El 80% del sistema inmune está en el intestino, nuestro “segundo cerebro”

Del equilibrio de la microbiota intestinal dependen desde nuestra digestión hasta nuestro estado de ánimo.

26 Nov 2019
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VOCERO. El intestino le pasa al cerebro información sobre nuestras defensas y nuestras hormonas

Hablar del intestino suele ser hablar de cuestiones que no son cool (evacuación, ruidos, gases) aunque sean propias de todos, y fundamentales para vivir. Hoy vamos a hablar de él con admiración y respeto: en ese largo tubo (unos 8 metros), que tiene comunicación directa con el cerebro, se aloja la microbiota (que constituye el 80% del sistema inmunitario); esta se renueva cada dos semanas y tiene impacto muy significativo en el estado de ánimo y en la salud en general. Pero hay más: “el intestino es un órgano clave, porque es una de las vías más importantes de comunicación entre el mundo exterior y nosotros”, afirma el biólogo Gabriel Vinderola, investigador del Instituto de lactología Industrial, del Conicet Santa Fe.

Y sigue habiendo más: sucede que cuando el cerebro pregunta ‘¿cómo está el cuerpo?’, el intestino -nuestro órgano sensorial más grande- es su principal fuente de información: recoge data sobre calidad de nutrientes, sobre el estado de células inmunes o de hormonas, y envía toda esa información para que el cerebro la vincule con nuestras emociones y pensamientos. El intestino es así el órgano donde “todo sucede” para el buen funcionamiento del organismo y, por si fuera poco, juega un rol decisivo en nuestro bienestar emocional.

Cada vez que te preguntás por qué tolerás algunos alimentos y otros no; o por qué cuando dejás de comer harinas te cambia el humor; o por qué el estrés baja las defensas, la respuesta está en tu intestino.

Es que, además de la digestión de alimentos y la absorción de nutrientes, está “al cuidado” de la microbiota intestinal. “Esta activa y modula al sistema inmunológico para protegernos de infecciones, mantiene controlada la respuesta inflamatoria y produce sustancias que impactan de manera positiva en nuestro cerebro (la serotonina) y nos da estabilidad emocional y buen humor”, explica Vinderola.

No sé qué me pasa

Con frecuencia estamos angustiados o tristes y no sabemos por qué. Muchas veces “no pasó nada”... pero no se nos ocurre que la solución pueda estar en la panza. Alerta: tal vez estemos atravesando un estado de disbiosis intestinal, una alteración de nuestra microbiota que puede afectar nuestro sistema inmune y la producción de serotonina, y provocar inflamación, alergias, depresión, irritabilidad y falta de sueño, entre otros desequilibrios.

¿Y cómo es él?

Si pudiéramos verlo con una lupa, observaríamos que nuestro intestino se parece a una toalla de algodón, y esos pelitos del algodón en el intestino se llaman microvellosidades. Allí se aloja la microbiota, compuesta por cientos de millones de microorganismos y bacterias que conviven, en dos bandos. Por un lado, tenemos los “soldados” ; por el otro tenemos el bando de los malos, que viven disputándose ese territorio: cada uno busca ocupar más espacio en nuestro intestino.

Para que el intestino funcione correctamente, los microorganismos “buenos” deben ser abundantes y diversos. Pero nuestra vida atenta con frecuencia contra ese equilibrio: comemos mal. “Para que el intestino cumpla sus tareas hay que cuidarlo, y la mejor forma es incorporar alimentos fermentados, alimentos con probióticos y fibras”, destaca Vinderola. Pero no es todo: abusamos de antibióticos y de productos antisépticos (que dañan las bacterias “buenas”), y vivimos estresados, entre otras cosas.

Para ayudar a reestablecer esa armonía necesitamos incorporar más “soldados” de los buenos: los probióticos (presenten en yogures y algunos quesos) y también incorporar fibras, a través de frutas, verduras, cereales integrales, etc. Son indispensables porque las bacterias buenas (presentes en los probióticos) se alimentan de fibras, y en su proceso de digestión producen vitaminas y ácidos grasos de cadena corta, como el ácido butírico.

“El ácido butírico es antiinflamatorio y anticancerígeno; lo usan las células intestinales para renovarse, multiplicarse y mantener al intestino sano y desinflamado”, explica Vinderola. “A su vez -agrega-, este ácido es utilizado por otras células para producir la serotonina (conocida como ‘hormona de la felicidad’, ya que está relacionada con el bienestar, la actividad sexual y el sueño), la encargada de comunicar el intestino con el cerebro.

“De ahí viene el dicho según el cual para estar bien de la cabeza hay que empezar por estar bien del intestino”, resalta Vinderola.

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