El pulso de la calle en Rusia: lejos, pero nunca solos

22 Jun 2018 Por Leo Noli
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LA GACETA / LEO NOLI

Lo bueno que tienen los supermercados de Rusia es que están abiertos las 24 horas del día. También que acá la canasta básica no se mueve, entonces el vecino jamás sale con un camión de mudanzas después de hacer la compra del mes. Las compras se hacen día a día, respiro a respiro. Lo bueno de todo eso, es que uno va al súper y tiene quien le colabore. Amigos del changuito, le llamemos.

La primera noche que fui al súper me sentí perdido, más de los que vimos a la Selección anoche. No cazaba una, y al intentar charlar con las cocineras del bufet lo imposible se traducía en “estamos casi afuera del Mundial”. Comer, reír, beber, cosa de científicos. Lo bueno es que el tiempo pasa y uno une lazos con desconocidos.

Pasada largamente nuestra medianoche del jueves en Nizhni Nóvgorod fui al súper a buscar algunas delicias para llevar a casa. Veníamos complicados con Guillo con el cierre y todavía nos faltaba salir en VAR. Y a todo esto, el “bagre” nos picaba con fuerza, después de un viaje largo, de intensas horas de trabajo de campo, etcétera. Suena a mar de lágrimas, pero no lo es; sarna con gusto no pica. Resulta que mientras esperaba lo mío, un amigo al que no sé el nombre, pero ya es mi amigo, me ayudaba a cambiar de idea señalándome otras opciones con su dedo índice derecho que parecía un misil Sputnik. El amigo, mi nuevo amigo, es un veterano +60; mide casi dos metros y tiene unos ojos celestes como el cielo que nos iluminó y luego nos lastimó, tras el 3-0 en contra. Su hijo, un calco, pero 40 años menor, trabaja con él en lo mismo. Asumo que son empleados del estado. Al igual que su esposa, vestida igual. Tenían pinta de estar metidos en cuestiones de electricidad o algo así. EDET, supongamos.

Después de mis enésimas gracias, le hago la seña de la victoria y le digo “Argentina, Argentina”. Para qué, el amigo se puso como loco: “Messi, Messi, Messi. Net Ronaldo”, lo quise como el abuelo que nunca pude disfrutar. Típico de súper y de comadres, el súper entero supo que yo era argentino. “Miren, ese es el que no sabe qué comer y pregunta todo”, bueno, ese era yo, se reían dos chicas. La quiero.

La espera. Había que pagar, esperar el turno. En el medio de todo eso, todos los del súper empezaron a vitorear por la Selección, por el “aryentine”. Me sentí Lionel, respaldado por un gran país que al día de la fecha nos trató de primera. Al menos por los ámbitos en donde nos movimos nosotros. Impecable.

Mientras termino el Pulso de la Calle del día, de su día, aquí ya estamos en el viernes 21, el peor de los viernes del último tiempo.

Después de un día agitado, me animo a ir a buscar comida al súper. Es tarde, pero no importa, siendo las 2.11 AM tendremos suerte.

Mi amigo, el de los dedos tamaño misil, no está, tampoco el resto de su familia, pero sí las cajeras, dos, y un policía que está más cerca del arpa que de la guitarra en su profesión. Me reconocen. Se sorprenden. Saludan. Hola, qué tal.

En esa que levanto las manos, se les prende la lamparita. No ha sido una buena noche. Lo entienden. La cajera que me pide los rublos se muerde un labio, y después lo intenta: “vamos, aryentina”. Lejos de casa, sí, pero nunca solos, menos en las malas.

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