Somos de cartón

07 Ago 2020 Por Guillermo Monti
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20 de octubre de 2014. Título: “En Tucumán enyesaron a una anciana con cajas de cartón”. Sumario: sucedió en el hospital Centro de Salud y se debe a la falta de insumos.

23 de septiembre de 2019. Título: “Nuevamente se vendió en Tucumán el cartón ganador del Telekino”. Sumario: el premio consiste en 9 millones de pesos, una camioneta, un viaje a Punta Cana y un crucero por el Caribe.

5 diciembre de 2019. Título: “Horror en Tucumán: encontraron un bebé muerto en una caja de cartón”. Sumario: tendría entre 28 y 30 semanas de gestación. Lo hallaron a la orilla del río Tipas.

10 de junio de 2020. Título: “Un camión que salió de Tucumán llevaba $ 12 millones en cajas de cartón”. Sumario: lo interceptó Gendarmería en Santiago del Estero.

16 de julio de 2020. Título: “Trataron de robar un comercio tapándose con una caja de cartón”. Sumario: los ladrones no consiguieron derribar el enrejado en Mendoza al 300.

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A las cajas de cartón las patentó un tal Robert Gair a fines del siglo XIX, pero se sabe que los chinos ya las empleaban desde muchísimo antes. Lógico, el cartón es más barato y más liviano que la madera. “El cartón ondulado es uno de los envases y embalajes más utilizados en el mundo para agrupar, almacenar, transportar, exponer y vender productos de consumo”, celebra en su blog Kartox, una de las innumerables firmas que desde la web le hincan el diente a un mercado multimillonario. Los seres humanos, hasta aquí, no figuran en la lista de “productos de consumo”. Pero estamos en Tucumán.

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12 de diciembre de 2019. Título: “Incidentes durante la protesta de cartoneros en la Municipalidad”. Sumario: reclamaban al intendente Alfaro los malos tratos que sufren en la calle.

No existe un registro preciso sobre la cantidad de tucumanos vinculados, directa o indirectamente, con el cartón como elemento esencial de su vida. Sí forman parte del paisaje urbano quienes lo recogen, reciclan y venden, una enorme fuerza laboral condenada a la informalidad y dependiente del cartón para parar la olla. A los cartoneros -como a todos los trabajadores “en negro”- la cuarentena los colocó en un agustioso limbo. Los rescató la flexibilización y ahí están, a la vista de todos e invisibilizados al mismo tiempo por ojos que se resisten a aceptarlos. La calle es su obligado lugar y eso los deja a merced del coronavirus. El artículo citado detalla una de las tantas realidades que los cartoneros padecen: el maltrato por parte de las autoridades, en ese caso de agentes municipales.

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Todos estos calificativos se consignaron a propósito del caso de Cristian Herrera: indignante, escandaloso, inaudito, insólito, atroz, increíble, inconcebible, humillante. Hubo más. La caja de cartón con forma de ataúd, destinada a cobijar esa vida joven que se apagó en La Costanera, dio la vuelta al país y trascendió las fronteras. Lo que sobra en estas situaciones es la rapidez para encontrar adjetivos, directamente proporcional a la lentitud para ofrecer respuestas. Es más fácil horrorizarse por una caja de cartón que por la realidad social de La Costanera. Como si el cartón fuera la causa y no el efecto del sufrimiento.

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“Es de cartón”, suele señalarse a lo improvisado, a lo efímero, a lo engañoso. Toda la nobleza que pueda proporcionar el material pierde en la comparación con lo sólido, con lo duradero. Se dice que una persona es “acartonada” cuando finge posturas -físicas e intelectuales- alejadas de su verdadera naturaleza. Un político acartonado esgrime un certificado de vencimiento porque lo que se exige es justamente lo contrario: espontaneidad, cercanía, frescura.

El cartón suena ordinario y prescindible, como si fuera un símbolo de lo precario. “Los edificios modernos son máquinas de cartón: mecánicas, amaneradas, artificiales, sin alma”, sostenía el célebre arquitecto Frank Lloyd Wright. Hasta la poesía lo castigó: “parecen, cuando giran en sombrías refriegas, rígidos paladines con bardas de cartón”, escribió Rimbaud. Un caballo con una barda de cartón -los buenos arneses son de hierro- representa una caricatura de sí mismo.

Al ataúd de cartón este universo simbólico lo expone en su triste e insultante condición.

