La casa de las 48 puertas - LA GACETA Tucumán

La casa de las 48 puertas

En avenida Sarmiento al 1.200 hay un hogar que alberga tesoros de varias generaciones. Vivencias que deja la covid-19, historias familiares y el rol de las antigüedades para reivindicar el pasado.

01 Dic 2020 Por Guadalupe Norte
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MAGIA Y DISEÑO. Mariana Rotundo decoró a mano cada espacio de la casa de sus (múltiples) tías.

Para algunos (pocos) afortunados, la memoria puede permanecer igual de lustrosa que el metal, y ser tan resistente como el bronce. Eso es lo que sintió Mariana Rotundo luego de que su vida dio un pequeño giro con la llegada de la pandemia.

Oriunda de Tucumán, pero desde hace años residente de Buenos Aires, volvió a la provincia para visitar a sus dos hermanos y sobrinos. La idea era aprovechar sus vacaciones y chequear -de paso- el estado de una casa familiar abandonada, ubicada en avenida Sarmiento al 1.200. “A los pocos días arrancó la cuarentena y quedé varada. Así que debí acomodar la vivienda para que sea habitable”, comenta la licenciada en Artes Plásticas.

Especialista en la ambientación de programas de ficción infantiles, Mariana decidió tomar este “tránsito” a modo de experimento creativo. “Pensé que, si no podía estar en mi trabajo armando el decorado de una serie, al menos haría el de esta película que me toca vivir por la covid-19”, explica. Lo que siguió a ese capítulo fue una secuencia infinita de ordenar-desechar-donar (y pintar las paredes con témperas, ante la falta de otro recurso) hasta que por fin ocurrió la magia...

ANIMALES. Una de las piezas está ambientada con dibujos y datos de mamíferos.

Como una cuestión reivindicatoria del pasado, el último paso fue convertir el hogar en una feria. Tres anticuarios (Rodolfo Peralta, Mirta Cabizosu y Julio García) sumaron sus propios tesoros y los shows de jazz en el living -más las copas de champagne gratis para los visitantes- hicieron el resto. Allí el público puede ir a recorrer los ambientes, a comprar lo que más le guste, o sólo a “chusmear”. Sólo hay que hacer una cita o reservación en el Instagram de la Mariana (@tantas.tias).

El árbol genealógico

Además de las reliquias de porcelana, el encanto de la casa es su laberinto de habitaciones que zigzaguean: tiene unos 20 ambientes y -con exactitud- 48 puertas que Mariana recuerda abrir a cada instante para luego ser retada por sus tías. El hogar fue construido alrededor de 1956, cuando apenas la zona estaba marcada por las vías del tren. Al principio, la vivienda (estilo chorizo) perteneció al bisabuelo de Mariana y luego se transformó en dos hogares interconectados.

“Él tuvo ocho hijos, tres de ellos se casaron y cinco quedaron solteros y compartieron el lugar. Cada uno tenía un rol. Mi tía abuela Rosa Rotundo era la que cocinaba y Porota hacía las compras. Después, Bicha se encargaba de las tareas hogareñas y tía Juanita era maestra. Por último, estaba Luis, quien fue en su momento presidente de Canal 10. Cuando murió, pasó a habitar la casa mi tía Chichí (hermana de mi padre y conocida por ser profesora de inglés en el Anglo)”, rememora. Ese árbol genealógico fue el que la llevó a dar con el nombre de su emprendimiento: (suspiros) hay tantas cosas... objetos. (Más suspiros)... “Tantas tías”.

VAJILLA. En varias salas, los platos de cerámica decoran las paredes.

En un roce permanente con las viejas costumbres, lo curioso fue la forma en que Mariana se reencontró con su árbol genealógico. “Por la feria, recibí muchísima información de 'los Rotundo' a través de desconocidos (hijo de un amigo de tal tío/a, etcétera). Y por supuesto, los invité a conversar en persona”, destaca.

Habitación de los relojes

Mientras un piano francés (de 120 años) seduce con sus mudas teclas de marfil, en la primera pieza del recorrido lo que prima es la cantidad de relojes que adornan las paredes.

Junto a ellos hay platos de diferentes tamaños que se mezclan a la perfección con óleos de toreros y floreros pasteles.

