¿Amamos Tucumán?

Prejuicios dirigenciales, políticas sometidas, faltas de respeto jurisdiccionales, excesos policiales y una sociedad agrietada que estalla a partir de posiciones irreconciliables nos impiden encontrar coincidencias dignas de disfrutar.

28 Jun 2020 Por Federico Diego van Mameren
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Daba vueltas por su ciudad y veía las caras largas. Le dolían imágenes que se sucedían. La violencia que mostraba los dientes en cada esquina. La mendicidad que se arrastraba hasta encontrar un dintel sobrecogedor. Era su ciudad. Era su paraíso y veía un infierno. Fue entonces cuando recurrió a su arte, que, en definitiva, era lo que más sabía. Hizo -nada más ni nada menos- un logo. Un simple logo. Puso letras comunes, de esas conocidas que solían salir de las máquinas de escribir, y utilizó un corazón: “I love (lo reemplazó por el corazón rojo) NY”. Fue Milton Glaser quien desde su arte enseñó a querer a las ciudades. Su idea, después, se universalizó y le dio potencia a quien se ponía una remera con su leyenda y en esa identificación defendía a su ciudad. Fue un impulso que ayudó a salir de la decadencia.

“La idea fundamental del arte es unificar la especie humana. Hacernos pensar que tenemos algo en común. A ti te gusta Mozart, a mí me gusta Mozart ya tenemos algo en común”. “Una de las cosas más difíciles de la vida es ver las cosas cuando las tienes delante. Nos cegamos con los prejuicios”, explicó alguna vez este hombre que nació en El Bronx y murió en Chelsea el jueves pasado, a los 91 años.

Con la misma simpleza con la que alguna vez empujó al cambio a su ciudad (I love NY), en esta frase sintetiza los problemas que podríamos tener en esta sociedad para afrontar una transformación. ¿Los tucumanos estamos en condiciones de ponernos la camiseta y mostrar orgullosos un logo que sintetice el “Yo amo Tucumán”? Las dificultades las contesta el mismo Glaser en su frase. Los prejuicios nos impiden encontrar lo que podemos disfrutar en común. En todo caso, la agrietada sociedad exacerba esos prejuicios y encuentra comunidad (hace común) en aquello que nos violenta como ciudadanos.

La muerte de Walter Ceferino Nadal se hace común y nos atraviesa a todos. El hombre roba en un local. La policía lo alcanza y aparentemente lo asfixia. El ministro Claudio Maley afirma que se hizo todo bien. La sociedad estalla: unos dicen que se lo merece y otros se espantan por el exceso. Silencio. Una gran mayoría de los políticos (huelga decirlo, pero son representantes de las sociedad) elige (vale subrayarlo), elige (corresponde repetirlo) callarse ante este hecho. Tienen razones: con el silencio, evitan ir a contramano del humor social. Evitan ser zamarreados por la grieta. La política se ha vuelto prejuiciosa y le teme a la gente.

Lo mismo ha ocurrido con la salud. Un intendente avala el retorno de gente a su ciudad desde Buenos Aires. La ministra de Salud, Rossana Chahla, reconoce -no denuncia- que desde aquella provincia se mandan colectivos con mucha gente, sin avisarles a las autoridades tucumanas. Todos callan. ¿Cómo van a protestarle, reclamarle algo, tirarse contra Buenos Aires, contra el poder central? Sería ir en contra del mismo color político. Sería poner en riesgo la relación con quien nos da de comer. De nuevo los prejuicios y la política sometida. Si alguien de la oposición denunciara al sistema de salud nacional, seguramente nadie le llevaría el apunte porque el prejuicio sería que está haciendo política en contra del oficialismo. Si alguien del oficialismo se pusiera el saco y reclamara esta falta de respeto con Tucumán, los prejuicios lo tildarían de traidor. A nadie se le ocurre pensar que se está atentando contra la salud de los tucumanos.

Camino clausurado

Cuando la pandemia estalló y nos mandaron a todos a la casa, hubo un instante (varios días) de reflexión. La solidaridad y la bonhomía ganaron espacio. Imaginamos que se empezaba a abrir un camino de transformación. Sin embargo la cuarentena devenida “cenentena” demostró que los problemas que teníamos los íbamos a seguir arrastrando. Y uno de ellos ha sido la degradación institucional.