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Entonces los legisladores se indignan y votan (sin debatir) su repudio al episodio, mientras los funcionarios prometen demandar a la empresa prestataria del servicio -llamada La Nueva- porque cambió madera por cartón. Todos están descolocados, furiosos al verse obligados a disputar una carrera que perdieron antes de la largada. Hay mucha gente oscureciendo en el afán por aclarar. Discursos de cartón, podría afirmarse.

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Cuidado con los ídolos de cartón, susurran los advertidos, los desengañados, los que se quemaron con leche y lloran en la puerta del tambo. También se los conoce como ídolos con pie de barro. Figuras pintarrajeadas y refulgentes que por dentro lucen tan vacías como una caja de cartón. Ídolos consagrados en el arte de la finta pero que jamás anotaron un gol. Traficantes de mentiras, disfrazados de empresarios capaces de mandar un ataúd de cartón en lugar de uno de madera. Total, son pobres. Si pasa, pasa.

Cuidado con las máscaras de cartón, puede agregarse. Con las sobreactuaciones, con el aprovechamiento del tema (porque todo suma en la arena política de los miserables, lo que no hace miserable a la arena política). Máscaras que duran poco (porque son de cartón, ¿no?), por lo general hasta que alguna novedad coloca las cosas en un segundo plano.

A los funcionarios, en este caso del Ministerio de Desarrollo Social, les toca sacarse la máscara y poner la cara, más que ante la sociedad, frente a la familia de Cristian Herrera. Y, si no es mucha molestia, ocuparse de controlar qué clase de compañías le brindan servicios al Estado. Para todo, de uno u otro modo, no deja de ser demasiado tarde. Inservible como cartón mojado.

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Hay un Tucumán de cartón, como hay una Argentina de cartón. Para quienes viven y duermen en la calle el cartón es abrigo. En los asentamientos, las viviendas son collages de chapa y cartón, a la espera del milagro del ladrillo. Quedó asentado el día a día de los laburantes del cartón. El cartón proporciona trabajo y forma parte del ciclo virtuoso de la producción.

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30 de junio de 2020. Título: “Ataúdes de cartón contra la falta de recursos en América Latina”. Sumario: son baratos y ecológicos, pero los fabricantes chocan contra los prejuicios culturales.

Copete del artículo publicado en el diario español El País: “cuando el coronavirus desbordó Guayaquil y los muertos yacían en las calles, los ataúdes de madera fueron reemplazados por otros de cartón. En Perú, una fábrica de corrugados vendió un millar a dos cementerios privados, aunque en ese país prefieren los de melamina. En Chile, las autoridades los prohibieron porque violan las normas locales. Un fabricante de Argentina se queja de que los gobiernos temen ‘al que dirán’ y se resisten a resolver el problema de los entierros de forma ‘económica y sustentable’. Los ataúdes de cartón son hasta tres veces más baratos que los de madera, se producen en serie y no contaminan, pero chocan con las imposiciones del rito de la muerte”.

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El ataúd de cartón que enviaron para Cristian Herrera no era “sustentable” ni abría discusiones antropológicas. Era una caja vergonzosamente disimulada por un envoltorio de telas. Lo advirtieron los empleados del Cementerio del Norte. “No se puede traer un ser humano así”, le dijeron a Yenifer, hermana de Cristian. Valga la aclaración ante la presumible defensa del ataúd de cartón como futuro “servicio” para quienes viven tan al borde del sistema que sólo pueden enterrar a sus muertos con la ayuda del Estado.

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Lo que nos lleva sacar el foco del ataúd de cartón para iluminar a Cristian Herrera, a su familia y a los vecinos de un barrio que de tan castigado mira al coronavirus como una calamidad más, no la única ni la última. Horrible metáfora la del ataúd de cartón, indeseable, de pésimo gusto. Pero inevitable en tanto fue escrita con trazo tan grueso como real. El protagonista no es el cartón, son Cristian Herrera y su historia.

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De tanto echarle la culpa al ataúd de cartón se pierde la oportunidad de mirar un poco para adentro. ¿No será que somos todos -poco o mucho- de cartón y que el episodio, tan desagradable, no hizo más que desnudarnos frente al espejo? Pero no del cartón firme y de buena calidad, sino de ese de segunda mano que podría servir, por ejemplo, para confeccionar un ataúd y mandarlo a La Costanera. “Yo soy un arabesco de marquetería; hay trozos de marfil, de oro y de hierro; los hay de cartón pintado; los hay de diamante; los hay de hojalata”, sostenía Flaubert. Pareciera que estaba pensando en Tucumán.

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