El arte callejero le da batalla a la pegatina de carteles

Dos proyectos artísticos mejoran espacios. La propaganda política y publicitaria instalada en lugares no autorizados daña las paredes. Los muros como espacios de discusión política. El rol del Estado.

25 Ene 2020

Una pared es una frontera, pero puede ser también otra cosa: un soporte para el arte, por ejemplo. Con esa convicción, grafitis y murales se propagaron por la ciudad como criaturas vivas reclamando su lugar en el paisaje, convirtiendo el cemento gris en un mutante colorido, hamacándose entre la admonición y la legitimación. Buscando convertir en un mensaje lo que antes era un límite.

El arte callejero, en otros tiempos considerado al borde de lo legal, se convirtió en un aliado de la arquitectura ciudadana e incluso contribuyó a la recuperación de áreas dañadas. Referentes del género consideran que la desmesurada cartelería y las negligentes pintadas publicitarias y políticas fueron maltratando el mapa de la ciudad y deteriorando las paredes, mientras que el arte podría ser una forma de compensar este daño generando espacios de cultura para los ciudadanos.

En este sentido, dos proyectos locales e independientes se propusieron mejorar el semblante de la capital y alegrar la vista de los transeúntes: por un lado, una pegatina de ilustraciones en una estropeada pared céntrica y por el otro, un grupo de muralistas comprometidos con el “rescate” de muros abandonados para revalorizar también el entorno que los rodea.

“Creo que estos proyectos que entienden a las pintadas políticas como una vandalizacion del espacio y deciden escribir unos discursos por sobre otros, son prácticas que están hablando de esa cualidad del arte urbano de ser una técnica que expresa siempre un discurso alternativo”, opina María Marta Lobo, doctora en Humanidades, docente e investigadora de la UNT, quien realizó un estudio sobre grafiti en Latinoamérica. “Es quizá una actualización del sentido político que los pueblos originarios otorgaban a las paredes. Los pueblos veían en los muros el lugar para expresar y disentir con el orden establecido, pero sus voces no eran las únicas que tomaban por asalto las paredes, los conquistadores también escribían. Las paredes eran entonces el lugar de la discusión política”.

Donde está el mural la pared se conserva mejor que el resto de la fachada Álvaro Medina


Murales energéticos para rescatar el entorno

Cuando Verónica Corrales y un grupo de artistas llegaron a la pared de Ayacucho al 200, se encontraron con un “espacio muerto”, como ellos mismos lo llamaron. De la pared, erosionada por las campañas políticas, colgaban sórdidos restos de afiches despegándose, la pintura abatida y descascarada se abría como una herida dejando ver el revestimiento áspero y gris.

“Estos lugares maltratados y de aspecto abandonado terminan generando acumulación de basura y malos olores. Nosotros decidimos pintar ahí un mural y notamos que cuando se recupera la pared también se recupera el entorno”, afirma Corrales. La artista cuenta que al momento de limpiar el lugar  llenaron cuatro bolsas de residuos solo con los restos de carteles.

Artistas y vecinos tomándose una foto en un mural de Ayacucho al 200

"Los vecinos hicimos varios reclamos formales y nunca obtuvimos respuesta de la Municipalidad", cuenta Cecilia Graneros, psicóloga y vecina de la cuadra. "Antes del mural era un lugar sucio; todavía puede verse que a los costados, donde no hay mural, sigue siendo así. Nos encantaría que la Municipalidad colabore con insumos para estos artistas de manera que puedan embellecer la zona, hay experiencias similares en barrios de Buenos Aires como Recoleta”.

Desde el año 2019 el grupo se propuso pintar un mural por mes. Salieron a buscar sitios para las intervenciones y notaron el valor que los vecinos le daban a sus acciones. Los auxiliaban con herramientas, convidándoles bebidas y comidas y luego de que el mural estaba realizado, se apropiaban del espacio y se sacaban fotos difundiendo el trabajo, incluso les ofrecieron las paredes de sus casas para que pinten sus obras.


Verónica recuerda la fachada de una casa en su barrio que, en tiempos electorales, tenía la “mágica facultad” de amanecer todos los días con una pintada diferente gracias a la incomprensible estrategia de buscar votos vandalizando las paredes de los vecinos. Luego de que el grupo pintara un mural, la obra sirvió de escudo para proteger el muro. “El propietario nos llamó tiempo después para agradecernos”.

José Luis Avignone, asesor municipal, explica que está prohibido pegar pancartas o realizar pintadas en la vía pública sin autorización de los propietarios o del municipio, en caso de espacios públicos: “los ciudadanos deben denunciar estos actos en el Tribunal de Faltas o por mesa de entrada del municipio, incluso pueden realizar la denuncia en la policía”. Por otro lado recuerda que la misma municipalidad recurrió a los murales para evitar este tipo de infracciones, un ejemplo son los murales en los túneles de las calle Mendoza y Córdoba o los que se hicieron en algunas entradas de la ciudad.

Los restantes integrantes de este grupo son Ludmila Ríos Guillen, Evangelina Budeguer, Leandro Fernández, Mariano Orell e Ignacio Stesina. Este último perteneció a UQZ Crew una legendaria tribu grafitera de Tucumán a comienzos del 2000. “En aquella época el grafiti era una subcultura, oculta y poco conocida, hoy es algo masivo y te diría hegemónico; desde chicles hasta crema de manos usan grafitis en sus publicidades”, asegura Stesina.

