Tiburcio López Guzmán: “sin instituciones no hay despegue" - LA GACETA Tucumán

Tiburcio López Guzmán: “sin instituciones no hay despegue"

El abogado, periodista y luego político analiza las causas internas y externas, y las razones coyunturales e históricas de la situación socio-económica y política de Tucumán.

13 Dic 2020 Por Álvaro José Aurane
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“Tucumán tiene un fantástico capital humano y los gobiernos no lo aprovechan. No todas las provincias tienen ese potencial”, afirma Tiburcio López Guzmán en los aprestos de la entrevista con LA GACETA. Se define a sí mismo como un hombre que ha consagrado su vida “a unir el pensamiento con la acción”, razón por la que, admite, suelen no tolerarlo ni los que sólo se dedican a la acción ni los que sólo se dedican al pensamiento. “No creo en los profesores, sino en los genios” es, a la vez, una confesión y una síntesis de su postura frente a la vida. O, como él mismo afirma, frente a sus “muchas vidas”. Porque la abogacía atraviesa a su familia de origen (su padre, Tiburcio López Mariño, fue juez)  y la que él forjó: su esposa, María Victoria Herrera, fue magistrada. Y él mismo es abogado. Pero también ha sido periodista: en este diario, en Noticias y en Primera Plana, de la mano de Tomás Eloy Martínez.

Es, desde joven, un político. “Presidí la Liga de Estudiantes Humanistas, en los tiempos de la Guerra Fría y gané en todas las facultades”, rememora. Fuera de los claustros fue electo legislador y se desempeñó como secretario de Integración Regional y Política exterior durante la gobernación de Julio Miranda (1999-2003). “Salvo de la gestión de Antonio Domingo Bussi (1995-1999), he participado en distintos niveles de todos los gobiernos. Hasta el de José Alperovich, pero brevemente: no le gustaban mis proyectos de reestructuración del Estado, así que me fui”, sintetiza.

Finalmente, López Guzmán es, también, un forjador de partidos políticos. “Fui cofundador con Carlos Imbaud del partido Demócrata Cristiano: lo creamos en su casa. Y después de la postulación de Martín Dip (N. de la R.: Fue candidato a gobernador en 1973), asumí la presidencia del partido por expreso pedido de Arturo Ponsati y de Lauro Fagalde. Lo conduje y lo engrandecí hasta 1985, cuando dejé el cargo ante un complot, tipo golpe de Estado, de los ponsatistas”, puntualiza. Luego fundó el Movimiento Popular Tucumano, actualmente fusionado con Cambio 2000.

Hoy, a los 81 años, tiene una mirada crítica sobre la realidad institucional, política, económica y social de la provincia. Y sopesa las causas internas y externas, coyunturales e históricas de esta situación. Aclara que se jubiló hace una década como abogado, “por cuestiones de salud: tengo otra manera de ver la vida porque vengo de la muerte”. Pero subraya que no hay cejar en el análisis de la realidad. “Hay otra manera de ganar, que es influir sobre los que han ganado”, asevera.

- ¿Qué significa que Tucumán se encuentre atravesando una crisis institucional?

- La situación institucional no ayuda al despegue de la Provincia. Tucumán tiene problemas de fondo que no han sido atacados. Uno de los más trascendentes es el desequilibrio socio-económico, a partir del cual cuanto menos la mitad de la población es pobre. No habrá arreglo institucional posible así. Por un lado, toda vida sana permite bajar la litigiosidad permanente en una sociedad. Y en la nuestra, mucha gente está enojada. Por el otro, la relación entre pobreza e institucionalidad va más allá del voto. Hay mucha gente que vota, simplemente, por resignación. Finalmente, la pandemia. La covid-19 trajo la cuarentena y la cuarentena se aplicó mal. El COE (Comité Operativo de Emergencia) funciona como si fuese institucionalmente más que la Legislatura. Y la Legislatura es, ahora más que nunca, un apéndice del Poder Ejecutivo. El resultado final es que el ciudadano no tiene dónde refugiarse.

- ¿Cuál entiende que fue el proceso para llegar a esta situación?

