Tiradores, una libreta, el cigarrillo y un café

28 Mar 2020 Por Federico Diego van Mameren

La muerte en la Redacción es mala. Es dañina. De pronto entra por la puerta. Se anuncia a los gritos y calla. Siembra un silencio ensordecedor. Sólo unos minutos. Los suficientes para que cada uno de los periodistas haga su introspección. Converse unos segundos con uno mismo y, luego, lentamente, uno a uno va recuperando el habla. Por lo general, vos Carlos eras quien, después del impacto, te ibas caminando despacito, hablando bajo, con el pucho encendido para avisar quién era el que ya no volvería.

El jueves a las 23.15 la Redacción estaba vacía. No había nadie, no estaba preparada para recibir el anuncio desde hacía mucho tiempo. Hace unos días hablábamos con Roberto Delgado: “aunque duela, hay que estar preparados”, le dije. “Ojalá que nunca tengamos que publicar esa noticia”, me respondió.

En tu irrenunciable espíritu de polemista porfiaste a contradecirlo a Roberto y el jueves por la noche escribiste la última página de tu historia.

Tu escritorio y tus libros (“La cólera de la inteligencia” me ayudó a querer a tu “amigo” Paul Groussac y a entenderte) te describían como un historiador pero todos sabíamos que ese era tu hábito de intelectual, porque tus tiradores, tu cigarrillo, tu café, tus desvelos, tu sempiterno anecdotario, tus cortantes desplantes y hasta tus charlas eran las de un periodista. Sí, como los de antes, con traje, corbata y una libretita, pero también como los de hoy con vértigo, entusiasmo, curiosidad y vocación vía internet.

EL EDITOR. Páez de la Torre y Sebastián Rosso le dan la aprobación a un libro terminado.

Casi todos los días, con tranquilidad o con la parsimonia de los años te acercabas a algunos de los editores y les contabas lo que te había sorprendido o te había causado sorpresa en la calle. Y antes de darte vuelta le decías lacónica y respetuosamente: “déjeme, ya le voy a hacer unas líneas”. Con la velocidad y la aceleración de los jóvenes te sentabas a maltratar tu teclado y a los pocos minutos bajabas a la Redacción a entregar tu nota terminada. A veces no te veíamos. Sabíamos que habías andado por allí porque la colilla de algún cigarrillo dejaba tu rastro en el piso.

Con tantos pergaminos y con el camino recorrido pudiste sentarte detrás de los vahos de la popularidad y del reconocimiento (más de una vez detuvimos nuestra caminata porque algún lector tenía algo para decirte). Sin embargo, en cada día renovabas la humildad del cronista que acaba de llegar a la Redacción y escucha las instrucciones del jefe sobre cómo encarar la nota. Aunque después la escribas como a vos te gusta. Como lo hacen todos los periodistas.

Entusiasta de la calle y seguro de que en ella estaba la pócima mágica de la futura crónica confiabas en el rol ciudadano que le tocaba al periodismo. Sin togas ni trajes de poderosos, sino con overoles sirven siempre para llamarles la atención a los que mandan. Pero además tus escritos venían sazonados con algún dato o con determinado detalle para que el lector, después de recibir el mensaje de la nota, se quedara también con un conocimiento o con un dato más en el bolsillo de su memoria. Completabas así una misión ineludible de la prensa que es ayudar a pensar aún en el disenso.

Cuando terminabas tus producciones las imprimías, te ibas a un rincón y te quedabas varios minutos solo. Te sentabas a releerte. Ni el cigarrillo te acompañaba en esos momentos. Sólo vos y las palabras ordenadas a tu gusto y placer. No hay nada más tedioso que releer la nota que uno ha escrito. Sin embargo, vos lo hacías con profunda devoción. No era un acto de vanidad sino de contrición ante el hipotético error; era un canto de respeto al lector. No te permitías que alguien recibiera un texto con una falta. Un error era imperdonable. Claro que tenías tu orgullo. Claro que el corazón se te ensanchaba como a todos los que tenemos este oficio. Pero el destinatario de todo este rito era el lector.

UNA OBRA DELICIOSA. La magnética historia del tucumano Gabriel Iturri en tierras francesas.

Cuando los jóvenes de la Redacción se miran en el espejo seguro que este no les devuelve tu imagen, pero seguro les quedará tu rigurosidad y tu profesionalismo para hacer un breve, esas notitas cortas que te pedían cuando bajabas de un taxi o cuando interrumpían tu lectura en un bar. Notitas que son valiosísimas para muchos lectores y que en la Redacción no solemos querer hacerlas porque las subestimamos. Pero era el mismo profesionalismo que le ponías a aquellas páginas completas que todos queremos llenar.

Fuiste un periodista completo. “Un guía”, como me sugirió nuestro querido y admirado Sebastián. “Con la ida de Carlos termina de desaparecer lo poco que quedaba de los viejos diarios, se va una época que yo apenas llegué a conocer”, me dijo una joven promesa del diario. Tal vez lo decía por tus tiradores y por tu cigarrillo que lanzaba humo con olor a tinta y a licores de La Cosechera (hoy, Il Postino de calle San Martín), sin embargo, vos sabías que el periodismo seguía siendo el mismo, aún con el acoso de las redes sociales.

Por eso, justamente, porque sabés que me fui de estilo y de lógica periodística, estoy seguro de que si pudieras leer esta crónica dirías que es medio sensiblera y hasta cursi. Cuando dictabas sentencias prefería no estar cerca. Temía que me duelan. En cambio, cuando soltabas la anécdota y la carcajada moviendo tus manos disfrutaba como loco. En medio de una anécdota y de la otra repartías también algunas máximas muy tuyas. Por eso, cuando sonó el teléfono para contarme que no escribirías tu necrológica tenía sobre la mesa de luz “Las conversaciones en la catedral”, ese librote de Mario Vargas Llosa que alguna vez me dijiste que “un periodista no podía dejar de leer”.

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