El deseo como impulso

Una historia con andar moroso y desenlace frenético

29 Jul 2018
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SIGNIFICANTE. La nueva novela de Biedma confirma su versatilidad narrativa. Revista Kunst

NOVELA

SIEMPRE EMPUJA TODO

SALVADOR BIEDMA

(Eterna Cadencia - Buenos Aires)

Rubén es viudo; con achaques, pesadez en el cuerpo, gastado por la edad, no pierde la esperanza de demostrarse a sí mismo que puede convertirse en escritor, aunque esos intentos nunca acaben por conformarlo. Decide alquilar una habitación -no un hotelito- en una casa particular de Coronel Frías, pueblo a orillas del mar al que supo concurrir durante años con su esposa, ya fallecida. Solo: su único hijo no pudo -¿no quiso?- acompañarlo.

Ahí, entonces, entre su habitación y la playa, conoce a una chica “que juega a comportarse como adulta”. La música y un piano los acerca. Ella volverá a encender el deseo, pondrá en relieve la tensión del cuerpo, lo hará regresar en el tiempo -la nostalgia como una forma de corregir los recuerdos-, activará pulsiones: ¿proyecciones, pérdidas transitorias de la memoria, delirio, arrebato de la imaginación? “Difícil separar claramente lo que sucedió”.

Hasta que todo se desnude y desate, salte por los aires -o sobre un catre-, vertiginoso, con los impulsos propios del acto último, la última tracción a sangre.

Si es cierto que Goethe dijo que, en la novela, dios está en el detalle, en Siempre empuja todo, de Salvador Biedma (Buenos Aires, 1979; editor, traductor, librero) la máxima se cumple a rajatabla: minucioso, detallista, el relato se construye con una morosidad saeriana. Con estructura novelística, sí, pero sin abandonar cierta tensión del cuento, guarda características de ese otro género al que se acerca en su brevedad.

Una frase parece componerse a través de las dos novelas publicadas hasta ahora por Biedma: “Además, el tiempo” (La Yunta, 2013) “siempre empuja todo”. Las separan profundas distancias de estilo, sobre todo en el armado de las voces, lo cual muestra la versatilidad de su narrativa. Ambas unifican la búsqueda a través de la palabra: “el cerebro como una habitación enorme y vacía, donde la voz no encontraba más que el propio eco”. Habrá que esperar, ahora, por el resto de esa frase en construcción: la tercer parte de esta trilogía.

HERNÁN CARBONEL

© LA GACETA

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