La sombra del dictador en el aeropuerto

03 Jul 2018 Por Guillermo Monti

El Mundial ofrece sorpresas de toda clase. Por ejemplo, la oportunidad de poner el pie en un país que jamás estuvo en los planes. No hay demasiados motivos que impulsen una visita a Bielorrusia, la peor de las dictaduras de Europa. Pero la urgencia por salir de Kazan, donde Argentina perdió el sábado con Francia, obligaba a regresar a Moscú para retomar la cobertura de la Copa. ¿Cómo superar la anemia de pasajes sin condenarse a vegetar durante varios días en Kazan, que es una ciudad alucinante pero alejada del pulso informativo? La respuesta llegó desde la agencia de viajes que colabora con la logística de LA GACETA en Rusia: una combinación de vuelos sacada de la galera con ojo clínico.

El itinerario marcaba salir de Kazan a las 3.50, plena madrugada, pero con sol, teniendo en cuenta que amanece a las 2 porque apenas hay un par de horas de oscuridad. El primer tramo conducía a Minsk, la capital bielorrusa, y después de una escala de un par de horas, otro avión completaba el viaje a Moscú. Perfecto en los papeles. Claro que en el aeropuerto de Kazan se notó la primera discriminación hacia Belavia, la aerolínea de bandera bielorrusa, porque la partida se fijó desde una terminal con pinta de hangar. Fea la actitud, sobre todo por el hacinamiento de los pasajeros a la espera de la salida.

Comicios sospechosos

En el aire hubo tiempo de sobra para pensar en Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia desde 1994. Tiene mandato hasta 2020 y seguramente será reelegido, como viene sucediendo desde hace 24 años. Son comicios en los que, sospechosamente, saca más del 80% de los votos, mientras los opositores sufren todo tipo de “accidentes” y persecuciones. En Bielorrusia sigue rigiendo la pena de muerte y, en los hechos, el país funciona como una república soviética. Lukashenko integraba el Partido Comunista antes de la implosión de la URSS y no le molesta definirse como “un hombre autoritario”.

La economía del país depende de la estrecha relación que mantiene con Rusia. Prácticamente todo, incluyendo a Belavia, pertenece al Estado. Lukashenko es un satélite de Vladimir Putin y está orgulloso de eso.

Un escollo

Así como en Kazan a Belavia se la notaba casi como un paria, en el aeropuerto de Minsk acaparaba el 90% de los vuelos. De un hangar se pasó a una sala de espera con duty free incluido. Pero antes hubo que superar Migraciones, una experiencia poco recomendable cuando los funcionarios están trabajando en plena madrugada, desprovistos de buen humor. Cualquier pequeño detalle del pasaporte que pasaría inadvertido puede convertirse en un escollo. Y fue el caso, por supuesto, referido en este caso a la cantidad de entradas que indicaba la visa librada por el consulado ruso en Buenos Aires. La imagen de Lukashenko se instaló en ese momento, como un gran hermano de mirada penetrante e implacable. La posibilidad de quedar varado en Bielorrusia no es para nada simpática.

Será que los dioses del Mundial, con la forma de una credencial de prensa llena de sellos, habilitaciones y colores, ablandaron el corazón de la funcionaria. Será que se demoraba la salida del vuelo y había gente en la cola que empezaba a protestar. Será por una cuestión de suerte, pero una vez superado el escritorio, ya rumbo al avión, fue posible respirar nuevamente. Para consuelo de Lukashenko quedó la impresión de que el aeropuerto de Minsk es moderno y funcional, y que la atención a bordo resultó mejor que la esperada. Las azafatas de Belavia estuvieron a la altura

Tal vez llegará el momento de conocer Bielorrusia en otra circunstancia, con una mirada diferente. A fin de cuentas, ningún dictador es eterno. Pero por ahora es mejor seguir concentrados en el fútbol.

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