Agua: Tucumán está al borde de la emergencia

En contra del imaginario social, vivimos en una provincia semiárida, según expertos. Iniciamos un ciclo de sequías. Problemas de largo plazo. Cuidados

Si el hombre es un gesto/el agua es la historia.
Si el hombre es un pueblo/ el agua es el mundo. (...)
Si el hombre está vivo/el agua es la vida. (...)
Cuídala/ como cuida ella de ti.

Quizás si el pedido a los tucumanos fuera tan gráfico y tan poético como este de Joan Manuel Serrat, le haríamos un poco más de caso. Quizás... Lo cierto es que sin agua la vida en la Tierra es imposible. Y, aunque tres cuartas partes del planeta sean agua, el 97% de ella es salada; y del 2,5% restante, sólo el 0,4% está al alcance de los seres humanos. Hemos naturalizado la ilusión de la perpetua disponibilidad de agua; pero es una ilusión siniestra. Y no hablamos del África subsahariana.

“Hace falta reflexión urgente en Tucumán; estamos al borde de una emergencia por escasez de recurso hídrico. Ha sido un año difícil por la sequía y se requiere más que nunca el uso racional del agua, que es un recurso estratégico pero escaso, y sin embargo se lo descuida”, advirtió ayer a LA GACETA el ingeniero Alfredo Montalván, secretario de Medioambiente de la Provincia. Reconoce que está preocupado: “hay un concepto errado sobre Tucumán. Como hay zonas que se inundan, se cree que el agua sobra. Pero, no -aseguró-: es una provincia semiárida con elevada estacionalidad climática”.

“Esto significa que tenemos históricamente excesos hídricos en verano (temporales), pero se combinan con inviernos y primaveras secos -explica el agrimensor Carlos Giobellina, que además de subsecretario de Recursos Hídricos es docente en la UNT-. Y, en el largo plazo, hay ciclos: hemos salido de años húmedos e iniciamos un ciclo de años secos; la disponibilidad de agua en la cuenca puede ser menor en los próximos años”.

“Y es nuestro deber cuidarla, porque es un derecho humano, y si seguimos así no podremos asegurar su cumplimiento”, añade tajante, y explica que los períodos de sequía e inundación se acercan cada vez más entre sí, y su vez son fenómenos cada vez más extremos.

“Esa variabilidad meteorológica es una de las externalidades del cambio climático. Será parte de nuestra ‘nueva normalidad’”, agrega, tan preocupado como Montalván, quien remata: “todo indica que el verano será -en términos de precipitaciones- malo, muy malo; lo que no quita alguna lluvia muy intensa ni que algún sector de la provincia sufra inundaciones”. Dicho de otro modo: una suerte de montaña rusa entre la falta y el exceso. El problema es que en el imaginario social sólo se hace presente el exceso.

Una enfermedad crónica

“Por terrible que sea (y lo es), la inundación genera alerta; el agua llega a la rodilla, a la cintura. Es como un infarto; puede demorar, pero el sistema reacciona -compara Montalván-. La sequía, en cambio, es como las enfermedades silenciosas. Para cuando la gente se entera de qué pasa, el daño está hecho”. “Por eso -agrega- urge enfrentar el desafío y hacernos cargo, todos: es clave el uso sustentable del agua y de las energías”.

“Ese uso debe ser sustentable y racional siempre”, agrega Giobellina, pero, explica, en tiempos como los que vivimos (“y seguiremos viviendo, según pronósticos y estadísticas”), con el recurso restringido se disparan otros mecanismos y se ponen en juego las prioridades.

“Y, por supuesto, el primer lugar lo ocupa el consumo humano, que ya está teniendo problemas -resalta-. Por ejemplo: la zona oeste del Gran San Miguel de Tucumán ya está en una suerte de emergencia, porque depende acuíferos subterráneos. Y es un crimen que mientras en La Rinconada sólo hay agua unas horas en la madrugada, en las cercanías de los pozos la gente esté regando el pasto de su jardín”. “Es un crimen -insiste- porque entran en conflicto el interés personal y el interés general, y hay ciudadanos que sufren la carestía de agua por estar en la cola de la red de distribución”.

Y la situación es más grave para familias que no tienen un tanque para almacenar el agua cuando sí llega.

Pasar a la acción

Todos podemos hacer algo. Hay responsabilidad del Estado, de las empresas, de los usuarios comunes del servicio...

Estos somos nosotros: ¿qué podemos hacer? Pensar que, según datos del Banco Interamericano de Desarrollo, el típico consumo en un hogar insume -por minuto- en una ducha, 9 litros; lavando platos, 15 litros; lavándonos los dientes, 7 litros. Pensar... y actuar en consecuencia.

Qué podemos hacer

- Cerrar el grifo mientras nos lavamos los dientes, nos jabonamos en la ducha, lavamos los platos, etc. 

- Controlar que ningún caño pierda agua; tampoco el tanque del inodoro.

- Al lavar frutas y verduras, poner debajo un recipiente, recoger el agua y aprovecharla para riego.

- No usar baldazos ni mangueras para limpiar pisos y veredas, sino trapo mojado.

- Remojar platos, ollas y sartenes unos minutos antes de lavarlas ayuda a usar menos agua.

- Usar lavarropas y lavavajillas con cargas completas, nunca semivacíos.

- Regar cuando se haya ido el sol; así se evita evaporación y el riego es más eficiente.

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