La inseguridad los empuja a caer en la ilegalidad

29 Jul 2018 Por LA GACETA

No respeta edades ni sexos, acomete cada vez con mayor violencia en la vía pública, hasta el punto de que el ruido de una moto con dos individuos encima pude generar una sensación de miedo. Se las ingenia para sortear todos los obstáculos y alarmas en las casas. El delito no duerme, trabaja las 24 horas. “No hay persona que no haya sido asaltada o que no haya sufrido algún episodio delictivo. No podemos salir con cartera, ni cuando está oscuro, ni dejar los portones abiertos, ponemos alambres de púas, alarmas, candados, rejas, y aun así seguimos con miedo. Ese miedo que nos acompaña en nuestros lugares de trabajo, en las paradas de los colectivos y en nuestra vida diaria. Los almacenes, panaderías o farmacias atienden tras las rejas o tienen custodia policial. Irracional, escabroso, indignante”, escribió agosto pasado una lectora en nuestra Sección Cartas.

Hartos de los asaltos y la violencia delictiva, hace unos meses los vecinos del pasaje María Auxiliadora al 2.000, del barrio Don Orione, en Villa Urquiza, alambraron uno de sus accesos, por la calle Manuel Estrada. El lunes pasado, en una casa abandonada ubicada en Manuel Estrada y 12 de Octubre, encontraron muerto a un hombre de 47 años, rondín del barrio. Los pobladores sospechan que lo mató un grupo de jóvenes que se ocultaban en ese lugar para consumir pasta base. El vigilante los habría corrido del lugar semanas atrás y estos prometieron vengarse.

Un vecino que en los últimos meses de 2017 fue asaltado cuatro veces, dijo que antes de cortar la calle, siguieron todos los pasos legales, pero no obtuvimos respuestas. “Sé que legalmente no se puede obstruir la vía pública, pero no nos dieron seguridad y los vecinos decidimos priorizar la seguridad de nuestras familias. Hicimos las denuncias, presentamos notas y mantuvimos reuniones con funcionarios de Seguridad de la provincia. Se comprometieron a mandar policías para custodiar, pero eso nunca sucedió. Tengo toda esa documentación”, afirmó.

El barrio Don Orione, inaugurado hace 17 años, está detrás de uno de los murallones del Cottolengo; la mayoría de las calles son de tierra, hay numerosos baldíos convertidos en basurales y el alumbrado público es escaso. El vecino dijo que hicieron las denuncias del caso y relató que en algunos robos las víctimas fueron atacadas con violencia. “Entonces, nos reunimos con los vecinos, juntamos el dinero y decidimos alambrar ese acceso al pasaje. La verdad es que nos dio buenos resultados. Volvimos a poder salir por las noches porque hay menos robos”, aseveró.

La violencia delictiva va en aumento, fogoneada por la droga, pero también por la exclusión social. Desde hace un par de lustros, las autoridades provinciales implementan medidas de seguridad que la realidad -como en este caso- se encarga de mostrar que los resultados positivos siguen siendo escasos. El Estado carece de una política integral para combatir este flagelo que incluya la educación, el deporte, la salud, la seguridad, la cultura, surgida del aporte de ideas de las universidades, las instituciones civiles, religiosas, barriales, y que se aplique en forma coordinada.

Bronca, impotencia, desprotección, miedo, son algunas de los estados anímicos que experimentan los ciudadanos que, en su desesperación, por falta de respuestas concretas de los gobernantes, hacen justicia por mano propia, atrapando y golpeando con violencia a los delincuentes, o clausurando calles, a sabiendas de que esas acciones son ilegales.

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