El miedo de los ignorantes

14 Jul 2018
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“Hay gentes tan llenas de sentido común que no les queda hueco para el sentido propio”, afirmaba el escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936).

En esta misma línea de pensamiento, el autor de “La agonía del cristianismo” y “Del sentimiento trágico de la vida”, también sostenía: “Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee”.

Hoy, Unamuno, seguramente incluiría en esta última idea a lo que se ve y escucha en televisión, radio, redes sociales y en internet en general.

Es lo que vemos en ciertos sectores del unitarismo porteño, que acusa una alarmante -e indignante- ignorancia respecto del resto de la Nación, de su pluralidad cultural, étnica y lingüística, de su historia, de sus políticas ajustadas a otros contextos y con valores sociales y personales a veces muy disímiles a lo largo de un territorio tan amplio y diverso.

Arcos y flechas

Hace unos años, un colega porteño nos preguntaba si en el norte todavía había indios. La respuesta más sencilla hubiera sido que sí, en referencia a los herederos de los pueblos originarios, pero sospechando que su consulta apuntaba en otra dirección, le preguntamos a qué se refería. Tal como suponíamos, respondió: “indios, de esos que andan a caballo con arco y flechas atacando diligencias”. Y quizás por la cara de incredulidad y tribulación que mostramos, este colega se apresuró en aclarar: “ya sé que en las montañas sí hay, pero pregunto si también bajan a la ciudad…”

No es necesario explicar que las generalizaciones siempre son erróneas, pero existen patrones que marcan tendencias indiscutibles.

“Anoche una porteña me preguntó si a Tucumán llega la música que se escucha en Buenos Aires. ¿Ven porqué los odiamos?”, publicó en Twitter @silvioherrera96, a propósito del incidente mediático del 9 de julio, de público conocimiento.

Y las respuestas, tan desopilantes como este posteo, no tardaron en llegar:

“Y a mi me preguntaron si las calles eran asfaltadas y en qué nos movíamos” (@feliatenor).

“A mí me preguntaron si en Córdoba había boliches y shoppings” (@polferreyra).

“Un taxista en Bs. As. me preguntó si había llegado el GNC para los autos!!!” (@NahuelValdez07).

“A mí en la fila de un parque en Disney me preguntó un porteño si íbamos a caballo al colegio... claramente los odio” (@IleeKaacha).

“La pregunta sobre si andamos en sulky nunca falta” (@silvioherrera96).

“Y nos dicen el “interior”, como si plaza Miserere fuera New York” (@atumamaaa).

De emisores y receptores

Hace poco analizábamos, no sin sorpresa, el bajísimo nivel cultural que acusa la juventud promedio en las grandes ciudades de Estados Unidos. Una de las conclusiones fue que, a escalas globales, los estadounidenses son enormes emisores de información, publicitaria, cultural, política, económica, militar. Y el resto del mundo es una esponja gigante que consume desde hace décadas sobredosis de productos mediáticos norteamericanos.

Cualquier chico promedio del planeta sabe más de Estados Unidos que los propios estadounidenses.

Es bastante difícil, como hemos comprobado, que un adolescente neoyorquino sepa cuál es la capital de Argentina o de Uruguay, y mucho menos dónde se encuentran estos países. “Al sur de México”, responderían probablemente.

Del mismo modo que es casi imposible que un joven promedio argentino o uruguayo no conozca de memoria por lo menos diez ciudades norteamericanas.

Es lógico que así sea, si pensamos que cuando hacemos zapping entre los canales de películas vemos que el 99% son estadounidenses, lo mismo con los canales de documentales o las principales cadenas deportivas.

Esto mismo ocurre entre Buenos Aires y el resto de Argentina. El 90% de la programación televisiva nacional es producida por porteños y para porteños. Noticieros, telenovelas, películas, programas de entretenimiento, políticos, deportivos, etcétera.

