La historia de Laëtitia Perrais

Un femicidio atroz que nos obliga a reflexionar

01 Jul 2018
1

LA TRANSFORMACIÓN. El narrador se acerca con compasión a la niña descuartizada, convirtiéndola en heroína.

CRÓNICA

LAËTITIA O EL FIN DE LOS HOMBRES

IVÁN JABLONKA

(Anagrama /Del Zorzal - Buenos Aires) 

En 2011, los franceses se estremecieron ante la desaparición de la joven Laëtitia Perrais, de 18 años. El horror creció cuando aparecieron sus extremidades y su cabeza en un estanque. Arrestado como presunto autor del crimen Tony M., con antecedentes penales, quien confesó el asesinato pero se niega a declarar sobre el paradero del resto del cuerpo. El hecho desató un debate entre el presidente Sarkozy y la administración de justicia.

El autor de Laëtitia o el fin de los hombres es Iván Jablonka historiador y académico quien escribió un conmovedor texto sobre sus abuelos judíos muertos en los campos de concentración. Con la misma persistencia y con gran ternura reconstruye la historia de la joven asesinada. Le interesa cómo se cuentan los hechos y trabaja la historia buscando un máximo acercamiento a la víctima. El femicidio lo lleva a rastrear la historia de las gemelas Laëtitia y Jessica, condenadas a una turbulenta existencia desde su nacimiento: un padre violento, una madre incapaz, un asilo, una familia de acogida, un tutor abusador que viola a Jessica.

El lugar de la víctima

Jablonka declara que no se interesa por la historia del verdugo sino por la de la víctima, que suele quedar oculta. “Que nuestra fascinación y nuestra ternura vayan a los inocentes”, escribe. En el libro podemos identificar dos historias igualmente tremendas: la investigación del crimen y el relato de la historia familiar. Se puede comparar el trabajo con obras como A sangre fría, de Capote y El adversario de Emmanuel Carrére pero las preocupaciones de Jablonka van más allá de la denominada “non fiction”. Se convierten en una lectura sociológica e histórica que denuncia la noción misma de justicia. Con respecto a la vida de la joven: “Decir que su vida es un campo de ruinas sería inexacto, ya que para tener ruinas, primero hay que haber construido algo. Y Laëtitia no pudo construir nada: se lo impidieron de manera sistemática”.

El narrador escribe desde un lugar distinto al del personaje, pero simpatiza con ella, se acerca con compasión a la niña descuartizada, convirtiéndola en heroína. Al terminar, casi dolorosamente, el libro expresa: “Que mi libro sea su fosforescencia, el surco con lentejuelas y la risa que dejo en el aire de una tarde de verano, una estela de palabras que denoten su gracia y su nobleza, igual que sus faltas de ortografía, su desamparo y su desgracia… Quisiera que baile, baile, baile, por ella y por nosotros, hasta el fin de los tiempos…” Su deseo es una forma de reponer la vida tronchada de una mujer, casi una niña, como tantas cuyas vidas son segadas por el solo hecho de ser mujer.

© LA GACETA

CARMEN PERILLI

PERFIL

Ivan Jablonka nació en París, en 1973. Es profesor de Historia en la Universidad París XIII y codirector de la colección La République des idées de la editorial Seuil. Entre sus libros se destaca Historia de los abuelos que no tuve (publicado en castellano por Libros del Zorzal y galardonado en 2012 con el Premio del Senado para libros de historia, el Premio Guizot de la Academia Francesa y el Premio Augustin Thierry).

