El médico que no era médico y el muerto que no estaba muerto

23 Ago 2019 Por Guillermo Monti
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El sistema, la culpa siempre es del sistema. Si se cuela un médico trucho en la estructura del Estado es porque falló el sistema, como si la negligencia fuera propiedad de un software. La explicación en estos casos suena a novela distópica: una burocracia pensante y capaz de tomar sus propias decisiones, que se permite burlar a la ciudadanía introduciendo un falso médico legista. Al menos para preservar lo que queda de decoro, el fiscal de Cámara Enrique Rojas exclamó: “aquí hay responsables que ubicar, porque esto es inadmisible”. “¡El horror! ¡El horror!”, exclamaría Marlow, pero no ante la matanza de Kurtz en el corazón de las tinieblas, sino de cara a la Regional Sur de la Policía. Sí, este caso es un horror.

Nadie quiere tirar de la punta de este ovillo, porque al desenredarse las sorpresas pueden ser de lo más desagradables. Al médico trucho le tocó intervenir en toda clase de casos, muchos que involucraron a víctimas de violencia de género o de abusos sexuales. Y hubiera seguido, pero lo condenó la ambición de un ascenso. De lo contrario lo esperaba una plácida jubilación, al cabo de una vida de “servicio” en la Policía tucumana. Como institución, la Policía vive regida por un sistema que naufraga una y otra vez, como esos servidores incapaces de soportar altos volúmenes de información. “Se cayó el sistema”, suelen informar los empleados en cualquier mostrador. El de la Policía es un sistema tan trucho como el falso médico legista.

La Universidad Tecnológica Nacional (UTN) subrayó que el médico trucho no forma parte en la actualidad de su staff de profesores. Pero no niega que haya ejercido la docencia en el pasado, en la materia Enfermedades Profesionales. “Estaba contratado, pero como no tuvo buen rendimiento se decidió que no continúe”, aclararon/oscurecieron las autoridades de la UTN. Entonces el sistema falló, porque el médico trucho llegó a pararse frente a los alumnos en el aula; pero después ese mismo sistema se rectificó, pero no porque se haya descubierto la estafa, sino porque el sujeto en cuestión no superó determinados filtros de calidad educativa. Todo demasiado confuso.

El sistema es una máquina saboteada por toda clase de fantasmas. Una caja en la que Pandora amontonó lo más nefasto de la tucumanidad y por eso genera tanto pavor abrirla. ¿Cuántos falsos médicos legistas habitarán en este ecosistema capaz de albergar un tramposo que ejerce amparado en la matrícula de un profesional fallecido? Si uno lo hizo, ¿por qué no suponer que hay muchos más en la misma condición? Y no sólo médicos: abogados, arquitectos, ingenieros, contadores, docentes; todo aquel en condiciones de falsificar un título, de inventar un currículum, de encontrarle el agujero al mate del sistema. ¿Quién controla al sistema en el seno del sistema? Si lo primero que hace cualquier matrix es eliminar sus propios anticuerpos, no hay escape posible.

No estaba muerto...

Veamos lo sucedido en Filosofía y Letras. Compungida, la Facultad emite un comunicado lamentando la muerte de un alumno de la carrera de Trabajo Social. Acto seguido, en señal de duelo -como es costumbre- dispone asueto. El sistema actuó como reflejo de una serie de datos que circulaban por las redes sociales. A nadie se le ocurrió chequear la información y por eso no entendían nada cuando al rato apareció el muerto, que no andaba de parranda, sino que llegaba a clase como todos los días. Sí, un horror.

Y eso que lo peor vino después, cuando la Facultad se apuró a salvar la ropa con otro comunicado. Dice así: “las autoridades de esta casa de estudios se dirigen a sus miembros a fin de rectificar la información, oportunamente difundida, acerca del estudiante Josué Marcos Lescano. Con muchísimo pesar se comunicó que el mismo había fallecido, en base a información que, en el transcurso de la jornada y por fortuna, se comprobó falsa cuando pudimos tomar contacto personal con el estudiante y su madre”. Un horror, pero falta: “las autoridades declaran su sorpresa y profundo desagrado por la manipulación a la que fue sometida nuestra comunidad, especialmente sus compañeros y compañeras que actuaron de buena fe en todo momento. Exhortamos a un uso responsable de las redes sociales para evitar situaciones tan lamentables”.

La culpa, finalmente se determina, es de las redes sociales, no de quienes a esta altura de la historia todavía no descubrieron la existencia de las fake news. Esta coronación de la burocracia informática en el altar de lo infalible equivale al antiguo axioma: si está en el sistema debe ser cierto. O sea: si lo dicen las redes sociales es verdadero. Google, Facebook y WhatsApp han alcanzado tal grado de legimitidad social que son palabra santa, por más que informen la muerte de una persona sin otro fundamento que su propia marca. El sistema por excelencia, internet, ganó hace rato la partida.

Detrás de la fachada

Por obra y desgracia de Gustavo Gabriel Lindor Figueroa ahora todos se miran con desconfianza. No le faltan nombres al médico trucho, que además de rubricar con su firma las actuaciones de la Policía “atendía” en un consultorio. Nueve años le llevó al Departamento de Fiscalización Sanitaria advertir que el doctor Figueroa no era doctor, y no fue gracias al sistema sino a una advertencia de la propia ministra de Salud, Rossana Chahla. En los Tribunales de Concepción, donde están radicadas las causas, no se habla de otra cosa.

Los sistemas tienen la particularidad de que se regeneran, como las células, y cubren con nuevos tejidos las llagas generadas por algún accidente. El descubrimiento de un médico trucho es un oprobio para el sistema, que vive de un prestigio y de una épica con los que suele autopremiarse. Ficticios, por supuesto, pero -como las fake news- listos para convencer al resto de su existencia. Entonces, lo que para la sociedad es una vergüenza -un horror-, para el sistema es una mosca en la pared.

Es muy difícil, casi imposible, que un sistema implosione, salvo casos excepcionales. Por ejemplo la AFA, donde el sistema era de carne y hueso. Se llamaba Julio Grondona. Muerto Grondona -el sistema- lo que quedó fue tierra arrasada, un festín para buitres que siguen aliméntadose con los restos.

Si se develara la existencia de una extensa lista de profesionales truchos en la estructura del Estado el sistema no lo soportaría, así que lo más probable es que a Figueroa el sistema le propine el castigo que se merece mientras, puertas adentro, se cerciora de que las cosas sigan como están. Porque ese es un principio inviolable del sistema: jamás, pero jamás, permite cambios de fondo que atenten contra su propia lógica.

La provincia da para todo mejor. O mejor dicho, el sistema en el que vivimos inmersos, con una ilusión de libertad que de tan falsa hasta provoca ternura. A veces al sistema se le ven las costuras, pero hasta ahí nomás.

Realidad mata ficción, y con el perdón de William Faulkner, quien sostenía que la buena literatura es más verdadera que cualquier periodismo. No en Tucumán, maestro Faulkner, no en Tucumán.

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