Gabriel Chaile, del barrio Echeverría a las mejores galerías de arte del mundo

El artista tucumano recorrió 11.000 kilómetros para llevar sus obras a Basilea y Berlin.

23 Oct 2019 Por Jorge Figueroa

A los 10.991 kilómetros que figuran en el Google Maps se podría agregar la distancia entre el barrio y el aeropuerto Benjamín Matienzo. En definitiva, desde el barrio Echeverría a Basilea, Suiza, serán 11.000 kilómetros, una distancia medida en tiempo que Gabriel Chaile tuvo que realizar. 

Hace un par de meses, el diario La Nación contó: “a pocas horas de la inauguración de Art Bassel, la feria de arte más prestigiosa del mundo, el argentino Gabriel Chaile ya vendió todas las obras que llevó la galería Barro. Colecciones importantes de Bélgica, Nueva York, Singapur e Irlanda sumaron a su acervo piezas de ‘Aguas Calientes’: ollas populares de aluminio de comedores de emergencia del país, donde Chaile realizó su trabajo”.

Gabriel Chaile proviene de una familia peronista: su padre fue albañil, pero él, el menor de ocho hermanos y el mimado, no tuvo que aprender el oficio; sí debió acompañar a su madre a vender bollos casa por casa en distintos barrios y en algunos actos. “No pongás eso (advierte), pero en mi infancia mi madre me alzó en un acto para que le toque las patillas a Carlos Menem” (ríe con vergüenza, tapándose la boca)”. Porque hasta no hace mucho su madre hacía pan y ahora se jubiló como ama de casa. “No sé bien el monto, pero creo que con algunos descuentos llega a $3.000 y pico…”. Su familia es protestante, pero se tomó una “licencia” para tener dos imágenes colgadas en la pared: Perón y Evita. Y un salmo. Al fondo de la casa, una pequeña granja alimentaba a la numerosa familia. Barrio Echeverría está a metros de Villa Muñecas y del barrio Aguas Calientes.

OBRAS DE GRAN TAMAÑO. Las ollas y hornos del tucumano se exponen y venden en Europa.

Los cuatro conjuntos que llevó a Bassel, integrados por tres ollas dispuestas sobre un estante de madera que diseñó el artista fijado a la pared con ménsulas rústicas, los vendió. Coleccionistas de diferentes países pagaron 15.000 euros cada uno (el 10% de lo cobrado será destinado a comedores).

El artista, cuyas obras manejan dos galerías (en Buenos Aires y en Berlín), pasó de Buenos Aires a Suiza, regresó a Uruguay y luego partió a exponer en Berlín. En 2015 conoció el avión y como creía que era como tomarse un “bondi”, perdió el vuelo a San Pablo. Tiene obras expuestas en Brasil, Perú, Uruguay y en algunos países de Europa.

Pero antes que él, su cordero (fue confundido con una oveja) conoció el avión en 2010, cuando lo hizo pasear en la feria de arteBA representando a la galería Sendrós; Daniel tuvo que viajar en la bodega de la nave y Chaile, en ómnibus. “A Daniel lo trajo mi hermana a la casa, y siempre me cargaba porque teníamos casi igual el pelo, la cabeza. Cuando lo llevé a arteBA se quedó un tiempo a vivir conmigo en Buenos Aires, pero cuando volvió se puso un poco agresivo con mis sobrinos, porque además le crecían los cuernos. Lo tuve que donar a una granja y después me dijeron que había muerto, pero pienso que se lo comieron”, le cuenta a este periodista.

Cuando el artista alemán Joseph Beuys realizó su famosa performance “Cómo explicar el arte (los cuadros) a una liebre muerta” (en una fría noche en la galería Schmela, en Düsseldorf), marcaba en la mitad de la década del 60 la emergencia del arte conceptual, que, de un modo general, reaccionaba a la excesiva objetualización del arte.

