Pareceres: leer, en todo momento y en todo lugar

29 Jun 2020
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LEER PORQUE SÍ. Un placer que no se puede dejar de lado.

Rossana Nofal

Doctora en Letras - Directora de EDUNT

Distancia remota, aislamiento social, home office, take away, protocolos de retorno y la bioseguridad, el sanitizante, el alcohol en gel, el barbijo, el doble calzado, las plataformas, el meet, el zoom, el classroom, el moodle, on line, el pdf, la pantalla, la empecinada voluntad de sobrevivir a lo que no conocemos y apenas imaginamos. La primera fase, la quinta, los runners y la lógica de los cuidados. Vuelta a la casa y a eso que llamamos una misma, comenzó un derrotero tosco de imaginar un mundo de adentro sin el afuera del café en cada esquina.

Empezaron las preguntas, cómo sería la torpe rutina y qué derecho tenía a enfurecerme por la contingencia en una ciudad por momentos abandonada. En diario secreto de encontrarnos, a puerta cerrada de par en par. Es así como en el tiempo de pandemia recuperé una biblioteca olvidada: la propia. Tan lejana, tan extraña y extrañada y sin embargo estaba ahí.

Con obsesivo virtuosismo comencé con la limpieza de los enseres cotidianos. A pesar de que mi oficio tiene que ver con ellos e incluso conforman mi paisaje y habitan mis mochilas, en el tiempo de la pandemia, me reencontré con ese lejano y distante primer amor: el acto de leer porque sí.

Leer en cualquier lado, leer un pedacito, un fragmento, el final sin el comienzo. Leer la paradoja sin el mandato del sentido. Leer en la incertidumbre y leer toda la noche sin el reloj que pone el mundo a andar. Una biblioteca en el cuarto propio para volver a fundar un pacto: ese mundo imaginado donde todo puede comenzar una y otra vez.

Mi modo de lectura se instaló en el encuentro con lo que estaba. Los libros viejos, los que habían quedado en la fila de atrás: indicios con señales de un paraíso recuperado. Volví a leer poesía. La palabra tribal que necesita de otro tiempo y de una escucha ajena. Le puse voz a los poemas más queridos y además los compartí en esas redes que se transformaron en el puente entre los silencios y las ausencias. El afecto construye esa escena visceral y subjetiva que defino como central para responder a la pregunta que me desafía a pensar que fui una lectora sin clase y que me afilié a esa posición en la escuela. Pero la pandemia interpeló ese otro espacio.

Entre el deseo y la resistencia. Cuando leer se transforma en una experiencia amorosa de la intimidad. No hay fórmulas secretas, pero creo que los mundos posibles de la lectura se tramitaron desde esa voz que lee, desde esa mano que acaricia un libro como hallazgo de otro tiempo. Una historia de amor entre los libros compromete el cuerpo y se escribe desde la transmisión de una experiencia de disfrute de la escena para contarla una y otra vez. Los libros que están ahí, en ese rincón recuperado de los recuerdos o en las nuevas bibliotecas que se abren en la pantalla y se mudan a nuestro domicilio más privado. Sin ese gesto vital de apropiación y sin el deseo de la lectura en la contraescena, el objeto libro es una escritura vacía a contrapelo y devenir.

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