El gran horror entre los horrores de la guerra

El final del informe del 75° anivesario de Auschwitz.

27 Ene 2020 Por Hernán Miranda

1. El Ejército rojo llega al otro Majdaniek

El 2 de febrero de 1945, el diario soviético Pravda publicó una crónica de su corresponsal de guerra Boris Polevoi acerca de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, al que el Ejército Rojo había llegado el 27 de enero. No fue una gran noticia ni tuvo un despliegue espectacular; de hecho, Polevoi escribió sobre “otro Majdanek”. En el verano anterior, Pravda había publicado un extenso reportaje sobre Majdanek, el único otro campo de exterminio donde los nazis emplearon Zyklon B, y la extraña calma que encontraron los soviéticos cuando llegaron a Birkenau no podía competir con la inminente reunión entre Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Iósif Stalin en Yalta.

El teniente Ivan Martynushkin fue uno de los primeros soldados del Ejército Rojo que alcanzó Auschwitz. No era el primer campo que veía, ni sintió una especial compasión por los prisioneros. Para él, el horror de Auschwitz era un horror más entre los horrores de la guerra; además, el tamaño del complejo industrial de IG Farben no tenía ninguna relación con los 1.000 prisioneros que los soviéticos encontraron allí.

YALTA. Churchill, Roosevelt y Stalin. Se reúnen los ganadores de la II Guerra Mundial.

Sucedía que los nazis ya habían trasladado a casi todos los prisioneros judíos y soldados aliados sobrevivientes hacia el Reich. La marcha de la muerte había comenzado el 18 de enero, cuando las SS seleccionaron a los 60.000 prisioneros que aún conservaban fuerzas y los obligaron a evacuar el campo a pie. Durante los Juicios de Núremberg y los que siguieron, muchos de los reclusos dirían que esa experiencia fue peor que el cautiverio, la dieta de hambre, el trabajo esclavo y el exterminio selectivo. Los piyamas a rayas y los zapatos rellenos con diarios no ofrecían protección contra el invierno polaco.

Entre los prisioneros que emprendieron la marcha de la muerte estaba el soldado inglés Denis Avey. A diferencia de la mayoría de los militares del campo para prisioneros de guerra E715, Avey conocía por dentro Auschwitz III, el sector de exterminio de la inmensa fábrica de IG Farben. A mediados de 1944, había intercambiado uniformes con un judío holandés llamado Hans; este había pasado dos noches con los soldados aliados, que vivían bajo un régimen de trabajo forzado relativamente más benigno, y Avey había investigado el sistema de exterminio con el fin de testificar sobre él después de la guerra. Porque entonces creía que la liberación de Auschwitz sería una gran noticia.

Para fines del 44, por la época en que Avey y Hans intercambiaron sus ropas por última vez, los Aliados ya habían llegado a Auschwitz con sus bombarderos. El 17 de enero hubo un gran bombardeo ruso, que destruyó el campo E715. Las explosiones no distinguían entre nazis, judíos y prisioneros de guerra, pero los últimos igual las festejaban.

Avey iba en la última columna de reclusos que dejó Auschwitz. El Ejército Rojo estaba aún a nueve días de allí. No habían andado mucho cuando los cuerpos congelados de los judíos rendidos comenzaron a aparecer a la vera del camino. Avey prefirió no observar los cadáveres: ¿para qué saber si Hans había caído allí? Mientras tiritaba de frío pensó que, de todos modos, él tampoco sobreviviría para contárselo al mundo.

2. El regreso a casa

Entre todas las personas que contaron algo sobre el campo de exterminio de Auschwitz -víctimas, verdugos, libertadores-, las que más han hecho oír sus voces son las que nadie ha podido entrevistar: las que fueron asesinadas allí -más de un millón- y, entre ellas, los más de 200.000 niños a los que los nazis privaron del derecho a crecer.

Sin embargo, a principios del 46, cuando los oficiales de Winchester citaron a Avey para que contara lo que había visto como prisionero de guerra, él no tardó en notar que no podían digerirlo. Así que primero les contó cómo había escapado de la marcha de la muerte en Checoslovaquia, cuando los guardias de las SS estaban cada vez más descuidados. Una noche se fugó y se dirigió hacia el oeste sin acercarse a los caminos, guiándose por el sol y las estrellas.

Cuando llegó a Bamberg, en el corazón de Alemania, ya había traspuesto las líneas aliadas. Lo encontró una patrulla norteamericana, que lo dejó en una casa abandonada. Le dijeron que acudirían otros ex prisioneros y que la RAF llegaría para llevarlos a Inglaterra. Días más tarde bajó de un bombardero Lancaster en un aeródromo de Liverpool. Desde allí había zarpado, seis años antes, hacia la guerra africana.

