El último tango de Cacho de Buenos Aires

Se apagó la voz de una figura emblemática, habitante de una ciudad y de una cofradía social que ya pertenecen a otra época.

16 Oct 2019 Por Guillermo Monti
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Me fui.

Que nadie diga qu me rendí mansito, ¿eh? Miren que la dama de negro me hizo las mil y una. Pero a í me gustan las mujeres con pasado, así que nos cortejamos como se debe. Para todo hay un final y yo no puedo quejarme porque a la vida la vampiricé hasta el último segundo. Bebí todos los néctares y el caviar se me deshizo entre los dedos. Me decían Cachode Buenos Aires y no porque haya nacido en Flores. Es que la ciudad soy yo. Así, intrigante, seductora, ardiente, inspirada y absolutamente infiel. 

Los tangos me salían de las tripas, lo juro. A las palabras me las dictaba el corazón y en el escenario... Ah, e escenario... Miren, para mí era como un bulín. Ahí arriba me sentía un rey, podía cantar susurrando o susurrar cantando. El artista que diga lo contrario es un mentiroso y un decarado. “Buscaba por los escenarios/ los duendes que quedan después del aplauso/ no quise tener el fracaso/ de aquellos que nunca pudieron llegar”... Esa le escribí como una confesión.

Me da un poco de julepe lo que viene. Me imaginoconociendo a Carlitos, a Le Pera y a los guitarristas. Ja. Darle la mano a don Enrique Cadícamo y decirle a Homero Manzi que fue el más grande. Sentarme en una nube a escuchar a Pichuco y al maestro Astor. Que el Polaco y Edmundo me hagan un lugarcito para piropearlas a Tita, que también es de Buenos Aires, y a la Beba Bidart. Me imagino que entre tanto fenómeno habrá un rinconcito para Cacho, ¿no?

Me parece que en el cielo de los tangueros habrá un cartelito de prohibido fumar. Ay, faso que me hiciste mal y sin embargo te quiero. Te voy a extrañar tanto como a esa copa que nunca es la del estribo. ¡Qué linda es la noche! Fue mi territorio, no hay calle porteña que no me sepa de memoria. Hasta podría andar con los ojos cerrados sin tropezarme con los adoquines. Show, paredón y después... los brazos suaves y los labios fulgurantes.

Me decían romántico empedernido. Incurable. También insaciable. No lo niego; al contrario. A la mujer le dediqué todos los versos y todos los sueños. Les desnudé el alma y el cuerpo. Me gustaban todas y así cabalgué, de metejón en metejón. ¿Nombres? ¿Lugares? ¿Pero no saben lo que son los códigos? No ofendan el buen gusto.

El problema con ellas es que... son mujeres. Lo puse por escrito y lo canté, para que no queden dudas: “Me conociste atorrante, travieso y aventurero. /Un romántico canalla con fama de mujeriego./ Y a pesar de mi pasado con historias sospechosas/ te enamoraste de mí, mira lo que son las cosas... Y ahora me quieres cambiar/ y ya no entiendo más nada./ Dices que ya no te gusta lo que de mí te gustaba/ y ahora me quieres cambiar./ Que mis costumbres son malas, que las hiciste por mí/ y nunca las disfrutabas”. Me costó tanto entenderlo... hasta que me acostumbré.

Sin ser un bicho de estudio grabé un montón de discos y me di el gusto de actuar. Un galán con todas las letras, en el cine y en la televisión. Pura pinta. Es que los cantores de tango tenemos mucho de actores. Cada vez que interpreté “Café La Humedad” le agregué un gesto distinto, porque al público hay que hacerle una caricia creativa. Y hasta me dieron el Konex. ¡A mí, al Matador!

Las despedidas no tienen por qué rimar con la tristeza. Cuando la Parca me dio la mano, después de tantos amagues, se la agarré confianzudo, como soy, y me dejé conducir. Caminamos entre la bruma, mientras la luna va y viene. Esta vez no es verso.

Me fui.

Texto: Guillermo Monti

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