¿San Martín, Rosas, Perón? Una construcción historiográfica

El “revisionismo histórico” acuñó hace décadas una tríada que, invocando a un San Martín prêt-à-porter, lo unía en una secuencia histórica con Rosas y Perón. La historiografía mediática en boga hoy se aferra a ese tridente, supuesto resumen de un campo nacional de esencia popular.

21 Agosto 2020

Por Ricardo de Titto

PARA LA GACETA / BUENOS AIRES

Hacia 1816 a 1822 –años de gloria de San Martín– la Argentina no existía. Sí, hasta 1820, guardaron vigencia las Provincias Unidas del Río de la Plata (con representación altoperuana) como la Liga de los Pueblos Libres (incluyendo al actual Uruguay) y el Paraguay. Pero, así como al iniciar su campaña libertadora la Argentina no era tal, tampoco San Martín la vio jamás consumada: falleció dos años antes de nuestra primera Constitución como Estado nacional. Para ser exactos, por lo tanto, no corresponde que nos lo apropiemos y tampoco, en rigor, adosarle el título de “argentino”, aunque por supuesto, es parte sustancial de nuestra historia.

Pero ceñirlo a gloria nacional es forzado… ¿Acaso porque nació en Yapeyú, en la actual Corrientes?; ¿tal vez porque tenía tez “té con leche”, como arriesgan los antropólogos?, ¿o porque su gran ejército se forjó en Mendoza? Es evidencia, sin embargo, que completó su formación en la España borbónica –desde los 6 hasta los 34 años– y tras diez años de actuación en América –entre marzo de 1812 y fines de 1822–, retornó a Europa donde falleció tras 27 años de exilio. Más aún; durante poco más de un año gobernó el Perú –entre el 3 de agosto de 1821 y el 20 de septiembre de 1822– mientras que, en la actual Argentina, su único mando político ejecutivo fue como gobernador de la Intendencia de Cuyo, entre el 10 de agosto de 1814 y el 24 de septiembre de 1816.

Más precisiones odiosas: en nuestro actual territorio libró un solo combate, el de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, lucha en el que estuvo al mando de 175 hombres, con un costo para los nuestros de 16 muertos y 22 heridos –un 25 por ciento de la fuerza– en los escasos 15 minutos que duró el enfrentamiento. Sus grandes batallas –Chacabuco y Maipú-- las desplegó en Chile; y también allí su principal derrota.

De allí que es preciso dar su verdadera dimensión a la enorme figura del Gran Capitán: loado en el Perú y controversial en Chile, fue convertido –digámoslo, contra su voluntad, casi forzadamente- en “Padre de la Patria” argentina. A ello confluyeron el especial impulso original de Bartolomé Mitre, la “restauración nacionalista” apañada por Lugones, Ricardo Rojas y motorizada por el presidente Justo y, con todo cuidado, impulsada por Juan Perón, que en 1950, estableció por ley que toda cosa que se publicara debía inscribir obligadamente el lema de “Año del Centenario del General San Martín”. Una decisión de tal carácter no se tomaba desde los tiempos de Rosas –más de cien años antes-- cuando hasta toda mínima esquela oficial debía rotularse con el infaltable “Mueran los salvajes unitarios”.

Tres presidentes de formación castrense –con sus respectivas motivaciones-- construyeron así un héroe épico ligado a la gesta militar. En efecto, admirado en toda América y, como estratega, estudiado y valorado en todo el mundo, los argentinos debemos sentir el sano orgullo de que aquella osada epopeya que liberó al Cono Sur del yugo español haya tenido a las Provincias Unidas como su original retaguardia. También, que sus hombres reclutados sobre todo entre esclavos y criollos en la infantería y con una distinguida oficialidad “blanca” en la caballería, nutrieran la causa americana. Pero ello mismo nos llama a no perder de vista jamás que nuestro Gran Jefe fue, ante todo, un Libertador de América.

Un sable obsequiado para expresar la solidaridad contra la agresión anglofrancesa hizo el resto: los mentores de esa trilogía ejemplar, a fin de sostenerla, ocultaron ex profeso que el Libertador aborrecía del federalismo: “Me muero cada vez que oigo hablar de Federación”, escribió una vez. Tiempo después refrendó: “El genio del mal os ha inspirado el delirio de la fede¬ración: esta palabra está llena de muerte, y no significa sino ruina y devastación”. Apuntamos estas citas al solo efecto de señalar la inconsistencia de ciertas construcciones y no porque queramos impugnar las convicciones monárquicas y unitarias del Libertador que en nada le restan mérito.

Por fin, un caro profesor cordobés solía repetir que el nuestro era un país “monoprocérico”: el único “intocable” era San Martín. Quizás haya ahí una marca cultural, que se preocupó en instituir como “Padre de la Patria” a un General. ¿Hay acaso allí toda una impronta argentina para ubicar al Ejército nacional como reserva moral de la patria y las instituciones? Tal vez así sea.

© LA GACETA

Ricardo de Titto – Historiador y editor.

Comentarios