El poder del asesino *
Por Iván Jablonka
Laëtitia Perrais fue secuestrada la noche del 18 al 19 de enero de 2011. Era una mesera de dieciocho años, domiciliada en Pornic, en el departamento francés de Loira Atlántico. Llevaba una vida corriente en la familia adoptiva donde había sido asignada con su hermana melliza. El asesino fue arrestado al cabo de dos días, pero varias semanas debieron transcurrir hasta que se encontró el cuerpo de la joven.
El caso despertó una inmensa conmoción en todo el país. El presidente de la República, Nicolas Sarkozy, al criticar el seguimiento judicial del asesino, cuestionó a los jueces, a quienes prometió “sanciones” en respuesta a sus “faltas”. Sus declaraciones desataron un movimiento de huelga inédito en la historia de la magistratura. En agosto de 2011 -un caso dentro del caso- el padre adoptivo de las chicas fue imputado por agresiones sexuales a la hermana de Laëtitia. Hasta hoy, se ignora si la propia Laëtitia fue violada, sea por su padre adoptivo o por su asesino.
Este hecho policial es excepcional desde todo punto de vista: por la onda expansiva que suscitó, por su eco mediático y político, por la importancia de los recursos desplegados para dar con el cuerpo, por las doce semanas que duraron las búsquedas, por la intervención del presidente de la República, por la huelga de los magistrados. No es una mera causa penal, es un asunto de Estado.
¿Pero qué se sabe de Laëtitia, aparte de que fue víctima de un hecho policial destacado? Cientos de artículos y reportajes hablaron de ella, pero únicamente para mencionar la noche de la desaparición y los juicios. Si su nombre aparece en Wikipedia, es en la página del asesino, en la sección “Homicidio de Laëtitia Perrais”. Eclipsada por la fama que le brindó a su pesar el hombre que la mató, la joven se convirtió en la culminación de una trayectoria criminal, un logro en el orden del mal.
Poder del asesino sobre “su” víctima: no solo le quita la vida, sino que digita el curso de esta, que en adelante estará orientada hacia el funesto encuentro, el engranaje sin retorno, el gesto letal, el ultraje al cuerpo. La muerte traza su vida.
No conozco relato de crimen que no valorice al asesino a expensas de la víctima. El asesino está allí para narrar, para expresar su arrepentimiento o para pavonearse. De su juicio, él es el punto focal, si no el protagonista. Quisiera, en cambio, liberar a las mujeres y a los hombres de su muerte, arrancarlos del crimen que les hace perder la vida, y hasta la humanidad. No honrarlos en tanto “víctimas”, ya que eso también implica remitirlos a su fin; simplemente rehabilitarlos en su existencia, dar testimonio por ellos.
Mi libro solo tendrá una heroína: Laëtitia. El interés que despierta ella en nosotros, como su feliz retorno, la devuelve a sí misma, a su dignidad y a su libertad.
* Introducción de Laëtitia o el fin de los hombres.
> El poder del asesino *
Por Iván Jablonka

Laëtitia Perrais fue secuestrada la noche del 18 al 19 de enero de 2011. Era una mesera de dieciocho años, domiciliada en Pornic, en el departamento francés de Loira Atlántico. Llevaba una vida corriente en la familia adoptiva donde había sido asignada con su hermana melliza. El asesino fue arrestado al cabo de dos días, pero varias semanas debieron transcurrir hasta que se encontró el cuerpo de la joven.
El caso despertó una inmensa conmoción en todo el país. El presidente de la República, Nicolas Sarkozy, al criticar el seguimiento judicial del asesino, cuestionó a los jueces, a quienes prometió “sanciones” en respuesta a sus “faltas”. Sus declaraciones desataron un movimiento de huelga inédito en la historia de la magistratura. En agosto de 2011 -un caso dentro del caso- el padre adoptivo de las chicas fue imputado por agresiones sexuales a la hermana de Laëtitia. Hasta hoy, se ignora si la propia Laëtitia fue violada, sea por su padre adoptivo o por su asesino.
Este hecho policial es excepcional desde todo punto de vista: por la onda expansiva que suscitó, por su eco mediático y político, por la importancia de los recursos desplegados para dar con el cuerpo, por las doce semanas que duraron las búsquedas, por la intervención del presidente de la República, por la huelga de los magistrados. No es una mera causa penal, es un asunto de Estado.
¿Pero qué se sabe de Laëtitia, aparte de que fue víctima de un hecho policial destacado? Cientos de artículos y reportajes hablaron de ella, pero únicamente para mencionar la noche de la desaparición y los juicios. Si su nombre aparece en Wikipedia, es en la página del asesino, en la sección “Homicidio de Laëtitia Perrais”. Eclipsada por la fama que le brindó a su pesar el hombre que la mató, la joven se convirtió en la culminación de una trayectoria criminal, un logro en el orden del mal.
Poder del asesino sobre “su” víctima: no solo le quita la vida, sino que digita el curso de esta, que en adelante estará orientada hacia el funesto encuentro, el engranaje sin retorno, el gesto letal, el ultraje al cuerpo. La muerte traza su vida.
No conozco relato de crimen que no valorice al asesino a expensas de la víctima. El asesino está allí para narrar, para expresar su arrepentimiento o para pavonearse. De su juicio, él es el punto focal, si no el protagonista. Quisiera, en cambio, liberar a las mujeres y a los hombres de su muerte, arrancarlos del crimen que les hace perder la vida, y hasta la humanidad. No honrarlos en tanto “víctimas”, ya que eso también implica remitirlos a su fin; simplemente rehabilitarlos en su existencia, dar testimonio por ellos.
Mi libro solo tendrá una heroína: Laëtitia. El interés que despierta ella en nosotros, como su feliz retorno, la devuelve a sí misma, a su dignidad y a su libertad.


* Introducción de Laëtitia o el fin de los hombres.


Comentarios