"Lloro, y ya no de impotencia", el testimonio de una tucumana varada en Perú

"Tenemos muchísima fe que el Gobierno pronto nos llevará a casa", dijo en una carta.

18 Mar 2020

Son muchos los tucumanos que se encuentran varados en Lima, Perú. El brote de coronavirus hizo que las vacaciones terminen convirtiéndose en una pesadilla de la que esperan salir lo más pronto posible. Juliana Risso Patrón supo describir a la perfección el escenario que muestra el país incaico en las últimas horas por la pandemia.

Sólo fueron 10 minutos los que la separaron de estar en su casa, pasando este mal momento con su familia. La demora en un vuelo fue el principio de una odisea que la experta en comunicación jamás pensó vivir y que dejó plasmada en una carta:

Soy argentina. Tucumana. Como muchos otros, sufrí el colapso de las líneas aéreas quedándome atrapada en Perú, país al qué sólo estaría en tránsito por mi regreso de México.

El Domingo 15 de Marzo a las 15:40, horario mexicano, debía salir mi vuelo, el cual aterrizaría en Lima para conectarme con mi próxima avión de la misma compañía, a San Miguel de Tucumán. La hora y media de retraso en el despegue desde Ciudad de México ocasionó que yo junto a 24 pasajeros más, no lleguemos a tiempo a embarcarnos en el vuelo de conexión a Argentina. Sin embargo nuestras valijas sí pudieron hacerlo. El vuelo LA2445 trasladó nuestro equipaje a Tucumán pero no tuvo en consideración esperarnos 10 minutos (que fue la demora en que arribamos al nuevo embarque). Allí empezó la odisea.

Medianoche en el aeropuerto internacional Jorge Chavez. Veía pasajeros que viajaban en grupo. Con familia. Amigos. Colegas de trabajo. Yo, sola. Todos compartíamos algo: el desconocimiento de que en 24 horas las fronteras aéreas y terrestres de Peru quedarían cerradas por decreto, hasta el 31 de marzo.

La compañía aérea, quién mientras volábamos a Lima nos garantizó que no perderíamos la conexión ya que estaban avisados de nuestro retraso, de inmediato nos ofreció viajar en el siguiente vuelo a Tucumán. ¿Cuándo saldría el vuelo? 24 horas después. Nos dieron alojamiento, comidas y traslados.

Luego de redactar una queja formal, nos aventuramos al proceso migratorio. Pasillos repletos de pasajeros. Muchísimo calor y falta de oxígeno. Barbijos. Alcohol en gel. Estornudos. Tos. Rostros asiáticos. Mis ojos sólo estaban en alerta de eso. No existía el metro de distancia. Durante las tres horas y media haciendo fila, agradecí que mis valijas las haya resguardado la aerolínea y que sólo me acompañe mi mochila con una campera, pasaporte, anteojos, billetera, celular y máquina de fotos. Nada más, literalmente. Entonces fue cuando me acordé de Cortázar y de su "Autopista al Sur". Los vínculos que fuimos creando en la espera. El liderazgo que tuvimos que desarrollar para que la angustia no nos gane. Madrugada. Hambre. Sed. Ir al baño significaba perder una hora más. Se escuchaban todos los idiomas y tristemente vi cómo el egoísmo invadía el ambiente. El descontrol empezó a tomar partido. Mis ojos ya no se focalizaban en símbolos del coronavirus sino en la miseria humana: la ausencia total de las autoridades aeropuertuarias ocasionaron que cientos de personas pretendan ganar lugar en las eternas filas. Ya no sentíamos hambre, sed ni sueño. No hubo respeto. No hubo tolerancia. No hubo educación. No hubo compasión. Pero tampoco hubo silencio. Mi voz y la de algunos más, en la multitud de miles de personas, no se pudieron callar. Exigimos a gritos mantener los valores humanos que aprendimos todos en casa. Daba igual la lengua, cultura y credo de cada uno. Sentí que debía recordarles que la intolerancia y el miedo no iban a acelerar el proceso del sello y la frase ausente de “Bienvenido a Perú”.