Pasa lo mismo con la radio cuando nos deslizamos por el dial, y pasamos de un porteño a otro, de la shuvia en Cabashito a las cashes rotas de Visha Crespo, y cada tanto aparece algún programa tucumano.

Es cien veces más probable que un catamarqueño sepa antes que la avenida General Paz está congestionada a que a la vuelta de su casa mataron a una persona.

Un niño de La Quiaca sin dudas reconoce antes la imagen de Horacio Rodríguez Larreta que la del intendente de su ciudad.

Los argentinos “del interior” consumen Buenos Aires las 24 horas del día, durante toda su vida. Mientras que los porteños, excepcionalmente, ven noticias de las provincias y cuando lo hacen son crímenes o accidentes horrendos, desastres naturales, quizás algún partido de fútbol (que es lo mismo que se juegue en cualquier estadio del mundo), o alguna que otra pincelada de color, tipo “nieva en Bariloche” o “shueve en La Feliz”.

Más desconocimiento que maldad

Es comprensible el enojo y la bronca que sienten algunos cuando escuchan a los porteños decir estas barbaridades sobre la historia, la cultura, el arte, el desarrollo tecnológico o las costumbres y tradiciones que mantienen distintas regiones argentinas. Pero la mayoría de las veces, al menos en las experiencias que tuvimos, son comentarios más ligados a la ignorancia que a la malicia.

Los opositores al gobierno nacional suelen recriminarles a los funcionarios el poco apego a la historia que manifiestan, a las fechas patrias y al acervo cultural de las provincias, y aprovechan esta situación para tildarlos de “cipayos”, “vende patrias”, o “pro yanquis”, entre otros piropos. Sin embargo -y a riesgo de equivocarnos- consideramos que los cuadros palermitanos del PRO actúan más por ignorancia que por maldad, sobre todo porque es una actitud contraria a lo que recomiendan los manuales más básicos de la demagogia política.

¿O acaso alguien puede creer que la exagerada euforia y alegría que mostró el gobernador Juan Manzur en el desfile del 9 de Julio no forma parte del abecé de la demagogia?

“Hay miradas pequeñas de quienes se mofan de lo diferente y que, a pesar de ser conductores de medios masivos de comunicación, muestran un grado altísimo de ignorancia e incomprensión hacia lo “otro”. La ignorancia no está relacionada solamente con el grado de alfabetización de una persona, sino con la falta de sensibilidad para ver al otro y para respetar sus valores”, escribió Susana Maidana, doctora en Filosofía, en una carta publicada el jueves en LA GACETA. “Lo que es peor aún, es que hay quienes sienten que tienen el poder de determinar qué es lo culto y qué no lo es”, sostuvo en otro párrafo.

Muertos de miedo

El principal aliado de la ignorancia es el miedo. Tememos, básicamente, a lo que desconocemos. Por eso la oscuridad es uno de los miedos más ancestrales, porque nos impide ver que hay cerca nuestro, quién se acerca.

El miedo a lo otro, a lo diferente, a lo que en definitiva nos resulta desconocido, es uno de los miedos más difundidos y lo manifestamos, principalmente, de dos formas: atacando, agrediendo o con la burla, el desprecio.

Desde niños actuamos de esta manera frente a lo que nos resulta distinto, diferente, desconocido: agrediendo o despreciando. Pero en el fondo, el motor real es el miedo. El que agrede o desprecia muchas veces está asustado, no lo hace por malo.

Nadie lo describe mejor que Eduardo Galeano, en su poema “El miedo global”.

“Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.

Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.

Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.

Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.

La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.

Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas.

Las armas tienen miedo a la falta de guerras.

Es el tiempo del miedo.

Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.

Miedo a los ladrones, miedo a la policía, miedo a las puertas sin cerraduras, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión.

Miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.

Miedo a la multitud, miedo a la soledad.

Miedo a lo que fue y a lo que puede ser.

Miedo a morir, miedo a vivir…”

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