San Martín y un ascenso digno de la pantalla grande

El gol olímpico de Scimé fue el final feliz para una historia que parecía ser de terror.

30 May 2020 Por Bruno Farano
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DERECHITO A LA GALERÍA DE LOS ÍDOLOS. Scimé llegó a San Martín desde Atlético en el inicio de la temporada 1991/92, gracias a un trueque con Sergio Ricchiuti. Luego, “Bomba” se transformaría en el héroe “santo”.

Pasaron casi 28 años, una eternidad, sobre todo para un mundillo futbolero en el que se vive con las revoluciones a mil y en el que casi no hay tiempo para gozar del algún logro. Sin embargo, para los hinchas de San Martín las imágenes de aquel día todavía se suceden una tras otra. El recuerdo es nítido, claro, preciso y conduce irremediablemente a esa tarde del 25 de julio de 1992. Esa tarde gris, fría y húmeda que en el recuerdo se torna soleada y calurosa, por la sensación de éxtasis que otorgaba un nuevo ascenso a Primera y por el festejo de los casi 6.000 tucumanos que invadieron Isidro Casanova y que extendieron la celebración hasta su regreso a Tucumán, en una caravana mágica.

Ese festejo fue posible gracias a una jugada casi sacada de una cinta cinematográfica. Esa en la que el que finalmente será el vencedor primero la pasa mal, cae al barro o hasta la muerte le da una oportunidad más. Aquella tarde, Miguel Scimé se transformó en un héroe inolvidable, ese muchachito que de buenas a primeras quedaría en la historia grande de un club, gracias a un tiro de esquina de antología que se instaló en la memoria de todos los “Santos”.

“Bomba” le dio rosca a la bola que se cerró en el primer palo de un Claudio Mele confiado, que sólo tuvo que resignarse a ver cómo la pelota le daba un beso a los piolines y desataba un grito ensordecedor en la otra punta del estadio.

“Era un jugada típica, la hacíamos siempre. Yo tiraba el córner al primer palo y hacía ahí picaba Jorge López, que era nuestro mejor cabeceador. Él intentaba buscar el arco o peinarla hacia el segundo palo por donde debía aparecer un compañero”, cuenta el gran protagonista de la historia, ese que logró cambiar tristeza por alegría, desánimo por esperanza e incertidumbre por la certeza de que lo mejor estaba por llegar.

Scimé marcó el 1-1 a los 21’ del segundo tiempo, cuando el encapotado cielo de Isidro Casanova se tornaba mucho más oscuro para los de La Ciudadela. Además, desató el festejo de sus hinchas exponiendo lo lindo que tiene fútbol, uno de los pocos deportes que pueden regalar esa tan extraña metamorfosis.

Hasta ese momento, el duelo había sido un suplicio para San Martín. Había estado acorralado contra su arco, y si bien caía 1-0, el resultado no parecía ser tan malo. Francisco Guillén había tapado varias bochas clave, Gustavo Rescaldani había salvado varias jugadas en la línea con el último suspiro y los postes parecían ser su gran aliado en la historia. “La pasamos muy mal. El ‘Gordo’ (Rescaldani) era casi un segundo arquero. Nos habían metido tiros en los palos, en el travesaño, pero teníamos confianza en que en algún momento íbamos a poder empatar el partido”, revela “Bomba”, el artífice del milagro cuando apeló a la jugada de pizarrón, esa que terminó transformándose en la gran foto para colgar en el living. “A Mele ya le había metido un gol casi igual jugando para Quilmes. Siempre me gustaba pegarle al primer palo, pero no lo practiqué. Decir eso sería una mentira. Había viento, llovía y creo que el arquero se confió y no tuvo tiempo de reaccionar”, relata dejando en claro que pese a todas las contras que parecía tener ese duelo nunca se le pasó por la cabeza volverse a Tucumán con las manos vacías. “Era un grupo que se mataba en la cancha. El largo invicto que tuvimos aquella vez es una gran muestra de ello”, agrega.

El derechazo cerrado produjo un estallido descontrolado entre los hinchas que habían viajado a acompañar al equipo y que se habían bancado las mil y una en las adyacencias del estadio. Se gritó con furia en cada rincón de la provincia y también en el autódromo “Nasif Estéfano”, donde el cierre del Rally Mundial parecía quedar relegado, porque muchos hinchas tenían sus ojos en esa pista que recibía a los pilotos, pero sus oídos y su alma en el estadio “Fragata Presidente Sarmiento”. “Mirá vos, nunca me habían contado eso”, se sorprende “Bomba” ante el dato que aporta LG Deportiva. “Primera vez que escucho que mi gol se gritó también ahí. Pero eso es lo lindo de todo eso; ese gol sirvió para que muchísima gente sea feliz, para que yo pueda entrar en la historia grande de San Martín y para coronar el ascenso. Hasta el día de hoy, mucha gente me cruza por la calle y me habla de ese momento. Son cosas que pasan en la vida, que quedan para siempre y que te llenan el alma”, sentencia Scimé, ese que ni bien la pelota quedó inmóvil dentro del arco de Almirante corrió despavorido, cubriendo su cabeza con la camiseta, buscando con quien abrazarse.

No le hizo falta buscar demasiado porque sus compañeros se le fueron todos encima. De ahí hasta el final del juego, en la tribuna este del estadio hubo sufrimiento, pero también fiesta de la buena. Esa fiesta que unió poco más de 1.200 kilómetros, desde Buenos Aires a La Ciudadela, gracias a esa delicia de gol que se gritó en cada rincón en el que había un corazoncito de San Martín.

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