El resto del escenario se completa con poncheras, lámparas de querubines, perfumeros y tocadiscos. ¿Lo curioso? Un juntapuchos que parece sartén. ¿Y lo tétrico? un cochecito vintage con su muñeco -tamaño grande- desmembrado.

La idea de esta propuesta no es un desarraigo fugaz de pertenencias. Al contrario, el valor es el homenaje hacia aquellos que ya no están. “La mejor forma de celebrar la memoria de ellos es compartiendo y resignificando sus objetos. Haciendo que las cosas circulen y cuenten una historia de manera silenciosa. Muchos compradores empatizan con las anécdotas que cuento y recuerdan a sus propias madres/abuelas/tías. Lo mejor es recibir otras memorias a cambio, pero hay bastante peso en cerrar la historia de una familia de más de 100 años”, recalca.

El pasillo antigravedad

En el pasillo, los ojos de piedra roja que nos devuelven la mirada desde un reloj cucú incitan al letargo. Su color madera, sumado a cuatro butacones oscuros y abalorios victorianos dan la sensación de un eterno letargo.

Lo llamativo son los libros que permanecen con las hojas colgando en vertical y pegados a la pared como si fuera el más casual de los empapelados. ¿Qué tan viejos son los textos? Basta con decir que en los titulares la industria frigorífica sería nuestra salvación nacional.

Cocina “pop”

Junto a la feria, Mariana decidió prestar su espacio para reuniones con amigos, cumpleaños o eventos (ya van más de 20). Un concepto al que apodó el “té de señoras” y permite que uses la vajilla antiquísima de sus parientes mientras degustás bombitas de crema y charlas en cómodos sillones de estilo francés.

Una estética tan fina y señorial que, al girar hacia la cocina, el arte pop nos pega una cachetada. Allí, el estampado de las paredes son huevos fritos con fondos rosas y paltas con verde que ilustran hasta la heladera.

Fauna, Mozart y trotamundos

Al subir las escaleras caracol, el primer piso se abre a cuatro piezas signadas por su personalidad. Por un lado está la “habitación de los mamíferos”, llena de ilustraciones de osos perezosos, jabalíes, delfines y tapires. Cada hoja (arrancadas de un libro) incluye sus costumbres y régimen alimenticio. Por último, un estante rinconero completa la inspiración “fauna” con varias figuras de animalitos: tres elefantes, una ardilla, un sabueso y Lassie.

Después de atravesar el pasillo (recubierto de partituras musicales, dibujos y marcos dorados) se llega a la habitación “mapamundi”. El claro ejemplo de que aún con el coronavirus podemos visitar locaciones fantásticas (es el poder de la visualización). La ambientación muestra el trazado de rutas, postales y guías turistas de Reino Unido.

“Al acomodar encontré mapas de todos los países a los que viajó mi tía, y me pareció maravilloso ver esos souvenirs de un recorrido por el mundo. Además, me sentí identificada porque tengo una cajita igual y no sabía que ella había hecho lo mismo hace 50 años. Son esas cosas que decís: ahora entiendo de dónde vengo”, reflexiona Mariana. También hay algunos detalles del continente asiático, como dos lámparas con una pareja china  y pantallas con bosquejos de la Dinastia Jin.

El estudio

La tercera puerta lleva hacia lo que fue un estudio. Dentro, una biblioteca se eleva de un extremo al otro de la pared y ofrece desde manuales de estudio y ensayos sobre “Economía & radicalismo” a cuentos y diccionarios de inglés. Dos de los estantes corresponden a una videoteca con decenas de VHS. Los títulos abarcan consejos de kamasutra, pelis pochocleras (en una de las tapas Cher goza de su juventud) y clásicos de mafiosos.

Hay por igual álbumes con discos de pasta, máquinas de escribir, teodolitos y estampillas a granel. “Uno de los valores que me transmitieron fue el de la educación y el conocimiento para alcanzar la libertad. Por eso, se me hace imposible vender estos libros (son, fácil, más de 500) y en su lugar prefiero donarlos o regalarlos”, explica.

Cuando Mariana regrese a Buenos Aires la casa quedará de nuevo deshabitada y sin la mayoría de las antigüedades para venderla en algún momento. ¿Qué hará el futuro con el pasado? Es el episodio siguiente de su historia con la pandemia.

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