- Hay que ir a fondo en algunos temas para explicarlo. Se dejó de valorar lo que Aristóteles llamaba la política arquitectónica. Él discernía entre la política agonal, que es la disputa de cargos, y la política arquitectónica, que hoy llamamos programática. Es decir, se necesita un plan de vuelo. Pero la agonalidad ha afectado a todos los partidos políticos. Como agravante, los partidos mismos padecen la absoluta centralidad de este país: para dirimir cualquier cuestión interna hay que terminar irremediablemente en Buenos Aires, en la Cámara Nacional Electoral. Yo he planteado que esa Cámara, que termina siendo un cuello de botella, debería ser suprimida y que deberíamos volver al sistema anterior, en el que las instancias eran el juez federal con competencia electoral en la Provincia, luego la Cámara Federal del lugar y, finalmente, la Corte Suprema de Justicia de la Nación. A esto se agrega que el criterio mussoliniano de los partidos con fichas de afiliación cuesta muchísimo dinero y no tiene nada que ver con el sentir de la gente. Celestino Gelsi decía que había que tener partidos chicos con opinión pública grande. Y esa opinión pública se mide en el prestigio de los dirigentes y en el resultado de los comicios.

- ¿Hay salida para este estado de cosas?

- Lo cierto es que no se han propuesto salidas. Enseñaba Manuel Gonzalo Casas que era indispensable establecer la causa final de un proyecto para echar luz sobre el trayecto. Juan Domingo Perón tenía una idea similar y la denominaba “Plan Quinquenal”. Mientras tanto, hay miles de tucumanos jóvenes emigrando en busca de trabajo de toda clase, incluyendo hasta el de las cosechas, y nadie propone la superación de la brecha social. A pesar de que esta es una provincia que cuenta con los recursos para que pueda haber prosperidad para todos. Falta superar ese estado de cosas.

- ¿A quiénes les cabe la responsabilidad por este atolladero social e institucional?

- La mayor responsabilidad es de quien ganó las elecciones, aunque no se sepa para qué las ganó. Pero no es el único. Haber llegado a esta situación es una responsabilidad colectiva. Parafraseando al francés Charles Péguy, falta un suplemento de almas para conmoverse con lo que le pasa a la mitad de los tucumanos, que están en la pobreza, y para trabajar por el bien común. Como plantea Jean Tirole en La economía del bien común, la opción no puede ser comunismo o liberalismo financiero. Para que el bien común pueda ser practicado debe haber un plan de gobierno, un régimen institucional sano y una amistad entre los protagonistas del proceso. En definitiva, falta gente con espíritu de desprendimiento, como fueron Juan B. Terán o Abel Peirano, que siendo conscientes o no de lo que obraban, trabajaron por el bien común. Por todo esto, la provincia no puede ser mendicante de la Nación. Por eso pongo el esfuerzo de mi vida en trabajar por el federalismo. Un federalismo público en consonancia con lo privado. Manuel Avellaneda, Gelsi y Terán hicieron lo propio, al igual que Fagalde, injustamente olvidado, quien veía a Tucumán como la Atenas del Plata. Y eso creía, cuando veía que después de la Primera Guerra Mundial llegó gente brillante a la Universidad Nacional de Tucumán. Había convicción respecto de que eso se podía contagiar a la sociedad. Hoy no hay, siquiera, quién piense en la propia universidad…

- ¿No le parece, sin embargo, que es en las universidades donde se forman los profesionales que gobiernan o asesoran gobiernos que han conducido hacia la crisis institucional que refiere?

- Claro que sí. En todo caso, los historiadores que tuvimos en Tucumán no han ido a las causas que explican esa crisis. Arnold J. Toynbee explica que ningún imperio cayó por un enemigo externo, sino por veredicto de suicidio: por su podredumbre interna. Gelsi repetía que ningún ministro debía tener intereses por encima del gobierno.

- ¿Entonces la institucionalidad de Tucumán sucumbe agobiada por el peso de los cimientos de la Provincia?

- Sólo en parte. No hay que olvidar que la Constitución fue violada por los militares. El cierre de los ingenios tuvo consecuencias terribles. Por supuesto que no era un sistema perfecto, pero había trabajo, la gente cobraba un sueldo y tenía un dispensario. Los golpes de estado liquidaron eso. Después vino (José Alfredo) Martínez de Hoz… Hubo entonces un remedo de despotismo ilustrado. Digo un remedo porque Federico II de Prusia de verdad era un hombre ilustrado, mientras que los dictadores militares sólo eran déspotas. Sin ninguna ilustración. Entonces, hay errores que son ajenos a los tucumanos: nos vinieron a intervenir. Por otro lado, también hay responsabilidades propias. Ya no hay figuras como Manuel García Fernández, que donó esa enorme propiedad donde hoy se levanta el Colegio Salesiano en San Miguel de Tucumán. Ni tampoco hombres como Alfredo Guzmán, quien no tuvo hijos y multiplicó las acciones por el bien de los tucumanos.

- ¿Cómo se comienza a salir adelante?

- Hay un hiato en Tucumán entre el éxito del sector privado y el desorden del sector público. Hay que trabajar para solucionar eso. Yo quiero trabajar por eso. Y huelga decirle que sin candidaturas.

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