas otras transgresiones imposibles de enumerar y de controlar.

La mudanza desaprensiva del uso de lo público, hoy controlado, hacia lo privado ha generado una creciente afectación a quien creyó que veranear en Tafí podía significar sumergirse en un paisaje de valores inmutables.

En la entrevista realizada al arquitecto Osvaldo Merlini en LA GACETA, en el verano del 2019-20, quedó expuesto el esfuerzo de la administración local, desde hace mucho tiempo, para ordenar el desarrollo de este espacio territorial. Se han formulado normas, códigos, definido unidades ambientales para regular el proceso de desarrollo con cierto grado de equilibrio. Sin embargo, las transgresiones permanentes desarticulan lo pensado y provocan un proceso desalentador.

Tafí del Valle no es una excepción. Como bien expresa Rafael Mata Olmo desde la Universidad Autónoma de Madrid, el paisaje atraviesa por una situación crítica y paradójica: el deterioro de los conjuntos paisajísticos valiosos va sustituyéndose por configuraciones repetidas y banales, sin integración con el espacio heredado, con imágenes de consumo propios de una globalización desterritorializada; en paralelo, una demanda social creciente reivindica el derecho a vivir en entornos paisajísticamente dignos. Ese es el campo de fuerzas en el cual se debate la actualidad de Tafí.

En 1992, la Unesco formalizó la categoría de Paisaje Cultural para referirse a la huella del hombre sobre el territorio y del territorio sobre el hombre. Se buscó comprender la imagen de síntesis de una realidad multifacética en la cual el medio natural es el asiento material sobre el que la sociedad asienta su legado cultural. Esa imagen depende de quién ve el territorio desde su experiencia cultural; la realidad de los observadores es heterogénea y, en consecuencia, hay tantos paisajes posibles como miradas se dirijan hacia el entorno, según explican algunos autores.

Tafí representa un extraordinario palimpsesto constituido por capas milenarias como resultado de la transformación colectiva de la naturaleza. Durante largos períodos pareciera que la integración de lo nuevo fue realizándose en armonía con el ambiente natural y lo cultural preexistente: a la vista de algunas experiencias de las últimas décadas, cabe preguntarse qué rol tiene este paisaje en la cultura contemporánea.

Toda intervención supone una modificación, ya sea en un territorio, en la ciudad o en la arquitectura. Es la respuesta al proceso dinámico de transformación de la sociedad en el tiempo, y puede realizarse en relación de continuidad o antítesis con el contexto precedente. Esta posición, que en algunas condiciones puede ser libremente escogida por quien realiza la actuación, en los temas de patrimonio e identidad está condicionada a una dirección que se sustenta en el conocimiento, la protección, la gestión y el ordenamiento para la salvaguarda de los valores patrimoniales.

En momentos en los que el habitar experimenta sensibles transformaciones, es fundamental acordar objetivos de carácter paisajístico considerando las múltiples miradas de habitantes y visitantes. El paisaje del Valle de Tafí requiere este compromiso colectivo para salvaguardar desde lo cultural, lo económico y lo técnico las características y potencialidades que lo caracterizan.

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