Aquí, en la Amazonia

30 Ago 2019 Por Álvaro José Aurane
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Con el dólar sin precio ni techo, el riesgo país flameando como la bandera del cólera, la inflación como una pesadilla que se sueña estando despierto y la bolsa con síndrome bipolar, la Argentina arde como la Amazonia. Es una metáfora, por supuesto: por momentos, la catástrofe de la jungla tropical promete volverse en el corto plazo mucho más controlable que el desastre de esta nación donde la dirigencia amaga con reinstaurar la ley de la selva.

La escalada de incendios se alimenta de institucionalidad. Unos y otros le prenden fuego a la democracia y a la república. La oposición responsabiliza de la situación a la impericia del oficialismo. Entonces, Alberto Fernández espanta al FMI; los gobernadores acuden a la Justicia contra las medidas fiscales que rebajan impuestos coparticipables (una medida que da enorme poder a la Corte sobre la gestión que viene, más que sobre la que termina); al tiempo que los senadores velan las armas en la Cámara Alta. Enfrente, el macrismo y el radicalismo le achacan la culpa al peronismo y lo acusan de intentar “voltear” al actual Gobierno. Entonces, venden reservas por valores escalofriantes; redoblan la apuesta con el “reperfilamiento” de la deuda y la envían al Congreso para que el PJ diga formalmente “sí” o “no”; y, en Tucumán, referentes de ese espacio político aparecen prometiendo bonos de $ 5.000 a sus empleados si Juntos por el Cambio gana las elecciones, todo un dechado de delincuencia electoral y extorsión.

Las consecuencias de esta escalada no se reducen a la calidad del sistema de Gobierno, sino que pronostican la prolongación dolorosa de la crisis sobre la maltrecha calidad de vida del pueblo. La crisis que obligó a Raúl Alfonsín a entregar anticipadamente el Gobierno le significó una penuria descomunal a los argentinos, mientras que a Carlos Menem le supuso dos años de presidencia en un contexto de angustia económica que le costó tres ministros de Economía (Miguel Ángel Roig, Néstor Mario Rapanelli y Erman González), hasta que la “convertibilidad” de Domingo Cavallo solucionó la inflación, a costa de otros costos. El fracaso de la Alianza y la renuncia de Fernando de la Rúa a mitad del mandato derivaron en que Eduardo Duhalde debiera convertir el “corralito” en “corralón”. El que depositó dólares no retiró dólares; la pesificación asimétrica y los bonos gestaron una industria del juicio y de la especulación; las decenas de miles de argentinos que se fueron a buscar vida en el extranjero, y los millones que se quedaron, comprobaron que no estábamos condenados al éxito; y pasaron otros dos desérticos años hasta la recuperación económica que se vivió durante la presidencia de Néstor Kirchner.

La hoguera institucional

Esta hoguera en la que se consume el futuro inmediato de otra generación llega a Tucumán con una nube de humo político que empaña la visibilidad y sólo permite otear el corto plazo.

Precisamente, el gobernador Juan Manzur tosió esta semana que planea quedarse a cumplir su segundo mandato, en lugar de asumir en el Gabinete nacional si gana Alberto Fernández. La aseveración debe ser leída, concretamente, como una receta para aplacar ansiedades ajenas. En un país que vive al día (sin certeza del valor de su moneda de una mañana para otra), aventurar escenarios que deben darse en diciembre es baladí. Sin embargo, desde la semana pasada, Manzur se dio con que sus teléfonos y los de su entorno estaban en llamas por los llamados que recibían desde todas las provincias. Y desde todos los sectores. El volumen de mensajes y la cantidad de pedidos que estaba recibiendo para transmitir a Alberto Fernández se estaba convirtiendo en un problema sin pausa, que le insumía horas de agenda, razonó el domingo, cuando tomó el avión junto con el fiscal de Estado Federico Nazur para presentar al día siguiente en la Corte federal su demanda contra la Nación por el Fondo Soja.

Subsidiariamente, Manzur también envió un mensaje al oficialismo provincial: hay que abocarse con todas las energías a la coyuntura, en lugar de estar elucubrando si él se va o si se queda, y acerca de quiénes se van a la Legislatura y quiénes se quedan en Casa de Gobierno.

En sentido contrario a sus expresiones, los gestos de Manzur hacia Fernández, y viceversa, hablan de un vínculo estrecho que puede prolongarse en el Gobierno federal. El tucumano, en ese sentido, ha cultivado durante su carrera política tres núcleos de relaciones que, hoy, son de fundamental importancia para el candidato a Presidente del Frente de Todos.

