INVENTO ARGENTINO. Allá por la década de 1920 el robo de ruedas de auxilio y de autos era un negocio para los delincuentes y su comercio, al parecer, daba muy buenas ganancias pese al mercado acotado aún.
“En estos últimos tiempos los frecuentes robos no sólo de automóviles, contra los cuales se ha utilizado y se utilizan toda clase de seguros, sino de algunas de sus partes de mayor valor monetario, como ser las ruedas de auxilio, han sido la preocupación constante de los propietarios de automóviles”.
La crónica parece ser un relato de hechos actuales sobre los robos que sufren los vehículos y de algunos elementos de los mismos. Pero no. El tema se desarrolla allá por junio de 1927 y presenta un invento argentino para evitar el robo de la rueda de auxilio.
Puede causarnos sorpresa que por aquellos años se robaran automóviles o ruedas ya que el mercado “del robado” debía ser acotado.
En Tucumán los coches se contaban en centenares y no en decenas de miles, como actualmente. Por aquellos años las chapas patentes tenían apenas tres cifras, como se puede ver en la foto central que acompaña esta nota. Por lo que los dueños de los autos debían conocerse y reconocerse.
La noticia anunciaba la invención de “una tuerca antirrobo” por parte de los señores Burke y Acosta para proteger la rueda de auxilio de cualquier vehículo.
“Esta tuerca cerradura suple con marcada eficacia al candado y se coloca en el mismo lugar en el que se colocaba éste sobre un perno enroscado”, seguía la descripción de la nueva medida de protección que se les ofrecía a los propietarios de vehículos.
Consejos
Previamente se relataban las distintas formas para cuidar la propiedad y se decía: “los malhechores se han ingeniado de tal manera, que parecía casi imposible luchar, si cabe el término, contra sus habilidades, muy dignas, por cierto, de mejores causas”.
Describía también los métodos que se usaban entonces, tales como la cadena y el candado, que tampoco garantizaban protección duradera cuando los ladrones decidían hacerse del bien para su posterior venta.
A continuación destacaba las bondades del invento al indicar: “colocada en el automóvil esta tuerca cerradura, además de ser un bonito adorno para el coche, ofrece una seguridad a toda prueba. Funciona de acuerdo con lo que en mecánica se denomina con el nombre de sistema cilíndrico, pero, para mayor seguridad en este caso, con doble juego”.
La explicación sobre la seguridad que brindaba ese elemento es “la taza que cubre la tuerca cerradura es giratoria, o como se la llama corrientemente loca, pues gira en todo sentido, impidiendo que al pretender violentarla se tenga algún punto de apoyo”.
El cronista destacaba que además del uso inicial en automóviles, la tuerca podía ser usada en otros lugares, como galpones, vagones de ferrocarril o puertas.
Si el adminículo fue eficaz o no es algo que desconocemos, porque no se mostraron estadísticas. El mercado ofreció una herramienta nueva para la seguridad y la Sociedad Argentina de Inventores, de la que eran socios los creadores, la exhibió en su sede.
En la actualidad, quizás los bulones antirrobos para autos que se venden en distintos negocios de Tucumán sean los descendientes de aquel novedoso invento de los años 20 del siglo pasado.
Como vemos los automovilistas siguen lidiando con los mismos problemas que 100 años atrás.
Los autos avanzaron en cuento a prestaciones, sumaron elementos de confort, control satelital de los vehículos, pero los robos siguen.
Pueden mermar o aumentar, pero siguen siendo uno de los ataques a la propiedad más extendido.
Inspectores de tránsito
Hablar del complicado tráfico en San Miguel de Tucumán es una constante de nuestras páginas. La búsqueda de soluciones para sus dificultades ocupa y ocupó grandes espacios en nuestras ediciones.
Más de 90 años atrás, en noviembre de 1926, se anunciaba la puesta en funciones de los inspectores de tráfico.
1926. Aparecen en escena los inspectores de tránsito o varitas.
Bajo el título “Ante la curiosa expectativa del público, han entrado en funciones los flamantes inspectores de tráfico” se presentaba a quienes serían los encargados de ordenar la circulación de los vehículos por las calles de nuestra ciudad. La crónica destacaba la importancia de proyectos como este, pero resaltaba que para que fueran efectivos debían ser aceptados por la población. Y parece que la presencia de estos agentes generaba cierta resistencia en algunos, y beneplácito en otros.
“Señores de casacón”
El público, “poco acostumbrado a ello, demuestra su curiosidad o extrañeza en manifestaciones de entusiasmo o de rechazo, según cuadre o no a su espíritu de libertad de acción incondicional”.
Los nuevos inspectores eran descriptos como “señores de casacón, kepis y varita (con este nombre también se los conoció), que, con movimientos de autómata, se convierten en árbitros del alborotado vaivén de los vehículos, deteniéndolos o dejándoles pasar, según acomode a la regularidad del tráfico”.
“Hemos visto con satisfacción la labor de los flamantes inspectores, tomando actitudes enérgicas contra todos los que, acostumbrados a hacer su santa voluntad, no querían hacer caso a sus indicaciones”, continúa el relato. Al parecer, la labor de concientización fue dura y exigente: “el ramo de ciclistas es el que más ha sufrido las consecuencias de esta implantación; más de uno, queriendo con su agilidad burlar las disposiciones de tráfico pertinentes, ha caído en poder de la policía, a fin de que se comience a aprender a respetar”.
La presencia de los agentes fue un espectáculo sin precedentes; tanto que en cada esquina donde comenzaron a desempeñar sus flamantes funciones se juntaba buena cantidad de público para verlos actuar.








