Pareceres: la vida lejos de casa

 LA GACETA / ANTONIO FERRONI
07 Diciembre 2020

Walter Gallardo

Desde Madrid

Al final de una tarde glacial de febrero, en 1996, volvía a Manhattan observando a través de la ventanilla del tren los suburbios industriales de Nueva Jersey y las casas ruinosas a los costados de las vías, muchas de ellas habitadas por inmigrantes pobres en busca del famoso sueño americano. Las calles estaban casi desiertas y sus luces amarillentas, ya encendidas desde temprano, acentuaban ese inquietante desconsuelo de las noches invernales. Por entonces había comenzado, aunque en principio de forma superficial, mi relación con el destierro: llevaba una temporada en Nueva York, después de otra estancia en 1994, y deseaba ahora quedarme definitivamente en la ciudad. Venía de entrevistar a un compatriota, el escritor y periodista Tomás Eloy Martínez, en la universidad de Rutgers, en New Brunswick. Acababa de publicar “Santa Evita”, un éxito literario y comercial pocas veces visto. La obra se traduciría a decenas de idiomas y años después alcanzaría la exorbitante cifra de 10 millones de ejemplares vendidos.

Había sido una larga charla más que una entrevista. Comenzó en su despacho, un cuarto austero con paredes cubiertas por paneles de roble y grandes ventanales por donde se veían árboles desnudos, y continuó con una caminata por los senderos del campus cubierto de nieve. Habíamos hablado de muchos temas relacionados con la Argentina, pero algo en particular seguía resonando en mi memoria. Me había dicho: “Del exilio no se vuelve. Es un tiempo robado para siempre, irrecuperable”. Acompañó la frase con un silencio y luego agregó: “En ninguna situación, salvo en la muerte de un ser querido, encontrarás la ausencia con un sentido tan cabal”. Su testimonio salía de una herida: a mediados de los años 70, la Triple A, dirigida por López Rega, lo amenazó de muerte y, como tantos otros, tuvo que irse a deambular por el mundo. Al llegar a Penn Station, sentí que estas palabras de algún modo me concernían y las escribí en una libreta como quien recoge un tornillo del suelo pensando en que un día le servirá para algo. Desde entonces, salvo con algún intervalo en Buenos Aires, llevo más de dos décadas fuera del país.

Recordé esta experiencia al ver el aumento masivo de migraciones en el mundo, poblaciones enteras desplazándose desde Asia, Medio Oriente y África en medio de esta época de calamidades, unos acosados por el hambre y otros huyendo de guerras sin fin, o de las dos cosas, todos lanzándose a una travesía que ha convertido el mar Mediterráneo en un cementerio y los campos de refugiados de Grecia, Italia y España en una suerte de prisión para los que pudieron llegar. También han vuelto las mareas humanas en dirección a Estados Unidos y con ellas las disputas de países vecinos en Centroamérica por el descontrol de las fronteras. Familias completas caminando, con niños de la mano, en un viaje que no tiene tregua, propulsado por la desesperación y el hartazgo. Leo además en los medios argentinos las encuestas que revelan porcentajes tan abrumadores como preocupantes de quienes desean irse del país: por encima del 60 por ciento en la franja de los más jóvenes, quizás nietos o biznietos de otros inmigrantes. Casi una ironía.

Este triste fenómeno internacional no puede interpretarse simplemente como el fruto de un espíritu aventurero o emprendedor, tampoco reducirlo al negocio deleznable de los traficantes de seres humanos, sino como la historia de un monumental fracaso político. Las razones están a la vista en cada uno de los países de origen del emigrante pero, sobre todo, como se puede observar en una foto más amplia, en el incremento vergonzoso de las desigualdades que acaban transformando el reparto de la riqueza en una transacción humillante para una porción mayoritaria del planeta. Los que se van dejan siempre un vacío de capital humano; los que “eligen” irse emprenden un destino que en gran parte es doloroso y, en ocasiones, irreversible. No en vano, a lo largo de la historia, el exilio ha sido un sucedáneo de la muerte. Se sabe el tipo de castigo que representaba en la antigua Grecia o el espacio capital que ocupa en la literatura. Shakespeare, por ejemplo, hace decir a Romeo en la escena en que Fray Lawrence le comunica el veredicto del Príncipe (precisamente el exilio): “¿No tienes un veneno, un afilado cuchillo, un arma que me mate más rápidamente, nada tan deshonroso, sólo el exilio?”.

Irse de casa, abandonar un hogar, no es un recurso cualquiera en la vida de las personas sino el último, el que más se parece a la renuncia de una parte fundamental de uno mismo, algo así como deshacernos de quienes veníamos intentando ser para pasar a ser un extranjero y, en cierta manera, un extraño. Ningún exilio, ni siquiera el deliberado, es capaz de celebrarse a sí mismo cuando sus ingredientes, al menos al principio, son la soledad y la distancia, acompañadas de la sensación de haber equivocado el rumbo o la incertidumbre constante de pensar cómo habría transcurrido nuestra vida si nos hubiéramos quedado cerca de los seres queridos y de los lugares comunes, allí donde es fácil encontrar una identificación con las raíces.

Miguel de Unamuno tenía aquella teoría de los “ex¬-futuros”: lo que iba a ser y, de hecho, podría haber sido, pero quedó en una probabilidad explorada a medias o en una intención no del todo vehemente del individuo. Así, lejos de casa, llegarán de tarde en tarde unas cuantas preguntas insidiosas como sombras: ¿Cuántos de los que yo hubiera querido o podido ser en mi país han resultado frustrados por la condena de elegir una vida de desarraigo? ¿Me habré quedado con la versión menos ambiciosa de mí mismo?

Si prestamos un poco de atención, hay en nuestro idioma una buena cantidad de sinónimos para la palabra “exilio” que lo definen de un solo golpe: destierro, ostracismo, expulsión, entre otros; y con más dureza: castigo o condena. No obstante, es curioso que muchos diccionarios no incluyan antónimos que se ajusten a la verdad o que, en cambio, se equivoquen con sustantivos como “regreso”, “retorno” o “vuelta”, tan insustanciales como inexactos. Debemos aceptar, luego de transcurrido unos años fuera del país, que nunca se volverá al lugar que un día se ha dejado, porque ese ya no existe, y menos aún al que guardamos en la memoria, porque la memoria es, sin dudas, una copia deshonesta de la verdad.

Se confirma lo que dice la letra de “Golden Slumbers”, aquella bonita canción de Paul McCartney: “Alguna vez hubo una manera de volver a casa”. A medida que pasa el tiempo es difícil distinguir ese camino y algún día parece borrarse para siempre.

En algún viaje a la Argentina, un amigo me preguntó con honesta curiosidad: “¿Y qué es lo que ve la persona que vuelve al país?”. En síntesis, dije que ve lo mismo que vio el coronel Chabert, aquel personaje de Honoré de Balzac, al regresar a Francia después de la terrible e inútil batalla de Eylau en la que se lo dio por muerto: un mundo sin él, como si hubiera adquirido la condición de extranjero en todos los sitios, incluso en el propio. Días más tarde, mirando desde las ventanas de una cafetería, recordé una frase que ahora no sabría decir a quien pertenece: “He vuelto a mi país, aunque no sé si esta expresión es la correcta”. Y por unos minutos, me quedé pensando en ella mientras veía la gente pasar.

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