A la noche le falta un toldo

25 Jun 2018 Por Leo Noli

Trabajo de campo. La zona del Kremlin centraliza a la masa del fútbol como quien todavía cree que Moscú se limita a perderse en cinco manzanas a la redonda, tomar cerveza caliente siempre en el mismo bar y apelar a la suerte del amor en cada cruce con una de las millones de chicas lindas con residencia en la capital del país más grande del mundo. No. Moscú es mucho más que unos cuantos cientos de metros a la redonda. De hecho, hablando con moscovitas, si ellos pueden evitar esta zona, mejor. El turismo asfixia.

La investigación. El metro nos lleva hasta Kristy Prudy, una de las paradas previas antes de llegar hacia el estadio Olímpico de Luzhniki. De su superficie, de lo que sucede alrededor de Kristy Prudy, poco y nada se conoce. A la superficie, entonces. Impacta la tranquilidad de la zona, sus monumentos, un paseo angosto y recto de varias manzanas que sirve de división entre dos grandes avenidas. Cuando el paseo se termina, pasos adelante, un lago como el nuestro, el San Miguel, es el puesto ideal para observar lo que sucede alrededor. Músicos a la gorra, música para bailar, luces de colores. Lo que gira alrededor del lago san miguel moscovita es mágico. Y lo que está fuera de su perímetro, bordeándolo, es una cantera con diferentes opciones de bares con comida estilo gourmet y una gama interesante de cocteles de autor. Metáfora es la opción número uno.

Entre sus anfitriones está Natali, de casi metro ochenta, jugadora de hockey sobre hielo profesional, modelo y fotógrafa dedicada al negocio de la moda. Natali es la Fernando Redondo de los viejos tiempos de la Selección. Marca, pero sabe jugar, distribuir. Atrapa con sus relatos y cautiva con su amabilidad. A Natali le gustan los tragos más que golpearse en su hábitat natural, el hielo. Intercala cada brebaje con un shot de vodka Beluga. En primer tiempo, va con el original, en el segundo, con uno de avellanas. El primero vino con una rodaje de limón, el otro con una de naranja. Sabrosos.

El dancing. La música en Metáfora empuja al baile. Se corren las mesas y los que se animan salen a la pista. Es temprano, pero a diferencia de nuestras costumbres acá todo empieza temprano. En verano, oscurece a las 22 y amanece pasadas las 2.30. “Hay que disfrutar de la oscuridad”, nos dice Natali, nuestra amiga que no para un segundo. Quiere cantar ahora.

Al Karaoke. En una zona alejada de Kristy Prudy y mientras el taxista de turno pone al mango una versión local de una banda de Hip Hop que suena extremadamente bien, Natali avisa que le gusta mucho vocalizar y que cree que elegirá un tema de Scorpions.

El salón de Karaoke está medio desierto. Una señora con la voz de Estela Raval anima a la pequeña pero intensa audicencia. Natali está nerviosa, necesita el micrófono. Cada tanto mira a su celular. Estela termina, el mundillo la aplaude. Ocho puntos. Le sigue un vecino. Va por Wonderwall, de Oasis. Mi Dios, los oídos. Era para darle cadena perpetua al desconocido, un enemigo de los tiempos de la melodía y con menos afinación que una guitarra criolla con tres cuerdas gastadas. Horrible. Natali se muerde el labio.

A brillar. El dueño del micrófono se acerca a la mesa, retira el papelito de Natali y por los LCD del salón anticipan (en cirílico) que en 25 larga el tema. Natali cambia sobre la marcha y pide un tema en inglés de una conocida solista alemana. Creo. Cual estrella, la mina toma posición de la sala. Impecable, nueve puntos. La Raval moscovita siente haber perdido su reinado. Tranquila, no pasa nada. La performance de Natali valió para que los rusos pasados se copas se le tiraran un lance. Si fuera futbolista, Natali tendría una cintura ideal para gambetas. Los barre a los tres con la amabilidad de quien agradece la tentadora oferta pero que ahora no está en condiciones de aceptar nada.

Un último shot de Beluga, un último aplauso. Cuando el sol asoma por la ventana, a las 2.45, es tiempo de volver a casa.

La noche ya no es noche y Natali siente que no puede brillar. Su novio la espera.

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