“Petete”, el dueño de una zurda mágica

Hernández, uno de los futbolistas más talentosos que dio esta tierra, repasó una carrera gigante.

27 Jul 2020 Por Miguel Eduardo Décima
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AYER Y HOY. Daniel Hernández, con la 10, en el “Decano” en la temporada 93/94, y con sus familiares, en la actualidad.

Fue uno de los jugadores más talentosos que dio el fútbol tucumano en las últimas cinco décadas. Forma parte de una familia que desde su niñez le inculcó su pasión por el fútbol. Era aún muy pequeño cuando Daniel Aníbal Hernández empezó a corretear en los campitos de Villa 9 de Julio detrás la N° 5, controlado desde muy cerca por su papá, José Agustín, el popular “Víbora”, un delantero que supo mostrar su capacidad goleadora en Tucumán Central en la década del 60.

“Petete”, hermano de Pedro (que jugó varios años en Central Norte) y tío de Pedro Pablo (el ahora jugador de Independiente), repasó su rica trayectoria deportiva de 20 años, que tuvo hechos relevantes.

- ¿Qué hay de tus comienzos?

- Empecé en los torneos de mi barrio. A los 15 años me llevaron a probar en Independiente de Avellaneda, en lo que fue mi primera salida lejos de mi familia. Me fue muy bien, y a los pocos días de mi llegada, me llevaron a vivir en una casa de Barracas, que era propiedad del club. Estuve allí sólo seis meses, entre enero y julio de 1985. Como me costó mucho superar el desarraigo, un día armé el bolso y me volví a Tucumán.

- ¿Y a tu regreso que pasó?

- A comienzos de 1986, Carlos Romano, que estaba trabajando en las inferiores de Atlético Concepción, me llevó a Banda del Río Salí. Yo estaba en las inferiores de los “Leones” en el año en el que eliminan a San Martín y se clasifican para jugar en la Primera B Nacional.

- ¿Cómo fue tu debut en Primera?

- Fue en 1987, cuando Hugo Manuel García, que era el técnico, me citó para integrar el plantel superior. En ese tiempo, tuve de compañeros a Jorge López, Alpidio Elizeche, Walter Villafañe, Jorge Fanjul y Miguel Jerez, entre otros. Lo hice en el torneo de la Liga, pues como no estaba en la lista de buena fe, García no me podía utilizar en la B Nacional.

- En 1987, fuiste citado a la Selección juvenil argentina. ¿Cómo se produjo eso?

- Carlos Pachamé, que era el técnico de los juveniles, vino a Tucumán a observar jugadores de 17 y 18 años con la intención de conformar el plantel argentino que intervendría en torneo “Juventudes de América” que se jugó en nuestro país. Luego de varios días de observación finalmente seleccionó a Fabián Salomón, Martín Villa, Ricardo Solbes y a mí.

- ¿Y luego qué pasó?

- Viajábamos los lunes a Buenos Aires para practicar en el predio de la AFA en Ezeiza y volvíamos los viernes a la noche para jugar en nuestros clubes durante el fin de semana. Había muchos chicos del interior del país. Como era una preselección, el día que Pachamé tuvo que hacer el corte, dejó afuera a Villa y a Salomón. Con Solbes integramos aquel plantel que en marzo de 1988 representó al país en el certamen que ganó Brasil; segundo fue Colombia y tercero nosotros.

HOY. Daniel Hernández, con sus familiares, en la actualidad.

- ¿Y luego cómo siguió tu carrera?

- Antes de volver a Tucumán, me hablaron los directivos de Independiente, a través de su presidente, Pedro Iso, que me quería tener en el club. Finalmente me fui a jugar a préstamo por un año y medio. Solbes también se quedó allí.

- Pero hubo más con la Selección...

- Sí, pero en febrero de 1989, en una gira que hicimos por Estados Unidos, me rompí los meniscos de la rodilla derecha y estuve parado un buen tiempo. En la temporada 88/89 Independiente fue campeón y pude jugar dos partidos.

- ¿Por qué no seguiste en Independiente?

- Cuando se cumplió el plazo del préstamo, los directivos de Independiente consideraron que era excesivo el monto de 130.000 dólares que Atlético Concepción pedía por mi pase definitivo. Ellos ofrecieron 75.000 dólares y finalmente no hubo acuerdo. Esta determinación de los dirigentes de no bajar mi cotización me disgustó demasiado. A mi vuelta a Tucumán, me quedé tres meses sin ir a practicar. Luego llegué a un acuerdo en lo económico e integré el plantel que salió campeón liguista.

- ¿Cómo se produjo tu paso por el fútbol boliviano?

- Juan César Silva, que jugó en Atlético y era empresario, me llevó a jugar a préstamo a Bolívar, club que luego me compró el pase por 75.000 dólares, el mismo monto por el que un año antes no me quisieron vender a Independiente. Allí estuve tres temporadas y pude jugar tres Copas Libertadores.

- ¿Cuándo se produjo tu vuelta al país?

- Fue en abril de 1993. Es que en ese tiempo ya quería pegar la vuelta y, por suerte, los directivos de Atlético acordaron un préstamo con Bolívar y pude sumarme al plantel que primero dirigía Jorge Ginarte y luego Ángel Guerrero.

- ¿Qué significó Atlético en tu carrera?

- Siempre voy a estar agradecido por lo que viví en ese club, porque me permitió volver a jugar en mi país. Tuve dos ciclos en el club, el primero fue en la temporada 93/94, cuando teníamos un equipazo con jugadores como Guido Aballay, Facundo Gareca, Francisco Pacheco, Jorge Jerez, Néstor Sosa, Walter Jiménez y “Buly” Suárez. Terminamos siendo eliminados por San Martín, en una serie en la que habíamos hecho sobrados méritos para seguir en el certamen. Luego volví a jugar en la temporada 2001/02.

- ¿Cómo se produjo tu llegada a San Martín?

- Tras cumplirse mi préstamo, estaba preparado para seguir en Atlético, porque descontaba que me iba a comprar el pase definitivo que estaba tasado en 130.000 dólares. Pero nada de eso pasó. Los directivos tenían hasta 10 días hábiles para hacer uso de la opción, pero nadie se comunicó con la gente de Bolívar. Cuando esa cláusula quedó sin efecto, Luis Garretón, que era el presidente de San Martín, arregló con Bolívar y pasé a jugar en San Martín. En ese tiempo, el técnico era Horacio Bongiovani.

- Jugaste en los dos grandes de la provincia. ¿Qué diferencia encontrás entre uno y otro?

- En primer lugar, haber tenido la posibilidad de jugar en ambos clubes fue una de las mayores satisfacciones que tuve a lo largo de mi carrera. Creo que el hincha de Atlético es, como se dice, “de paladar negro”, porque le gusta que sus futbolistas prioricen el buen fútbol. Mientras que el simpatizante del “Santo” es más pasional; le encanta que sus jugadores dejen hasta la última gota de sudor dentro del campo. Las dos hinchadas son incomparables y por eso se ganaron el respeto de gran parte de la Argentina.

- ¿Y ahora qué hacés?

- Estoy trabajando como periodista radial en FM 91.9. El programa se denomina “Fortín Deportivo”. Es algo que me encanta realizar y que hago desde hace 10 años por iniciativa de Mauricio Salvador, un amigo que me dio esta nueva profesión.

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