Pero ahora ya era 1946 y los Aliados preparaban los Juicios de Núremberg. En realidad, según Avey, cuando juzgaron a los criminales de guerra nazis, los fiscales no sabían mucho sobre Auschwitz. Él les contó lo que pudo acerca de la esclavitud, las palizas, la selección para las cámaras de gas y los crematorios.

Los investigadores no le creyeron cuando les dijo que los soldados aliados habían sido obligados a trabajar en IG Farben. Por el contrario, le hicieron sentir que se había dejado capturar y que, así, había perjudicado la causa aliada. Para parte de la opinión pública, él no era una víctima de los programas de trabajo forzado nazis; a veces incluso parecía que había sido un partícipe de la construcción de la maquinaria bélica alemana.

NÚREMBERG. Los jerarcas nazis durante el gran juicio de la posguerra.

Algunos lo trataban mejor, pero nadie lo consideraba un héroe de guerra que había regresado a casa. A pesar de que había partido con 76 kilos y regresado con 50. Aunque había pasado por la malaria, la disentería, el sarna y la tuberculosis. Sin importar que ahora sufriera fatiga crónica y estrés postraumático.

Además, ninguno de sus amigos había sobrevivido a la guerra. Les Jackson, su mejor amigo, había muerto encima suyo, destrozado por una granada que a él, a Avey, se le había caído dentro de la autoametralladora. Su madre murió poco después de su regreso, a los 59 años. Fue otra víctima de la guerra.

Mientras tanto, algunos prisioneros de guerra sobrevivientes del campo E715 declaraban en el juicio a los directores de IG Farben. A él no lo localizaron. Tampoco estaba en condiciones mentales de aportar pruebas.

Pasaron los años. Avey empezó a pensar cada vez menos en Auschwitz, pero jamás dejó de soñar con aquel muchacho judío al que le había prestado su uniforme. Ni con su piyama a rayas.

3. Al servicio de la humanidad

A los 90 años todavía conservaba la apostura y el paso firme del soldado británico que le había pedido su pistola a Rodolfo Graziani, mariscal del 10º Ejército italiano, después del cerco de Beda Fomm. La cara, algo colorada y arrugada, no evidenciaba lo que sucedió en Auschwitz. Lo insinuaban su ojo derecho, de virio a causa del culetazo de un guardia de las SS, y un temblor constante en la mano derecha. Y quizá también la luz celeste pero apagada del ojo izquierdo.

Se bajó del taxi, saludó con una firme mano derecha a las cámaras y le sonrió al micrófono. Le abrieron la puerta del 10 de Downing Street, la residencia oficial y oficina del primer ministro, y alguien le sacó el sobretodo. Una señorita amable lo tomó del brazo y lo condujo escaleras arriba. Mientras subía despacio, escalón por escalón, observaba los retratos de los anteriores primeros ministros. Se detuvo en la gran fotografía de Churchill y la miró con curiosidad. “Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, pensó, y recordó cómo había luchado en el desierto de Libia. Le dio la impresión de que la imagen de Churchill era demasiado pequeña para las gigantescas proporciones del personaje.

Era el 22 de enero de 2010. No estaba ahí por lo que había hecho en África, sino porque lo habían capturado los alemanes. La chica lo condujo hasta un salón con una gran chimenea y dos sillones. Había una bandera británica en un costado. La chica le pidió que esperara.

HONOR. El héroe de guerra Denis Avey conversa con Gordon Brown.

No aguardó más que unos segundos. El primer ministro, Gordon Brown, entró al salón y le estrechó la mano. Habló con la voz muy baja, casi un susurro. Avey no pudo evitar recordar el atardecer en que Hans se escabulló en el cobertizo y, sin cruzar más que algunos murmullos, le dio su horrible ropa llena de mugre y piojos.

El salón se llenó de funcionarios y periodistas, pero él sintió que el momento era indescriptiblemente íntimo. “Estamos muy pero muy orgullosos de usted -le dijo Brown-. Para nosotros es un privilegio tenerlo aquí”.

Se sentaron muy cerca y charlaron durante unos 15 minutos. Brown mencionó las palabras valor y valentía, y le preguntó por sus recuerdos de Auschwitz. Avey habló de compasión y dolor. En un momento no recordó las palabras inglesas para prisionero de guerra y le salió “Häftling”, en alemán.

Después el primer ministro le entregó una medalla de plata que lleva la inscripción “Al servicio de la Humanidad”. Desde ese momento pasaba a integrar la lista de los 27 británicos reconocidos como héroes del Holocausto. La mayoría lo fue a título póstumo. Él no, pero mientras Brown le ponía la medalla en el cuello, le confesó que ya podía morir en paz.

Fuentes bibliográficas:

Avey, D. y Broomby, R. (2013). El hombre que quiso entrar en Auschwitz. Madrid: Ediciones Martínez Roca.

Rees, L. (2005). Auschwitz: los nazis y la Solución Final. Barcelona: Crítica.

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