Autotrasplante: una cirugía inédita para salvarle el riñón a un tucumano

El equipo interdisciplinario, la tecnología y la experiencia del hospital Padilla fueron claves.

02 Jul 2020 Por Claudia Nicolini

Juan Antonio Grassi tiene 34 años; vive con su esposa y el hijo de ambos. El 17 de mayo intentaron robarle la moto y recibió un balazo en el abdomen. Por suerte pudo llegar a la guardia del hospital Padilla.

“Era una herida complicada: dañó el intestino, pero además lesionó el uréter derecho (o sea, el conducto que lleva la orina que se forma en el riñón de ese mismo lado). Y al ser una herida de bala el calor le había producido un daño severo”, explica por videoconferencia a LA GACETA Fernando Gómez Huamani, subjefe de la Unidad de Trasplante Renal del Padilla. Pero no está solo (como la cirugía, la charla fue en equipo); lo acompañan Santiago Villavicencio Fornaciari, jefe del Departamento de Procuración y Trasplante, y Alberto Fernández, jefe del Servicio de Urología del hospital.

“De la guardia me llevaron a quirófano para operarme el intestino -cuenta Juan, desde su casa, también por teléfono, claro-. Pero cuando llevaba una semana y mentalmente me preparaba para el alta, el color del líquido de la sonda empezó a cambiar; al principio era sangre, pero se fue aclarando: ¡era orina! A empezar de nuevo”. “Una semana después de la cirugía del intestino empezaron los síntomas: la colección de orina en el abdomen indicaba el daño en el uréter”, confirma Fernández, y hubo que empezar a tomar decisiones.

“Intentaron solucionarlo con un catéter -agrega Juan-, pero no funcionó. Entonces me dieron las opciones y me dijeron que lo pensara con mi familia”.

El desafío

El objetivo del equipo de salud era salvar el riñón, y terminaron haciendo una cirugía inédita en Tucumán y muy poco frecuente en el país. Los tres médicos insisten, más de un vez, en que habría sido imposible sin el equipo de terapistas (médicos y enfermeros), anestesistas, instrumentadores quirúrgicos especializados... Además de los cirujanos, claro.

“Es una cirugía salvataje y requiere la intervención de mucha gente, tecnología y experiencia”, resume Fernández. No fue sencillo. “Pero sabíamos que estábamos capacitados”, dice orgulloso Villavicencio Fornaciari.

CONDUCTORES. Fernández (Urología), Villavicencio y Gómez Huamani (Trasplantes), y la directora del Padilla, Olga Fernández. foto gentileza de Santiago Villavicencio Fornaciari

Primero tenían que estar seguros de que el estado del paciente permitiría soportar lo que hubiera que hacer. “Lo que hubiera que”, así, en subjuntivo; porque no lo sabrían hasta que estuvieran dentro.

Le describieron a Juan las diferentes posibilidades; él y su familia dieron su consentimiento, y todos se prepararon para el escenario más complejo.

Las opciones

“La idea más sencilla era practicar una anastomosis, es decir, reconectar el uréter lesionado con la vejiga. La más radical, extirpar el riñón (una nefrectomía), que nos parecía una pena, porque sabíamos que el órgano estaba funcionando muy bien”, cuenta Villavicencio Fornaciari.

Pero al abrir se dieron con una “fea”: “al ser herida de bala, los tejidos no sólo se perforan, se queman. El uréter, entonces, no sólo estaba seccionado: el tejido se desarmaba, se había producido una fibrosis (exceso de tejido de cicatrización), y había más de cinco centímetros irrecuperables”, explica Gómez Huamani

Finalmente se decidieron por el escenario más complejo, la opción del autotrasplante. “Era un paciente joven; el órgano estaba sano y, aunque tuviera otro, que funcionaran los dos era importante no sólo a largo plazo sino durante la misma recuperación, para procesar las drogas que se le estaba dando por la infección. Y tirarlo a la basura nos parecía un crimen -relata Villavicencio Fornaciari-. Estaba claro que los beneficios eran mayores que los riesgos. Pero, por supuesto, estos existían”.

La cirugía

El procedimiento implicaba sacar el riñón de su fosa renal, acondicionarlo (en lo que se conoce como cirugía ex-vivo), y colocarlo de nuevo en el cuerpo de Juan, pero en otro lado, concretamente en el abdomen bajo, de modo que quedara más cerca de la vejiga y el uréter alcanzara. “Normalmente mide unos 25 cm, pero habíamos perdido cerca del 20%, así que nos quedaba corto. Y no podíamos utilizar un fragmento de intestino, como puede ser a veces una solución, porque este también había sido dañado con el disparo”, explica Villavicencio Fornaciari. “Pero, además, implica también toda una reconstrucción vascular, que hay que reconectar. Es una zona altamente irrigada y son vasos muy pequeños, así que trabajamos con lupas”, agrega.

“Cuando me advirtieron que el autotrasplante podía llegar a ser necesario, como salida para que no perdiera el riñón, me dijeron que lo colocarían cerca de la ingle”, cuenta Juan. Y bromea: “debe ser más o menos donde tenía el apéndice, que ya me lo habían sacado hace años”.

Siete horas duró la intervención, y después, 15 días en terapia intensiva. Pero Juan tiene los dos riñones funcionando y está en su casa, con la familia.

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