DISPOSICIÓN. Los vehículos en Perú pueden circular de 8 a 13

Arribamos al hotel a las 4 AM. Me reporté a mi familia y jefes quiénes hasta hoy, me acompañan en cada proceso. Completé el formulario web que Cancillería informaba. Espere hasta las 9 AM que el Consulado abriera. Me contacté. Me recomendaron volver al aeropuerto y embarcarme en cualquier vuelo que la compañía me ofrezca. Esperanzada levanté mi mochila y volví.

Desolación. Las calles vacías. Las tiendas de los barrios, repletas de filas de vecinos. Llegar 14 horas antes de la partida del vuelo me ilusionaba que estaría todo bajo bien. Error. Puertas controladas por policías en el aeropuerto. Identifico que mi vuelo programado fue cancelado. Con energías inicio la fila de reprogramación de vuelos internacionales.  “Embarcate en cualquier avión. Salí de Perú”, eran las frases que por teléfono me habían recomendado y me motivaban a seguir en esa eterna fila. Luego de avanzar tres metros en una hora y media, nos informaron por altavoz que “Todos los vuelos están completados", invitándonos a abandonar el aeropuerto. Acto seguido, entró el ejército. Pánico.

CALLES VACÍAS. En Perú sí se cumple con la cuarentena.

Pensar rápido. Pensar rápido. Con hambre y sueño era complicado pero había que hacerlo: “No hay más vuelos hoy. Sólo me queda buscar mis valijas, tomarme un taxi e ir al hotel que la compañía aérea me ofrezca. Simple”. Abandoné la fila pretendiendo ir a la ventanilla 62 donde se despacha el equipaje (asumía erróneamente que aún estaban en Lima como yo). No podía acceder a ese lado del aeropuerto. Debía salir por la puerta 4 y entrar por la 6. Si lo hacía luego la Policía no me permitiría entrar. ¿Cómo le explico rápidamente mi situación a la señora que cumple con su trabajo de impedir el paso? Se percibía clarito que por su agotamiento había perdido los modales y empatía. Me saqué el barbijo. Me descubrí los ojos de los anteojos de sol. Sólo mi mirada y levantada de hombros hizo que ella me diera acceso “al área prohibida”. La complicidad entre mi llanto y su media sonrisa me hicieron avanzar. Mis valijas ya estaban en Tucumán. ¿Cómo? ¿Cuarentena sin equipaje en un país desconocido? El rating de mi historia no me daba tregua. El ejército por todos lados. Muchísima gente corriendo. Caos. Literal. Consigo gestionar un poder para que mi familia me retire el equipaje. Sentada en el piso, sabiendo que no había taxis fuera, ni hospedaje por parte de la aerolínea, lloro. Y pienso en la madre embarazada que horas atrás en migraciones sufrió el egoísmo de personas desesperadas que casi tumban su silla de ruedas impidiéndole su prioridad. Lloro y hablo con mi familia y amigas que ya me habían gestionado que me buscaran del aeropuerto, alojamiento en un hotel (muchos ya cerrados y sin permitir el acceso a extranjeros) y un par de prendas para vestir. Lloro y ya no de impotencia. Sino de necesidad de un abrazo (coronavirus, aumentar las distancias físicas). Sólo me daba paz la melodía de un ukelele de otro extranjero solitario.

RESTRICCIONES. Los hoteles advierten a los huéspedes sobre las medidas de prevención.

En mi segundo día de cuarentena, acato las órdenes del gobierno local. Sólo se está permitido transitar de 8 a 13 bajo un permiso exclusivo para adquirir bienes imprescindibles. Sólo supermercados y farmacias abiertas. Largas filas en estos locales, controlados por el ejército quiénes garantizan que no haya desabastecimiento y que se respete el aislamiento social obligatorio fijado por decreto. Los hoteles no permiten el acceso a sus amenities. Las comidas son sólo en las habitaciones. La vajilla permanece en el pasillo hasta que la retiran. Se evita el contacto y cuando lo hubiera, sí es muy humano y empático. Con la limpieza cotidiana te dejan un kit de barbijo y guantes.

Como yo, somos cientos de argentinos esperando el retorno a nuestra patria. Con muchos estamos en contacto y llevamos el minuto a minuto de las novedades. Tenemos muchísima fe que el gobierno pronto nos llevará a casa.

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