Polémicos mitos que quedaron en la historia de Tucumán

Última parte.

PURA CÁBALAS. Los monterizos le piden a Sixto Ibáñez que los ayude a ganar la Quiniela desde que hizo saltar la banca con su muerte. PURA CÁBALAS. Los monterizos le piden a Sixto Ibáñez que los ayude a ganar la Quiniela desde que hizo saltar la banca con su muerte.

Casi no hay gente en el cementerio del Norte en una mañana fría de julio. El empleado municipal cuenta que cada vez menos tucumanos le rindan culto a Andrés “El Manco” Bazán Frías, quizás el bandido cuyo mito fue el más difundido, tanto que diferentes cineastas inspiraron en él sus creaciones. “Vengo a pedirle protección. En Villa 9 de Julio hay muchos hechos de inseguridad y un vecino me dijo que él, si le rezaba, te daba una mano”, explicó Marco Ferreyra, un obrero de la construcción al que tres veces le robaron motocicletas. “Desde que vengo una vez al mes, estoy mucho más tranquilo y a mi familia tampoco le pasó nada”, explicó con tono firme , para que sus palabras sonaran convincentes.

Parece insólito, pero no lo es. A Mariano Córdoba, que fue acribillado por policías cuando estaba indefenso, también lo catalogaron como un peligroso asesino. Pero a su tumba ubicada en el cementerio de Aguilares concurren decenas de padres para pedirle ayuda. “Él era un buen hombre, siempre le daba una mano a los pobres. Con el tiempo comenzó a correr la versión de que corregía a los chicos que se portaban mal”, explicó Juan de la Cruz Medina. “Entonces empezó a venir gente a pedir que los ayude a corregir a sus hijos y después a pedirles que los hagan aprobar una materia de la facultad o que los hagan pasar de grado”, agregó. Los devotos dejaban, como ofrenda, látigos, taleros, cuadernos y apuntes.

DESESPERADO PEDIDO. En la tumba de Mariano Córdoba los padres dejan látigos como ofrenda para que sus hijos cambien de conducta. DESESPERADO PEDIDO. En la tumba de Mariano Córdoba los padres dejan látigos como ofrenda para que sus hijos cambien de conducta.

¿Un bandido rural es un ejemplo para corregir la conducta de una persona? Para la creencia popular, sí. Y hay más todavía. Juan Sixtino Ibáñez había sido condenado a reclusión perpetua por haber cometido un aberrante hecho. Junto con dos cómplices asaltó un almacén de ramos generales en Bella Vista. Mientras cometían el atraco, la hija de tres años de la víctima lloraba de espanto. El delincuente ordenó que la llevaran del lugar. La violaron y después la mataron en un cañaveral. El delincuente se escapó del penal de Villa Urquiza y fue encontrado sin vida el 2 de noviembre de 1967. Según las estimaciones de la Policía, se habría quitado la vida el 31 de octubre al sentirse acorralado por los casi 200 policías que lo buscaban en toda la provincia.

“Entre la gente corrió la voz de que lo había despeñado un policía amigo suyo mientras estaba dormido. Esa mañana llovió. Centenares de personas salieron a los caminos y a la ruta 38 para ver pasar la camioneta que transportó hasta Monteros el cuerpo de Ibáñez”, escribió en LA GACETA el periodista Arturo Álvarez Sosa en una serie de notas sobre los mitos y supersticiones que existían en la provincia en marzo de 1969. “El desfile de vecinos por la comisaría, en cuyo patio fue puesto en exhibición para escarmiento, no fue menos impresionante. Pero, cosa rara, ocurrió al revés: el asesino (en cuyos bolsillos se hallaron dos medallitas del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de la Merced) comenzó a ser venerado al día siguiente, primero como una víctima de la policía primero, y luego, como ánima milagrosa”, consigna una de las crónicas.


Bases

Los bandidos rurales se hicieron populares por dos razones. Ellos representaban a la sufrida clase trabajadora de diferentes épocas que se negaba a los atropellos que venían de la mano del llamado “progreso”. Pero también eran hombres a los que se les reconocía ciertos favores. A Juan Uñates le adjudicaban que hacía milagros encontrando los animales perdidos de los trabajadores rurales; y a Córdoba y a Ramón “El Gauchito” Reynoso por robar y repartir el botín entre los pobres, pese que ellos nacieron, crecieron y murieron sin una moneda. Es más, fueron abatidos en casas que no eran suyas, porque la clandestinidad los llevó a tener una vida errante.

OTRO EJEMPLO. Juan Uñates, el benefactor de Arcadia. OTRO EJEMPLO. Juan Uñates, el benefactor de Arcadia.

