Amar a un niño como si fuera propio y dejarlo ir seis meses después

Las familias de acogida cumplen un papel fundamental, pero son pocas. La historia de los Gómez: “creás un vínculo para siempre”.

UNA FAMILIA MUY ESPECIAL. Liliana, Mili, Benjamín, Sergio y Mateo constituyen una familia de acogida que recibe temporalmente  chicos que luego serán adoptados por otras personas. la gaceta / foto de diego aráoz UNA FAMILIA MUY ESPECIAL. Liliana, Mili, Benjamín, Sergio y Mateo constituyen una familia de acogida que recibe temporalmente chicos que luego serán adoptados por otras personas. la gaceta / foto de diego aráoz

Los Gómez son una familia fuera de serie.

No es porque sean súper divertidos y originales. Ni porque viajen por el mundo en un motorhome. Nada que ver. Ellos son distintos por su capacidad de dar amor a un niño desconocido como si fuera un integrante más de la familia, por su poder la transformarle la vida a ese pequeño y luego aceptar que se tiene que ir.

Escenas de esta familia tan particular son:

El papá, Sergio, en una sala de espera de hospital con un bebé de siete días en brazos, a quién acaba de conocer. El pequeño llora y él saca la mamadera y logra calmarlo. La mamá, Liliana, durmiendo sentada en un sillón porque es el único lugar donde el niño no extraña a sus compañeros de la Sala Cuna. Mili, la hija mayor, programando salidas con su novio que incluyen visita a la calesita y a los juegos de la plaza. Mateo, el hijo del medio, suspendiendo una salida al boliche porque este sábado a la noche toca película y disfraces con el pequeño. Benjamín, el menor de la casa, apurándose para hacer la tarea del colegio y así llegar a tiempo a cuidar al bebé en los turnos que le toca.

El título oficial de los Gómez es: “Familia de cuidado transitorio”. Básicamente, lo que hacen estos tucumanos fuera de serie es amar a uno o varios niños como si fueran hijos propios, pero sabiendo que es por un período de tiempo determinado. Reciben a chicos que están atravesando su primera infancia, cuyos derechos fueron vulnerados y que, por ende, debieron ser separados de sus familias de origen tras determinarse una medida judicial. Casi todos ellos terminarán siendo adoptados. La idea es que no estén institucionalizados y que en estas familias vayan adaptándose a lo que les espera en el futuro: una vida en una casa.

Además, en estos lugares se busca que tengan una atención mucho más personalizada de la que podrían en una institución para menores. “Cuando llega la familia adoptiva y viene a buscar a su hijo es el momento sublime para nosotros, es ahí donde uno se siente realizado. Los sentimientos son encontrados, porque lo cuidamos como a un hijo más”, dice Liliana, dueña de unos ojazos azules. “Me pasó la última vez cuando la mamá se encontró con el niño y vi cómo se conectaron… ese instante es impagable”, añade.

Liliana (47 años) es maestra especial y su hija mayor, Mili (19), se está formando en la misma profesión. El papá Sergio se dedica al rubro de la construcción y los otros dos hermanos van a la secundaria. Viven en una casa de dos pisos en el sur de la capital. Todos tienen una agenda cargadísima de actividades con dobles turno de trabajo y estudio. Sin embargo, se hacen tiempo para no ahorrar en emociones, llegadas de niños, crianzas y despedidas.

-¿Por qué decidieron convertirse en una familia de tránsito?

- Todo comenzó hace cuatro años en unas vacaciones en El Mollar. Los chicos vieron un aviso televisivo y nos propusieron que seamos hogar de acogida. Les dijimos que ya lo íbamos a pensar. En esos días, mi hija bajó a una misa de 15 años y aprovechó para anotarnos. Al subir, nos dijo que nos iban a llamar para una entrevista- cuenta Liliana.

A Mili no la retaron ni se enojaron con ella. Apenas los llamaron, fueron sin problemas a la entrevista. “Tenemos mucha formación espiritual. Recibimos cariño de un montón de gente, en los buenos y en los malos momentos. Siempre coincidimos en que teníamos que dar algo de tanto amor que nos dieron a nosotros. Y se dio así”, cuenta la mamá.

Un mes después los llamaron para avisar que iban a recibir un bebé de siete días. Alistaron todo y, al fin, llegó el pequeño. “Lo tuvimos nueve meses con nosotros. Fue una experiencia maravillosa. Mis hijos se hicieron más responsables; se turnaban para cuidarlo. Todos nos adaptamos rápidamente y el niño se convirtió verdaderamente en un hijo más”, recuerda.

Cerca de la Navidad, les avisaron que el menor ya tenía una familia y que pronto lo pasarían a buscar. “Sabíamos que ese instante iba a llegar. Igual fue doloroso porque perdimos todo el contacto con el bebé. Nos tomamos más de un año para reponernos de esa despedida. Justo arrancaba un nuevo programa de Familias de Tránsito, esta vez mucho más organizado, así que decidimos sumarnos”, cuenta Liliana.

Después de varios meses de preparación y evaluaciones, los llamaron para visitar al niño que iban a acoger, en principio, por tres meses. Fue el 22 de enero pasado. “En la presentación nos dijeron que se trataba de un pequeño de un año y seis meses que había llegado a la Sala Cuna cuando tenía cuatro meses. Creían que podía tener hipoacusia porque no se comunicaba, era un chico con muy poca expresividad y había sufrido demasiadas otitis siendo bebé”, describe la mamá.

En el primer encuentro se dieron cuenta de que no les estaban mintiendo. “La cosa venía complicada. Juan (nombre ficticio) era una piedra, literalmente. Le hablábamos, lo abrazábamos y él nada. Durante dos semanas tuvimos un tiempo de vinculación. Lo buscábamos, lo llevábamos a los juegos durante tres horas y luego lo devolvíamos a la Sala Cuna. Cuando lo trajimos a casa, la cuestión no mejoraba mucho. Solo decía la palabra ‘no’. Y se dormía únicamente sentado en el sillón”, apunta Sergio.

Pero los días pasaron y el pequeño se fue acoplando al estilo de vida de sus papás y hermanos de tránsito. La sobrestimulación de la familia logró arrancarle el caparazón. “Aprendió a llorar, a bailar, a nadar y a jugar; incorporó un montón de palabras e incluso los llamaba a sus hermanos por su nombre”, remarca Liliana. A ella y a Sergio les decía “Nana” y “Teto”. “Nunca quisimos que nos diga mamá y papá porque eso estaba reservado para otras personas que iban a llegar pronto. Y otro detalle: nunca más se enfermó”, cuenta.

Hace dos meses se despidieron de él. En realidad, fue un hasta luego porque siguen conectándose a través de videollamadas y hasta lo visitan. Los padres adoptivos están encantados con esa vinculación. “Ustedes le cambiaron la vida”, les dijeron. “No es para tanto. El niño sólo necesitaba un empujoncito, conocer lo que es el calor de una familia antes de tener una definitivamente”, dicen los Gómez. Ellos sostienen que los logros en Juan no son nada en comparación de lo que han ganado. Amar sin límites a un ser indefenso, y hacerlo sin pedir nada a cambio, eso es un don. Un don solo presente en las familias fuera de serie. Como los Gómez.

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