Buenos ejemplos: dos bares tienen como mozos a personas con discapacidad

Las historias de Cristian Ríos y Luciano Maza tienen mucho en común: una oportunidad que se abre, unas tazas de café y la independencia tan deseada.

22 May 2019 Por Florencia Bringas

En un bazar sus historias se encontraron. Sucedió cuando Esteban Rossi fue a comprar nueva vajilla para su bar que abrió hace dos años en San Martín 153. Allí escuchó una conversación entre dos personas de ese local, en la que dijeron algo como esto: “No creo que funcione acá. Mirá si me rompe vasos o platos. No creo que pueda trabajar acá”. Muchos “no”. Entonces, se animó a preguntar más, a pedir datos, a llamar a ese joven con síndrome de Down, a decirle que trabajen juntos. Y a las pocas semanas Cristian Ríos, de 29 años, llevaba la bandeja con pocillos de café de mesa en mesa.

A unas dos cuadras, en Córdoba y Monteagudo, el viernes abrió un nuevo bar con un 50% de empleados que tienen alguna discapacidad o dificultad para conseguir empleo. Son pequeños ejemplos, o puertas que se abren, de situaciones que deberían ser algo tan común. El trabajo es un derecho para cualquier argentino: existe una ley de cupos que busca garantizarlo, que pretende facilitar su inclusión, y que obliga al Estado a tener al menos un 4% de personas con discapacidad trabajando en sus oficinas. Pero la realidad es otra, según una encuesta de la consultora Adecco: revela que sólo una de cada cuatro personas con discapacidad consigue trabajo.

GRUPO DE APOYO. Esteban Rossi, con sus empleados: Nancy, Cristian Ríos (con el moño de mozo) y Claudio.

Muchachos especiales

Cristian Ríos es introvertido. Con pocas palabras dice que le gusta estar ahí, que trabaja todos los días, de 8 a 12, y que tiene experiencia laboral en otro bar, pero de su ciudad natal. No tiene un mal día. “Es muy capaz, educado y atento. Siempre está con una sonrisa. Brilla. Tiene algo especial ese muchacho”, así lo describe Rossi. Pero antes de llegar a conocerse, de que se genere esa confianza mutua, el empleador del joven tuvo que hablar con la madre, que le contó que Cristian se movía con total independencia entre la Banda del Río Salí y la capital. También charló con el personal del Instituto de Educación Especial e Integración Escolar (Edapi), en el que Cristian estudia y recibe formación laboral. Ellos fueron el nexo para que hoy sea compañero de Claudio y de Nancy en Agustino, y que sea un mozo más en San Miguel de Tucumán.

A dos cuadras de donde trabaja Cristian, las mesas de madera color natural, sin barnizar, dan fe de que hace pocos días abrió el bar llamado Up. Luciano Maza es uno de los mozos. Tiene 35 años y un retraso madurativo. A unos pasos de él, como cualquier comensal, está su padre, José, que es un experimentado mozo de carrera. Le da consejos. Observa cómo se mueve su hijo entre las mesas, cómo sirve el café, cómo saluda.

EXPERIENCIA. En el bar Up, esta vez Luciano Maza le servirá un café a su padre José, que también es mozo. LA GACETA / FOTOS DE ANALÍA JARAMILLO.-

“Mi papá me dijo, también a mis compañeros, que salude bien, que hable con respeto. Porque de esa manera me devolverán el gesto con lo mismo”, explica el novel mozo, cuyas primeras experiencias fueron en un supermercado y en la cocina de otro bar. El nexo con esas empresas fue la Clínica Casa Grande. Se trata de un centro de formación de profesionales, cuyo objetivo es la inclusión social de personas con discapacidad. Por otra parte, la Fundación Minka también conectó a otros jóvenes con este emprendimiento gastronómico y que hoy son compañeros de Luciano, como mozos o ayudantes de cocina.

El deseo del joven tucumano es seguir trabajando en Up, “para siempre”, pero sabe que no sólo depende de él. “La gente tiene que venir a tomar un café para que no cierre y nos siga dando trabajo”, reflexiona.

Ninguna diferencia

El bar ubicado en Córdoba 191 nació como una idea disruptiva y eso es justamente lo irónico: ¿es tan difícil incorporar personas con discapacidad en un local comercial? Para quienes participan con sus experiencias en esta nota la respuesta es no. “Aetti es una organización que trata de acompañar emprendedores para convertir ideas en negocios. Si esos negocios son tecnológicos, llevarán su tiempo, ya que no es fácil desarrollar un proyecto de innovación y convertirlo en algo comercial. Entonces pensábamos en cómo generar ingresos emprendiendo en el corto plazo. Y como siempre tratamos de hacer las cosas de la forma más disruptiva, nació lo del bar: dijimos ‘hagamos algo diferente sin marcar ninguna diferencia’, como un bar inclusivo”, explica Omar Rivas, uno de los fundadores de Up y socio fundador de la Asociación de Empresas Tucumanas de Tecnología de la Información (Aetti). En Up trabajan 14 personas, de las cuales siete tienen diferentes discapacidades. Uno de ellos se está recuperando de una adicción, que hoy lo empuja a esforzarse más que nadie. Es una nueva oportunidad que se dio, un camino que se abrió. Y este sí tiene retorno.

> Empresas inclusivas
Tres jóvenes con nuevas oportunidades

La Fundación León tiene un proyecto llamado Empresas Inclusivas, en el que invita a todos los sectores a incluir a personas con discapacidad al mundo laboral. “Se trata de articular a la Fundación como organización de la sociedad civil y a las empresas, que desarrollan, en su mayoría, acciones de responsabilidad social con impacto en personas y comunidades”, destaca el director ejecutivo, Diego Aguilar. De los 450 currículum que recibieron, por estos días seleccionaron a tres personas con discapacidades para que empiecen su entrenamiento laboral. La Fundación hace un acompañamiento, a cargo de una licenciada en Recursos Humanos. Si alguna empresa quiere sumarse al proyecto Empresas Inclusivas, puede escribir a [email protected]

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