El de Ibáñez fue un caso insólito. Pasó a ser venerado por una cuestión del azar. Los cabuleros de Monteros, a los 14 días de su muerte jugaron ese número porque estaba sepultado en la tumba 114 del cementerio de esa localidad. Y pasó lo que tenía que pasar: saltó la banca en la quiniela de la provincia. “Esa fue la chispa que volcó todo el fervor de la superstición monteriza hacia el ánima del asesino. Ahora, los lunes, la gente se agolpa ante la miserable tumba y arroja monedas en los tarros allí dispuestos especialmente para las ofrendas: ‘si le das una chirola al Sixto -dicen en esta ciudad- te la devolverá con creces, multiplicada en ciento”, escribió Álvarez Sosa en un artículo.

El historiador Agustín Haro, que estudió la vida de todos estos bandidos, también relató las circunstancias por las que Bazán Frías se transformó en un mito. “Cuenta la leyenda que ‘El Manco’, intentó saltar el muro del cementerio del Oeste en el lugar donde estaba la tumba de Domingo Saldaño, el policía que murió cuando se fugó de la cárcel en 1923. Dicen que quedó paralizado, inmovilizado y eso permitió que los uniformados lo hirieran mortalmente. Recibió el disparo en la cabeza, a la par de su oreja izquierda, el mismo lugar donde ingresó el proyectil que acabó con la vida de Saldaño”, relató.

“Meses después, cuando se conmemoraba el Día de Todos los Fieles Difuntos, la madre de Bazán Frías, Aurora Frías, fue descubierta por la prensa en la tumba de su hijo. Ella era la que recibía todas las donaciones y organizaba a los devotos que concurrían al cementerio a pedir ayuda”, agregó.


Muertes trágicas

Todos los bandoleros que aparecieron en estas crónicas fallecieron en manos de la Policía. Salvo el caso de Bazán Frías, fueron casos muy cuestionados por el accionar de los efectivos. El monterizo Ibáñez era el único que había recibido una dura condena por parte de la Justicia. Los demás fueron acusados de delitos, pero nunca se les llegó a comprobar ninguno de ellos. En esa época, la fuerza del orden se especializaba en acumular causas utilizando una herramienta totalmente ilegal: la portación de apellido.

Otro detalle: sus muertes fueron utilizadas por las autoridades para enviar un mensaje ejemplificador a todos los miembros de la comunidad donde los apreciaban. Por eso, no tenían problemas en exhibir sus cuerpos semidesnudos y ensangrentados en espacios públicos, como las comisarías, o llevarlos al descubierto para que todos los vieran. También había otra manera de tratar de aleccionar a las personas que soñaban con ser como ellos: impedir que sus restos sean velados, una afrenta imperdonable para los sectores populares.

AGUILARES. Una ilustración de Ramón “El Gauchito” Reynoso, una especie de protector de sectores populares. AGUILARES. Una ilustración de Ramón “El Gauchito” Reynoso, una especie de protector de sectores populares.

En la investigación que realizaron Álvarez Sosa y Carlos Páez de la Torre (h) sobre la vida de Bazán Frías, se rescató un discurso valiosísimo. El del juez Gregorio Sandoval, que intervino en la muerte de “El Manco”, ante una buena cantidad de personas que habían concurrido al cementerio para comprobar con sus propios ojos la muerte del célebre bandido, se puso firme y dijo: “este es el fin de todos aquellos hombres que se ponen en contra de su sociedad. De aquellos hombres que, enceguecidos, no quieren reconocer la justicia y el amor de los semejantes”.

Segundo David “Mate Cosido” Peralta, también monterizo, fue uno de los delincuentes más buscados del país durante años, ya que no sólo actuó en estas tierras, sino en diferentes provincias del país, especialmente las que integran el Litoral. Allí atacó a las compañías inglesas que devoraban los montes de quebracho y que pagaban monedas por el ganado. Hasta León Gieco le dedicó unos versos en su clásico “Bandidos” Rurales: “Bandidos rurales, difícil de atraparles; Jinetes rebeldes por vientos salvajes; Bandidos populares, difícil de atraparles; Igual que alambrar estrellas en tierra de nadie”.

Pero su figura no se transformó en motivo de adoración porque nadie sabe cómo ni dónde falleció. No tuvo una muerte trágica o heroica como otros “colegas” suyos, que también ganaron su espacio en el imaginario de los tucumanos. La falta de información también atentó contra la posibilidad de que su nombre se engrandeciera en las crónicas rojas y, por supuesto, ocupara un espacio en el imaginario popular.

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