¿El mejor lugar para su reposo final?

Por Osvaldo Emilio Martinetti, Capitán de Navío (R).

20 Nov 2018

Al fin los encontramos. Estaban en donde era más probable que estuvieran, cerca de la explosión. Pudimos por fin, descartar las descabelladas teorías que surgieron por desesperación o por conveniencia. No hubo torpedeos, ni colisiones, ni capturas. Sólo una tragedia que tal vez, sólo tal vez, podría haberse evitado.

La sociedad argentina encabezada por su dirigencia, se hace hoy las preguntas que debió hacerse hace muchos años. El actual interés por conocer los detalles técnicos de un submarino contrasta con la indiferencia absoluta de hace apenas un año. Esta sociedad que hasta hace poco desconocía que hubiera submarinos argentinos rutinariamente de patrulla, hoy puede hablar del snorkel, del periscopio y del límite operativo de inmersión. Enhorabuena, aunque este interés llegue por un desastre.

Los familiares de los tripulantes fallecidos han lidiado con su dolor de diferente manera, según sus recursos emocionales y su propia historia personal. Algunos sólo han podido encontrar consuelo en la irritación y el resentimiento. Han canalizado estos sentimientos de manera difusa, hacia la Armada en general o a veces, hacia los camaradas de sus seres queridos perdidos.

No es posible juzgar a quienes sufren un dolor tan lacerante. Sería indigno hacerlo. Pero es cierto que en el último año, innumerables camaradas de los 44 tripulantes trataron de hallarlos en medio de tempestades tanto del mar como del alma. No los abandonaron jamás, ni aún ante la evidencia de lo inevitable.

Hoy, familiares y allegados exigen que el buque sea reflotado, y probablemente ese clamor, estridente pero no unánime, seguirá haciéndose escuchar largo tiempo. La magnitud de las objeciones técnicas es abrumadora. Es una operación que, de ser posible, demandaría enormes recursos. Ni siquiera se intentó reflotar el pesquero “Repunte”, hundido en 53 metros de profundidad, con parte de su tripulación a bordo. Sin embargo, con sentimientos tan potentes en juego no pareciera ser esta la opción. Cabría entonces preguntar qué hubieran querido para sí mismos los tripulantes del ARA San Juan.

Obviamente nadie puede responder con certeza a esta pregunta. Pero ellos, los 44, están en el mejor lugar que un marino muerto en cumplimiento del deber podría escoger. Para ellos, ser submarinista era un honor y un privilegio, y lucieron con orgullo el distintivo que los señalaba como tales. Sin duda, lucharon por salvar a su buque hasta el último segundo. ¿No lo elegirían acaso como el mejor lugar para su reposo final? (Télam)

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