Un hallazgo ayuda a explicar el “cómo” de la biodiversidad

Dos biólogas del Conicet y su equipo hallaron que la evolución por interacción recíproca es más frecuente que lo que se pensaba.

17 Mar 2019 Por Claudia Nicolini

“Allá por 1862 a Charles Darwin le mandaron una orquídea que le llamó mucho la atención, porque tenía el nectario muy largo. Como buen científico se preguntó por qué, y lanzó la hipótesis: ese ‘largo tubo’ tenía que cumplir una función”, cuenta la bióloga Silvia Lomáscolo, del Instituto de Ecología Regional (IER), del Conicet. Pronto -sigue relatando- la función resultó clara para Darwin: debía filtrar polinizadores que no fueran efectivos y permitir sólo a una especie, probablemente una polilla, alcanzar su néctar y polinizar sus flores.

Es más, lanzó predicciones: la polilla debía tener una “lengua” (en rigor, se llama espiritrompa, porque tiene forma de espiral cuando está “guardada”) tan larga como el nectario. Y -aquí viene lo crucial- los rasgos de ambas, flor y polilla, eran resultado de un beneficio recíproco que las había llevado a coevolucionar hasta alcanzar su particular morfología.

“La polilla hipotética fue encontrada 50 años más tarde, lo cual enfatiza la capacidad predictiva de la teoría de la evolución por selección natural, de Darwin. En ciencia, cuanto mayor poder predictivo tiene una teoría, más sólida se considera”, añade Silvia.

Más de 150 años después, biólogos como Silvia y Natacha Chacoff, también del IER (y sus compañeros de equipo: Diego Vázquez, del Instituto Argentino de Investigaciones de Zonas Áridas, de Mendoza -Iadiza-; Norberto Giannini, de la Unidad Ejecutora Lillo, Conicet Tucumán, y Rocío Castro-Urgall, del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados de Mallorca, España, que no pudieron estar) siguen descubriendo maravillados más y más interesantes datos sobre cómo funciona la selección natural.

“Durante siglos, la coevolución parecía reservada a estos fascinantes pero muy inusuales casos de especialización mutua tan estricta. Pero nuestros resultados indican que no es así”, cuenta Silvia durante la charla en “las cúpulas” de Horco Molle, donde funciona el IER.

- APENAS VISIBLE. El dedo de Silvia indica dónde está la abeja realizando la polinización.-

El hallazgo

En su estudio encontraron que la coevolución es mucho más común de lo que se pensaba, porque no necesita que la especialización recíproca sea exclusiva. “Es más, puede ocurrir entre interactuantes muy generalistas, siempre y cuando la magnitud de su efecto mutuo sea similar”, explica Natacha. En ese momento las caras empiezan a insinuar que no se entiende (lo que sucede con frecuencia cuando se trata de “ciencia básica”), y entonces comienzan a surgir metáforas. Con esta ayuda lo que descubrieron puede describirse así: la relación entre la polilla y la orquídea de Darwin puede equipararse con la monogamia absoluta: un polinizador específico (la espiritrompa no puede ser ni más larga ni más corta) y una flor muy particular, que requiere de esa trompa y de ninguna otra.

Y ese no es el único modo de relación; ni siquiera el más frecuente. Entre muchas plantas y sus polinizadores lo que sucede se parece más al poliamor, de las dos partes: diversos insectos “aman” variadas especies de flores.

Lo que el equipo encontró es que la coevolución también puede darse cuando no hay especialización recíproca, pero sí simetría de la interacción. Complicado, ¿no? Más metáforas: una relación abierta, con una pareja estable y muchos amantes más o menos ocasionales. En otras palabras: aunque flores y polinizadores sean variados, hay algunas y algunos que mantienen una relación especial. “Y esto no se mide sabiendo la frecuencia de las visitas -aclara Natacha- sino su porcentaje: hay coevolución cuando el porcentaje de los eventos de interacción es el mismo para los dos protagonistas”.

Silvia y Natacha, en el laboratorio.-

¿Cómo saberlo?

Para el hallazgo hizo falta mucho trabajo de campo, que Silvia y Natacha realizaron en el Iadiza, de Mendoza. “En realidad, no pensábamos encontrar coevolución. Pero contábamos con modelos de estudio que no tenía Darwin, por ejemplo, los conceptos de red y de nodo”, destaca Natacha. Y además, con computadoras.

Lo primero que hacía falta era establecer los vínculos, así que armadas con el aspirador (un tubo que permite colectar insectos cuando están sobre la flor, para reconocerlos) pasaron horas y horas colectando el material para construir la base de datos. Luego cruzaron la información, y fue entonces cuando detectaron patrones de cierta estabilidad en formas de interacción no exclusiva, incluso si cambian el lugar, el clima, la flora y la fauna.

La importancia

Explicar lo crucial del hallazgo de un nuevo antibiótico no es difícil. La cosa se complica muchas veces cuando se trata de ciencia básica (es decir, sin aparente aplicación inmediata y, por eso la más desfinanciada). Sin embargo, en este caso casi no cuesta nada.

“Nuestro hallazgo muestra que la coevolución tiene una importancia antes insospechada a la hora de explicar la existencia de la diversidad biológica. Y muestra la importancia de estas interacciones mutualistas para la evolución (el pase de genes a la próxima generación), la supervivencia de las especies, y el mantenimiento de la biodiversidad”, resume Silvia, y vuelve al trabajo: toma nota, mientras Natacha “empuña” el aspirador en la yunga horcomollense donde, a pesar de que el otoño ya se abre camino, las flores y los polinizadores mantienen su diversos tipos de romances.

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