El fuego de los gobernadores

En primer término, los gobernadores. Fernández ha dicho que gobernará “junto con los 24” jefes de Estados locales, no tanto por un anhelo federal como por una necesidad política. Si se replican en octubre los resultados de las PASO, el próximo Gobierno tendrá a Cristina Fernández de Kirchner presidiendo el Senado; y a su hijo, Máximo Kirchner, como uno de los diputados más gravitantes de la Cámara Baja. En compensación, la ex presidenta, antes de anunciar la fórmula en la que ella es candidata a vice, reunía el apoyo de un número de gobernadores que se podían contar con los dedos de una mano. La semana pasada, en el Consejo Federal de Inversiones, Alberto Fernández reunió a los 19 mandatarios peronistas (el cordobés Juan Schiaretti mandó a su ministro de Economía; y la santacruceña Alicia Kirchner, a su vicegobernador). A ellos les responde un número sustancial de parlamentarios. Manzur, como se avisó, fue el cuasi anfitrión.

En todo caso, hay que recapitular que el tucumano no sólo es un elemento convocante de buena parte de los gobernadores, sino que también puede ser un instrumento dinamitante. A fines de 2018, los mandatarios también supieron reunirse en torno de un espacio que entusiasmó a muchos: Alternativa Federal. Manzur, personalmente, se sumó en octubre de a esta “juntada”… y se encargó de derrumbarla cuatro meses después. El 4 de febrero pasado (era el lunes elegido por el nucleamiento que encabezaban Schiaretti, el salteño Juan Manuel Urtubey, el senador Miguel Pichetto y el diputado Sergio Massa para el gran acto en Mar del Plata), el ex ministro de Salud de la Nación dio portazo con una carta que reclamaba la unidad con Cristina, a la vez que denunciaba que quienes querían excluirla estaban trabajando para Macri. La mayoría de los gobernadores. Unos dicen que Manzur hizo volar por los aires un armado en el cual él no era una figura rutilante. Otros afirman que accedió a un único pedido de la ex mandataria. Como fuera, dio resultado: los “sonreidores” de “La foto de los 4” están, todos, en espacios diferentes. Y los mandatarios “invitados” están con Alberto.

La brasa sindical

El segundo colectivo de poderosos dentro del cual Manzur tiene un asiento reservado es el de los popes de la Confederación General del Trabajo. Si se reitera la certeza estadística expuesta arriba, referida a que los gobiernos que llegan al final de sus mandatos de manera traumática legan un par de años difíciles a las gestiones que los suceden, Alberto Fernández va a demandar unas aceitadas relaciones con los grandes (o “gordos”) líderes sindicales del país para pilotear esa carestía sin mayores turbulencias.

El tucumano, otra vez, viene construyendo una relación sólida con esos dirigentes “pesados” desde hace una década. Llegó al Ministerio de Salud de la Nación en 2009 y se fue en 2015, sin el más mínimo reparo del sindicalismo, a pesar de que esa cartera nacional maneja la delicada, estratégica, millonaria y a menudo conflictiva caja de la que salen los recursos para las obras sociales gremiales. Para mejores vinculaciones, la CGT retribuyó aquella década manzurista de tranquilidad concurriendo masivamente al acto del 17 de octubre del año pasado, durante el cual Manzur renunció a cualquier proyecto de integrar una fórmula presidencial, llamó a la unidad del peronismo y anunció que buscaría la reelección junto con Osvaldo Jaldo.

La llama empresaria

La tercera puerta que abre el llavero de Manzur es la del empresariado. La importancia del universo de la actividad privada para quien aspire a presidir la Argentina huelga mayores consideraciones. Y el gobernador, para intentar una economía de ejemplos, tiene una conocida y dilatada amistad con Hugo Sigman, el líder de la industria farmacéutica en el país.

Complementariamente, Manzur ha dado cuenta públicamente de su ascendencia con buena parte de los hombres de negocios más poderosos del país. Lo exteriorizó en julio de 2016, con lo que se llamó la “Reunión de Empresarios del Bicentenario”. En un acto en la Casa Histórica se mostró con Eduardo Eurnekian, titular de Corporación América y Aeropuertos Argentina 2000; Jorge Brito, presidente del Grupo Macro; Juan Bulgheroni, de Panamerican Energy; José Cartellone, de Cartellone Construcciones; Adrián Werthein, titular del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp); José Chediack, del Grupo Phronesis; Gustavo Grobocopatel, de Los Grobo; Pablo Stanley, de Aceitera General Deheza; Fernando Suárez, de Corporación Puerto Madero; y Romain Corneille, de la citrícola San Miguel, sólo por mencionar una decena.

Estas puertas, cuando se abren, hacen que la gobernación de Tucumán tenga vista a la Casa Rosada.

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