Manuela Rasjido, la alquimista del tinte natural

La diseñadora y artista textil catamarqueña expone hoy sus trabajos. Cuenta sobre su proceso creativo casi mágico y proyectos en curso.

MUESTRA. Manuela Rasjido posa entre sus prendas, que serán expuestas hoy en el Centro Cultural Rougés. la gaceta / foto de analía jaramillo
MUESTRA. Manuela Rasjido posa entre sus prendas, que serán expuestas hoy en el Centro Cultural Rougés. la gaceta / foto de analía jaramillo
Por Florencia Bringas 04 Julio 2019

Cuando busca el color que la deslumbre en su olla de cobre donde luego teñirá la lana de oveja finamente hilada se siente como una alquimista, como una hechicera del medioevo. Esa escena se desarrolla en su taller, ubicado detrás de su casa en Santa María (Catamarca). Para Manuela Rasjido ya no es algo anecdótico usar tintes naturales recolectados de la montaña o traídos especialmente de México o recibidos entre las palmas de la mano de algún cómplice de ese proceso casi mágico. Hoy lo hace con una visión más conceptual, más contemporánea, más artística. Y no es casualidad que en 2018 haya recibido el premio a la Trayectoria Artística en el Salón Nacional de Artes Visuales, del Museo Nacional de Bellas Artes. En esa ocasión presentó un tapiz y una capa, que terminaron formando parte del patrimonio del Museo. Lo inusual es que con ello, por primera vez ingresa a la colección del museo una prenda de vestir.

La ganadora del premio Konex de Platino en 2012 siente que tiene una deuda pendiente con Tucumán. Es que prácticamente empezó en nuestra provincia su carrera de 42 años. Por ese motivo trajo su muestra “Mi memoria como camino”, que se inaugura hoy, a las 20.30, en el Centro Cultural Alberto Rougés de la Fundación Miguel Lillo (Laprida 31).

Rodeada por piezas únicas, como todas las de su colección “Arte para usar”, de cerámicas y de kimonos, que son algunas de sus últimas creaciones, Manuela cuenta a LA GACETA sobre esas prendas que son material de estudio en diferentes universidades del país. Y sobre su infinita inspiración que le llega de los Valles Calchaquíes.

- Me sorprende ver kimonos entre sus creaciones

- Es que me estoy entusiasmando para investigar por qué en nuestro cordón andino los parecidos son tan fuertes con el noreste asiático. Hay similitudes tanto en la etnia, como en las formas de textiles, más que nada con los de Perú y Bolivia. Sin duda hubo ahí un encuentro, de allá para acá o al revés. En el museo de Leningrado hicieron un estudio muy importante y una sesión de fotos del período zarista, pero de la zona de Mongolia. Me quedé impresionada por el parecido. También en la universidad de Valencia, en conjunto con los rusos, están realizando estudios importantes sobre la ropa y los ritos. Son idénticos. Ese tema me está apasionando y, en cierta parte, lo oriental siempre estuvo en mi ropa. Ahora específicamente estoy con los kimonos. De hecho, con la embajada de Japón hicimos una muestra conjunta: ellos con sus kimonos y yo con los míos.

- No se separa de su Santa María natal...

- La elección de vivir ahí es todo un concepto ya. Lo más lógico era que haciendo mi ropa viviera en otra parte. Costó. Fue mucho esfuerzo, sobre todo por el traslado. A los artistas que vivimos lejos nos cuesta muchísimo. El transporte es caro y si allá no te reciben, es una odisea.

- ¿Cómo son sus días creativos allí?

- Cada vez hago menos cantidad, pero más exclusivo. El año pasado gané un premio importante del Museo Nacional de Bellas Artes a la Trayectoria. Y lejos de quedarme quieta, me hizo mover, experimentar con cerámica, con piezas para colgar.

¿Qué mantiene de ancestral en sus técnicas de creación?

- Solamente las técnicas, pero las hago de una manera refinada, con concepto contemporáneo y universal. Que tenga un lenguaje que se pueda entender en cualquier pasarela del mundo. Que esté bien hecha, con un buen calce. Siempre huí de la guarda santamariana, del sapito... Es complicado hacer moda/arte.

- ¿Cuánto le lleva hacer una prenda?

- Lleva muchísimo tiempo. Hago hilar la lana muy finito. Eso se está perdiendo. Ya no queda gente que lo haga, salvo personas muy mayores. Es que los tiempos son acelerados y yo voy a contramano. Ahora se hace todo más grueso, más rápido. A nadie le dan los tiempos para hilar en este grosor (y toca su abrigo rojo, su color favorito).

- ¿Qué cuentan sus piezas?

- Un paisaje emocional que tengo de mi lugar. Para mí el valle y el lugar donde vivo es una fuente inagotable de inspiración, en varios sentidos: antropológico, técnico, por sus colores, por sus ... Es infinito y da para muchísimo más, en diferentes lenguajes. Por ejemplo, ahora trabajo con miniaturas textiles, prendas, cerámicas, paños bordados y sigo... Me gusta contar historias a través de imágenes visuales, para que la gente se olvide que es arte, sino vida.

- ¿Le cuesta desprenderse de sus creaciones?

- ¡No sabés cuánto! Las escondo una vez listas. Mi marido (el artista Enrique Salvatierra) no entiende. Es que le doy valor hasta a ese color único que después no lo voy a sacar más.

- ¿Cómo es su relación con la nueva generación de artistas textiles?

- Doy a veces clínicas en la UBA y en la Universidad de Palermo. Y por ejemplo, en Mar del Plata, en Palermo y en la UBA están haciendo sus tesis con mis trabajos. En ese encuentro con ellos les digo: “saquen lo que tienen adentro. No copien, porque la copia tiene un camino cortito y lo interior es infinito”.

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