Cuando el negocio le gana a la pasión de los hinchas

23 Feb 2019

En el fútbol conviven las alegrías y las frustraciones; el éxito y el fracaso; los triunfos y las derrotas. Debería ser normal que las reacciones fueran medidas, sin importar las consecuencias. Por ejemplo, celebrar la obtención de un título sin sobrepasar los límites de la tolerancia. Aceptar un descenso sin cometer locuras ni responsabilizar a otros. Ese sería el estado natural. pero la realidad es que el del fútbol es un ambiente en el que últimamente nada parece natural.

Sucede que el fútbol, además de ser el deporte más popular del mundo, se convirtió en ciertos niveles en un negocio que mueve muchísimo dinero. La pasión suele otorgar grandes dividendos y hay pocas personas más pasionales que un hincha de fútbol. Ese mundo donde nadie quiere perder fue aceptado hace tiempo por sus protagonistas que, en algunos casos, firman contratos generosos aunque muchos no logran justificar esa inversión. Cuando llega el fracaso están los que aceptan sus responsabilidades y afrontan las consecuencias. Otros asumen el papel de víctima y apuntan con el dedo a todo lo que los rodea. Salir indemne y prepararse para el siguiente desafío es la premisa.

Un claro ejemplo lo dio por estos días Walter Gastón Coyette. El técnico llegó a San Martín avalado por uno de los empresarios de moda en el fútbol argentino. Lo eligieron para torcer el rumbo del equipo tucumano, que había arrancado muy mal en la Superliga. Al comienzo fue visto con desconfianza. Venía de un par de fracasos profesionales y apenas unos días antes de desembarcar en La Ciudadela había sido despedido de San Martín de San Juan. Ese devenir de Coyette fue cuestionado incluso por Diego Maradona.

Desde que el DT asumió el cargo, el equipo nunca convenció. Apenas protagonizó dos momentos importantes: triunfo sobre Racing, en La Ciudadela, y victoria ante Atlético, en el Monumental. Llegó con un objetivo: sumar los puntos necesarios para que San Martín saliera de la zona del descenso en la tabla de los promedios. Sólo lo consiguió durante algunas horas, después de ganar el clásico. Con él, los tucumanos nunca sintieron que la salvación sería posible.

El entrenador cometió muchos errores y como conductor de un plantel es responsable de lo que el equipo produce. Uno de sus pecados capitales fue sacar a los “históricos” del equipo para el decisivo enfrentamiento con Belgrano. La decisión cayó como una bomba en el plantel, entre los hinchas e incluso dentro de la comisión directiva. Algunos pensaron en pedirle la renuncia ese día, pero consideraron peligroso alterar la paz interna en un momento crucial para la institución. Horas después se reunieron con él y acordaron la desvinculación.

Lejos de aceptar sus culpas, el entrenador repartió las responsabilidades. Apenas llegó a Buenos Aires comenzó un raid mediático para criticar a todos y ponerse a salvo. “Le dimos vida a un equipo que parecía muerto”, fue una de sus frases célebres. ¿En qué mundo vive? En ese mundo de fantasía donde lo único que importa es hacer buenos negocios y ganar plata. Allí no hay lugar para la pasión ni la razón. Mientras en La Ciudadela sufren, Coyette va preparando el terreno para seguir dirigiendo e intenta quedar como la única víctima de un proceso que fracasó en gran parte por su culpa. Mientras tanto, su representante ya debe estar buscándole trabajo. Alguien lo contratará, más por necesidad que por convencimiento. Es que en este fútbol moderno no importan los resultados. El negocio debe continuar.

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