¿Por qué necesitamos conocer lo que pasó en Santa Cruz? *

29 Jul 2018

Por Mariana Zuvic

Viví toda mi vida en Río Gallegos. Ahí nací, me crié y estudié. En mi casa siempre se cultivaron dos valores: la generosidad y la solidaridad. No hubo formación ideológica ni religiosa fuerte, pero éramos muy pródigos y muy solidarios. Mi mamá era la madre de todos, incluso de nuestros amigos, y los almuerzos en casa eran multitudinarios. Era un hogar de puertas abiertas a todo el mundo. De mi padre heredé la pasión por la política. El regreso a la democracia terminó de confirmar mi interés por la vida pública, como ocurrió con casi todas las personas de mi generación, y siempre sentí que, en algún momento, iba a llevar ese interés a la práctica en mi provincia.

Nunca imaginé que esto ocurriría en condiciones tan dramáticas: cuando Néstor y Cristina Kirchner dejaron Río Gallegos y se mudaron a Buenos Aires para que él asumiera la Presidencia de la Nación después de haber gobernado Santa Cruz durante más de diez años, mi provincia era, por mérito de ellos, un lugar opresivo, donde el miedo y el silencio reinaban a sus anchas y donde opinar distinto implicaba un riesgo que muy pocos se animaban a tomar. El matrimonio Kirchner dejaba a sus espaldas una provincia tomada por el tráfico de drogas, la mafia, el juego, la trata de personas y la miseria. Yo vi en vivo y en directo cómo se gestó y se profundizó este proceso de descomposición social. Presencié la distorsión demencial de la realidad que operó el kirchnerismo en Santa Cruz al correr los parámetros morales de lo que está bien y lo que está mal. Y esto, que parece tan básico, es esencial para que una sociedad funcione: significa, en el fondo, que todos somos iguales ante la ley y que quien las hace, las paga. Eso, con los Kirchner, dejó de existir en Santa Cruz.

En la provincia ejercieron una violencia estructural y sistemática. Violentaron las instituciones, y por ende violentaron a las personas. Y eso ocurrió porque para el kirchnerismo siempre fue más barato el conflicto que la paz. Los Kirchner fueron los generadores y gestores de la violencia porque estaban convencidos de que podían decidir todo y hacer lo que querían en Santa Cruz. No tuvieron límites. Fueron derribando todas las vallas institucionales y sociales hasta anestesiar a la sociedad, al punto de que la gran mayoría de los santacruceños no pudiese reaccionar y se mantuviese al margen de lo que pasaba, como si no la afectase. En Santa Cruz la violencia fue una política de Estado para generar sumisión, sometimiento, cooptación y temor. Para todos los díscolos que no aceptaban por la razón, siempre existió la fuerza. Sin embargo, eso no fue lo más difícil del kirchnerismo. Lo más duro fue el pesimismo colectivo, el escepticismo, la apatía, la abulia, la indiferencia moral que se había propagado como un virus en toda la provincia. “No se puede”, “Nadie va a ir preso” y “Roban pero hacen” eran mantras que se repetían al unísono. Nuestro planteo, para quienes nos miraban con misericordia, era utópico, romántico, naíf. Para los demás, lisa y llanamente estábamos locos.

* Fragmento de El origen.

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