Animales fantásticos, mujeres mágicas y otros personajes de estos artistas recorren la ciudad buscando sanarla y lo hacen de manera totalmente gratuita, aunque a veces los vecinos colaboraran con algunos elementos, sobre todo con pintura al agua para exteriores y aerosoles, que son materiales costosos. “Buscamos esos lugares que necesitan una transformación energética para que nuestro ritual transmute ese espacio urbano en un espacio sagrado para todos”, concluye Corrales.


"Colapso", ilustraciones que dialogan con la calle

Otras de las iniciativas que busca recobrar espacios de la ciudad mediante al arte fue una convocatoria a ilustradores por las redes sociales. La propuesta, de nombre “Colapso”, es una pegatina colectiva sobre una fachada de calle Virgen de la Merced al 100. “Esta pared estaba muy deteriorada por sucesivas pintadas políticas y dañada por la acción de pegar y despegar carteles”, cuenta Gabriel XXX, estudiante de artes y organizador de la acción. “Entonces decidimos pedir permiso a sus dueños y a la municipalidad para realizar el collage. La idea es colapsar la pared de ilustraciones de todos aquellos artistas que quieran sumarse. Es una manera de compartir nuestras obras con la comunidad”.

Las pegatinas o “pegas” o “paste up” son una categoría de arte urbano enmarcada dentro de lo que se denomina “post grafiti”, consiste en ilustraciones en papeles que se adhieren a la pared con engrudo o cola plástica. Surgieron a finales de los 90 en las grandes ciudades del mundo: Nueva York, Berlín y Barcelona con referentes del género. En Argentina lograron visibilidad hace muy pocos años a través de referentes como Gerdy Harapos o Movimiento Petrushas, en Buenos Aires. En Tucumán algunas de las primeras pegatinas son de mediados del 2000 y pertenecen a un artista que firmaba como “Plasticólogo”. Esta técnica se caracteriza por la celeridad con la que permite intervenir un lugar.

Las estampas en el muro de “Colapso” circulan por las estéticas y temáticas más variadas: “más amor, menos indiferencia”, reza un afiche del artista “Mr Gordon”; “Por un verano sin políticas nefastas en América Latina”, demanda una ilustración de la actriz e ilustradora Evi Zunz; “La violencia especista también es machista”, declaran Lula y Belén de “Hijas del Rigor”. Un recorrido visual por el muro se encuentra con un dragón fluor, diseños de gatitos de diferentes tamaños, calabazas, calaveras, skaters, personajes de ficción, y otros dibujos entre decenas de estampas aglutinadas que fueron aportadas por más de sesenta ilustradores.

Ese collage de voces cambiando la fisonomía de una fachada prefigura quizás la necesidad de una convivencia pacífica entre ideas diversas. Juan Bracamonte, Licenciado en artes plásticas y docente, asegura que en las pegatinas prima la mixtura de contenidos: “No hay censura temática ni condicionamiento estético. En los mensajes están presentes el cuidado del medio ambiente, la perspectiva de género, la crítica al consumo; todo eso narrado con recursos del animé, del manga y de la iconografía popular”, explica Bracamonte quien además pertenece al técnico pedagógico en la modalidad artística del Ministerio de Educación de Tucumán.

Las “pegas” suelen atraer a ilustradores muy jóvenes. La mayoría de los que intervinieron en “Colapso” fueron convocados por las redes sociales y no necesariamente son artistas plásticos o al menos no les interesa ser catalogados como tales. Provienen de otras ramas como el diseño, la música, el teatro o los fanzines; y los moviliza la necesidad de salir a habitar la calle con sus ideas y propuestas y contrarestar lo que consideran una contaminación visual que corroe los muros y le quita lugar a la cultura.

“Creo que esas prácticas vienen a desmentir la idea de la omnipotencia de las redes. Va mucho más allá de esta idea de que solo lo virtual es lo que existe”, reflexiona la académica María Lobo. “Es una forma de reivindicación de los espacios físicos. Las ciudades siguen existiendo y siguen manteniendo su poder de espacio, su lugar preponderante como ámbito de discusión social”.

Balance final

Las citadas pegatinas y murales buscan de alguna manera editorializar y dar otro sentido al espacio urbano; redimir los muros para mejorar su entorno y lograr la apropiación de los vecinos. Juzgan, como contracara de esta acción, a la irrupción visual que procede del bombardeo de imágenes de consumo y la propaganda política.

Las intervenciones artísticas en la calle no son ilegales en cuanto haya un pacto entre los artistas y los dueños de las paredes o el Estado, según el caso; respetando la propiedad privada y las fachadas con valor patrimonial.

El arte urbano siempre se va a sentir cómodo en la calle, buscando al espectador común. Las políticas culturales pueden contener esa inquietud, conectando actores y facilitando espacios para que las acciones redunden en beneficios para los ciudadanos y el paisaje urbano; como lo demuestran las acciones independientes de este grupo de jóvenes.

Las campañas publicitarias o propagandas políticas que dañan los muros de la ciudad y se ejecutan sin autorización de propietarios o  instituciones pertinentes constituyen un acto de vandalismo.

Existen ordenanzas municipales que responsabilizan al vecino del cuidado y limpieza de su vereda y fachada. Sin embargo, le corresponde al estado profundizar los controles para impedir que, el lanzamiento de nuevos productos de cualquier índole o el entusiasmo de cada año electoral, dejen en las paredes el rastro abrasivo de publicidades de empresas inescrupulosas y propagandas de políticos antidemocráticos que vandalizan a sus propios consumidores o votantes.

Quizás este grupo de artistas pueda contribuir en la solución.


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