Otra vez los procedimientos policiales aparecen sospechados de estar reñidos con los que un Estado de Derecho debe exigir a sus fuerzas del orden. La muerte en dudosas circunstancias de Nadal vuelve a revivir la desconfianza en la Policia, sobreviniente a la muerte del joven Luis Espinoza cerca de la localidad de Monteagudo. Aquel episodio había destapado una suerte de caja de Pandora de actos rayanos con la ilegalidad y con la corrupción en el control de las carreras cuadreras, tan arraigadas en la cultura rural. El juego clandestino es moneda corriente y mueve una cantidad de dinero que pareciera ser más de lo que desprevenidamente se puede pensar.

Cuando aún resuenan los ecos del brutal crimen de Espinosa y está fresco el recuerdo del asesinato a sangre fría del menor Facundo Ferreira, otra oscura muerte vuelve a poner en la picota la violencia policial. A diferencia de la primera, acaecida en un solitario y aislado paraje rural, la última sucedió en pleno centro de la ciudad de Tucumán y existen testigos del hecho.

Da escalofríos que luego de que el mundo se conmoviera con las imágenes del policía norteamericano asfixiando con la rodilla a George Floyd, en Tucumán se reviva esa ominosa circunstancia y se llegue a la muerte de una persona usando, aparentemente, ese mismo procedimiento para reducirlo.

Círculo vicioso

En un ciclo que se reitera, suceden el hecho transgresor y la consecuente traumática reacción social, a lo que sobreviene la promesa oficial de investigar en profundidad y subsanar el hecho. Y cuando se acalla el clamor de justicia, es común que el olvido se encargue de garantizar la impunidad y por ende la repetición de lo sucedido, lo cual lo termina naturalizando.

El ministro de Seguridad de la provincia, al explicar lo sucedido, profundiza esta realidad hasta tal punto que ni Glaser encontraría el logo perfecto para revertir este mal. Que Maley haya puesto todo el énfasis en el prontuario de la víctima se presta a ser interpretado como un inaceptable intento de justificar un posible exceso represivo. Comerse al caníbal no puede ser la consigna del moderno Estado de Derecho en el que aspiramos a convertirnos.

En el horizonte de lo deseable, una gran reforma institucional ayudaría a tener un sistema de gobierno transparente y respetado. Salir de la cuarentena o “cenentena” implicaría también apartarnos de la lógica de la centralización unívoca del poder. Por eso una transformación institucional debiera nacer de un mecanismo extendido de consultas y opiniones de especialistas y de expertos, así como de los diversos actores sociales. Cualquier intento gatopardista, de hacer retoques cosméticos sin cambios de fondo, conducirá a una gran frustración.

No hay desarrollo económico y social posible con un sistema político e institucional defectuoso. Sin embargo el tema parece estar ausente del discurso de dirigentes y espacios políticos que aspiran a gobernar la provincia. Más bien la política provincial pareciera discurrir por otros carriles, arriba de los cuales la astucia otorga más réditos que la inteligencia y el pensamiento estratégico.

Hablando de astucia

Astucia es lo que pareciera caracterizar el accionar del gobernador Juan Manzur, claramente decidido a agotar las instancias para tener acceso a un nuevo mandato o, al menos, continuar siendo parte decisiva del esquema de poder provincial.

Con la paciencia de un orfebre y la frialdad de un cirujano, “el canciller” mueve sus piezas buscando desconcertar a propios y a extraños. Como buen tiempista, sabe que la sorpresa es un factor de decisiva importancia. Cada semana trascienden disímiles versiones sobre los planes de quien ocupa el sillón de Lucas Córdoba. Desde la posible candidatura de su esposa, cuyo bajo perfil no significa más que eso, hasta los nombres de los supuestos bendecidos para aplastar al vice Osvaldo Jaldo, tras el resquebrajamiento del matrimonio por conveniencia que celebraron en 2015. Pero si a la danza de versiones le faltaba alguno, se agregó el de una posible inversión de la fórmula en 2023, donde el vice ocuparía el lugar del gobernador y viceversa, con lo que se supone que quedarían todos felices.

Acerca de que Manzur desliza en la intimidad la posibilidad de ocupar ese lugar, hay testigos de primera fuente que lo escucharon. Eso sí, nunca lo oyeron barajar esa variable con Jaldo yendo en el primer lugar. Cosas veredes en el camino, Sancho –diría El Quijote- cuando aún ni siquiera está claro el escenario electoral de la renovación parlamentaria nacional de medio término, en 2021.

“La certeza cierra la mente. Para crear algo debes tener dudas”, aconsejó Glaser, quien -por cierto- no cobró un dólar por hacer aquel logo que cambió su ciudad y deambuló por el mundo.

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