Se suele decir que una ciudad es la casa de todos. Sin embargo, algo que puede ser elemental, de fácil comprensión para cualquier ciudadano, no lo es, por lo menos, en Tucumán, donde generalmente no se cuida el patrimonio urbano, que sufre constantes depredaciones, y tampoco se respetan las normas viales. De modo que los problemas se vuelven crónicos, como consecuencia de una suerte de anarquía y de un control deficiente por parte de la autoridad.
San Miguel de Tucumán es una ciudad pequeña y antigua, con un microcentro de calles estrechas, y cuyo parque automotor es cada vez más grande. Ello genera serios inconvenientes en el tránsito y provoca contaminación ambiental. Son más que interesantes los puntos de vista del tucumano Gerardo Pisarello, que se desempeña actualmente como vicealcalde de Barcelona.
El abogado se refirió al derecho a la ciudad, que plantea cómo ejercer los derechos tradicionales, de participación política, de acceso a bienes básicos, de disfrutar de un entorno saludable, no contaminado en el espacio urbano. “Hay derechos clásicos, sociales que hay que pensarlos en clave urbana”, dijo y agregó que los jueces deberían estar formados en cuestiones referidas a lo que pasa en la ciudad.
Pisarello, que se doctoró en la Universidad Complutense de Madrid, señaló, a propósito del transporte público en nuestra capital, que habría que pensar en hacer del centro un lugar más amable. “Se han peatonalizado ciertas calles, pero todavía hay muchos autos”, dijo. Se refirió a las ciudades amigables, aquellas que son más respirables y más seguras, con barrios bien iluminados, donde se pueda pasear con tranquilidad, los chicos tengan espacios para jugar y no todo sean autos contaminantes o motos.
Señaló que debería tomarse en serio la lucha contra la contaminación, que esto no se limita a poner más verde en la ciudad. Comentó que en Barcelona, miles de personas mueren prematuramente cada año como consecuencia de la contaminación. “Es un grave problema de salud pública. Por eso hemos triplicado las bicisendas, hemos invertido en transporte público y hemos impulsado pruebas piloto cerrando manzanas enteras a los vehículos motorizados”, acotó.
Mientras en otras ciudades, como las alemanas, buscan reducir el empleo del auto particular, así como la contaminación atmosférica, en San Miguel de Tucumán no se ha podido aún replantear el tránsito, pese a los numerosos estudios realizados por expertos desde la década de 1990. Es cada vez mayor la concentración de vehículos que ingresan al centro. Por ejemplo, intentar llegar en cualquier vehículo a la plaza Independencia en las horas pico no sólo es un desafío a la paciencia, sino una pérdida de tiempo. Tampoco se ha avanzado en mejorar el transporte público, que sigue siendo deficiente en muchos aspectos. No se estimula el uso de la bicicleta, como un medio para desalentar el empleo del automóvil, y tampoco se han construido bicisendas, excepto en la avenida Las Américas, entre Belgrano e Isabel La Católica.
La prepotencia, la incontinencia y la imprudencia de los conductores se ven reflejadas a menudo en siniestros viales. Son alarmantes las transgresiones al tránsito, desde cruzar con los semáforos en rojo hasta adelantarse por la derecha; son los miles de motociclistas que circulan sin casco y de automovilistas, sin cinturón de seguridad, así como la ausencia de controles eficaces. La falta de educación -no sólo vial- es penosa, el respeto por los otros escasea. De manera que la reformulación del tránsito debería partir de objetivos claros, preguntarse qué es lo que se quiere hacer, el para qué y el cómo, y luego tomar decisiones.
A juzgar por la realidad, da la impresión de que nuestra capital está hecha para los automovilistas y motociclistas, no para la gente. No se piensa en el peatón, como tampoco en el bienestar del ciudadano. “Nuestras acciones hablan sobre nosotros tanto como nosotros sobre ellas”, afirmaba la escritora Mary Anne Evans.