Chaile estudió hasta 2009 en la Facultad de Artes (le faltan tres materias para recibirse) y desarrolló una estética entre intimista y autorreferencial: en sus trabajos aparecía constantemente su figura en distintas acciones (como granadero custodiando a la Casa Histórica o en un sube y baja escolar). La Fundación Di Tella le otorgó una beca que lo trasladó a Buenos Aires, y, posteriormente, un coleccionista porteño y otro tucumano se constituyeron como mecenas que le permitieron residir en esa ciudad. Aplicó a distintas convocatorias y obtuvo galardones como el Premio Itaú, entre otros.

El artista todavía se sorprende de su carrera (entre los 21 a los actuales 34 años) y se enfrenta a conflictos que nunca había imaginado, como el manejarse en el mercado de arte. Importa que no haya perdido la curiosidad, y que siga siendo “un culillo”, como se define. “Siempre estoy en los barrios y me meto en los comedores y hablo con la gente. Soy como ellos, tengo una cultura como tumbera, quiero saber qué hace esa gente, que es igual que yo. Así llegué a los comedores de la Boca, que es donde vivo ahora. Ahí vi las ollas, que fueron y son ollas populares. No me veo kirchnerista hoy, más bien anarquista, tal vez. Tengo un amigo al que acompaño en su actividad en la Isla Maciel…”

- ¿Lees mucho, te gusta?

- No, libros no, sí notas, algunas publicaciones. Lo único que leo siempre es la Biblia, soy creyente, vengo de una familia protestante. Todo lo que sea teología, que tanto tiene que ver con la filosofía, lo leo, eso me gusta mucho. Las escrituras. Hasta no hace mucho concurría a esos espacios, ahora no tanto. Admiro mucho al Cristo revolucionario, mirá que se metía contra el poder, ese chabón debe ser muy bueno para hacer todo lo que hizo.

- En tus inicios hubo mecenas.

- Sí, de un día para otro me habla el señor Carlos Casal y me visita en mi casa, y elige un par de obras para comprar. Cuando llegó Casal los siete perros pasaron entre sus piernas. Y me adelanta que seguirá comprando mis trabajos. Te imaginás lo que fue para mí. Incluso pidió hablar con mi madre y le dijo que yo tenía que irme, viajar a Buenos Aires. Y cuando viajé, él me pagó la pensión a cambio de algunas obras que hacía; los bocetos. Luego estuve con otro coleccionista, Guillermo Navone, que nos llevó a mí y a dos artistas más del interior a un palacete en Arroyo y Esmeralda. Me convertí en un anfitrión de algunos tucumanos que llegaban allí. Fue una experiencia increíble, una casa inmensa, hasta tenía como un sauna… Era a cambio de pinturas, cada tres meses, sin grandes exigencias.

- Y eso pasó…

- Sí, no me sentía bien haciendolo. Me reía estos días con Sandro (Pereira), contándole cómo le copiaba… Como vos decís, era como salieri de Sandro. Estos días, con Sandro y Robles volvimos al ‘ocho de El Bosque’: uno se baja en el Sifón, el otro en la Bombilla y luego yo en Echeverría. Buscaba otra obra, otro arte. Ahora dejé cinco esculturas y algunas pinturas en Berlín, en la galería Chert Lüdde, que me representa en Europa. También expuse en Francia... Ahora puedo ayudar en mi casa, estos días intentamos solucionar el tema de agua, que no tiene casi presión... Parece que Lomas de Tafí se llevó todo. En Berlín hice una bicicleteada de horno, pero no pude encenderlo, allí son muy estrictos con algunas cosas.

- Me decís que cambiaste tu obra.

- Comencé a trabajar con el ladrillo, el horno y el huevo. No tenía el oficio, porque era el menor y no me enseñaron, pero me di cuenta que venía de mi padre el gusto por el adobe. No tengo una fuerte tarea de territorio, pero en Buenos Aires me meto con comodidad en espacios que no conozco, y allí apareció el tema de las ollas. Soy un ‘culillo’... Mi madre está orgullosa, confió en mí que iba a ser un artista. Un hermano trajo una vez un skaraway en el camión de su trabajo y mi hermana, el cordero, que decía que era igualito a mí.

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